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Homilí­a en la Misa de la Cena del Señor

Queridos Hermanos y Hermanas:

Con la eucaristía de esta tarde que conmemora “la última cena del Señor”, entramos de lleno en las celebraciones del Santo Triduo Pascual, en que con toda la Iglesia hacemos memoria del misterio de nuestra Reconciliación: Jesús el Señor,  se hace Siervo por nosotros y se entrega por nosotros en sacrificio pascual.

Hemos escuchado el Evangelio: “Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyo que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” .

El evangelio nos habla acerca de la hora de Jesús. Finalmente ha llegado esta hora. Hora terrible, en que se enseñorea el poder de las tinieblas y se ensaña con el “Cordero Inocente llevado al matadero”. Hora terrible, en que el odio, la mentira y el pecado de toda la humanidad ponen su mirada en el Hijo para destruirlo, y aniquilar con su poder la luz del amor de Dios que Él irradia.

Hora que con tristeza se repite a menudo en la historia humana, marcada por conflictos, guerras, explotación y enfrentamientos entre hermanos; la hora del mundo, con sus mezquinos intereses, sus cálculos fríos y sus juegos de poder que ahogan las justas esperanzas de los pueblos. Hora que nos revela nuestra lejanía de Dios y de su amor y nos señala nuestra incapacidad de amar sin su ayuda.

Sin embargo, ésta misma es la hora crucial de nuestra redención; hora en que el Hijo de Dios se entrega por “los suyos” y lleva en esa entrega hasta el extremo su amor por nosotros. Hora en que paradójicamente Él, que se deja vencer y aniquilar, gana a la humanidad entera para su Padre, nuestro Padre. Hora en que por un asombroso misterio el Amor vence todo odio, la Verdad desbarata las pueriles mentiras del mundo y el Bien Supremo derrota definitivamente las fuerzas absurdas y esclavizantes del mal.

Al detenernos por un momento en esta hora, nos conmueve pensar en que es también la hora de la institución de la Eucaristía.

Esta “hora” tiene su inicio en un rincón discreto, en un segundo piso de una casa cualquiera en Jerusalén. Allí, Jesús reunido con los doce apóstoles “sabiendo que había llegado la hora de partir de este mundo para retornar a su Padre, en el transcurso de una cena, les lavó los pies y les dio el mandamiento del amor. Y para dejarles una prenda de este amor, para no alejarse nunca de los suyos y hacerles partícipes de su Pascua, instituyó la Eucaristía como memorial de su muerte y de su resurrección y ordenó a sus apóstoles celebrarlo hasta su retorno.”

La misa de esta tarde vuelve a hacer presente para nosotros este acontecimiento maravilloso. Y nuestra mirada, como si estuviéramos reunidos con Jesús en aquel tabernáculo de Jerusalén, se detiene en el sacramento en que se concentra el más impresionante misterio de amor.

Con estupor escuchamos las palabras salidas de la boca del Maestro:

“Tomad, comed, este es mi cuerpo que será entregado por vosotros; Tomad, bebed, este es el cáliz de mi Sangre que será derramada por vosotros, para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía”.

La Eucaristía que Jesús instituye en aquel momento es el «memorial» de su sacrificio.  Él ha querido adelantar la hora de su sacrificio en la cruz para ofrecerse de modo no sangriento en cada eucaristía: “su cuerpo inmolado por nosotros, su sangre derramada por nosotros”.

Dios mismo, en el sacrificio de su Hijo, se entrega por nosotros, los hombres. ¿No es esta la gran lección que contemplamos en esta noche? Él no ha querido permanecer al margen de nuestra vida. Él se ha hecho víctima y sacrificio para estar con nosotros para siempre. Él mismo se encargó de vencer las barreras que nos separaban de Él, y así en la Eucaristía es más que nunca “Dios con nosotros”.

Queridos hermanos, de aquí nos viene la profunda veneración a este misterio que celebramos cada domingo, y aún cada día en la misa. Adoramos a Jesús presente en este sacramento; queremos rendirle el culto de nuestra vida y de nuestro corazón. Agradezcamos a Dios por ofrecernos a su Hijo, realmente presente bajo las especies del pan y del vino, misterio de misterios.

Es por eso que en la liturgia de la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo…, entre otras maneras, arrodillándonos, en señal de adoración al Señor.  ¡Sí, nos arrodillamos no por un simple gesto de rutina, sino porque el sentido de la fe nos dice claramente: «Aquí está Dios, Él está presente en medio de nosotros»! ¡Como no postrarnos ante Él con gratitud!

Pero es verdad, no nos basta adorar y contemplar este misterio. No es suficiente. ¡Anhelamos más! En el fondo, ¿no deseamos entrar en íntima comunión con Él? ¿No es esta nuestra vocación primera y última: la comunión con Dios que es Amor?

Y el Señor – que lo sabe muy bien – nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía por la comunión: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros» (Jn 6, 53).  Su sacrificio es a la vez alimento de Vida Eterna, el Pan de Vida que sacia el hambre de Dios que tenemos todos y que nos devoraría interiormente si no fuera debidamente saciado.

Pero volvamos al Evangelio. Miremos lo que sucede a continuación. Vemos a Jesús inclinándose sobre sus discípulos para lavarles los pies. Nuestros pies polvorientos son símbolo del hombre mortal, que camina en medio de fragilidades y cansancio. Hombre que avanza y se fatiga ¡Cuántas veces encontramos igualmente a Jesús agachado ante nosotros, como Siervo, pronto a lavarnos los pies, a purificarnos a nosotros, llenos de polvo por la caducidad y las miserias de nuestra vida!

Y Pedro – en el Evangelio – que protesta: «Señor, ¿lavarme los pies tu a mí?».

Pedro no comprende. La lógica del Señor es otra: «Si no te lavo, no tendrás parte conmigo» (Jn 13,8).

Es verdad, “dejarnos purificar es condición indispensable para la comunión con el Señor” , para “tener parte con Él”. Como Pedro, hay cosas que no siempre comprendemos al comienzo. Si verdaderamente queremos entrar en comunión con Jesús, tenemos necesidad de ser purificados por Él. Y esto vale para toda la vida, y vale particularmente para la comunión con Jesús en la Eucaristía.

San Pablo dirá al respecto: «Si alguien come el pan y bebe del cáliz del Señor indignamente, peca contra el Cuerpo y la Sangre del Señor. Por eso, que cada uno examine su conciencia antes de comer del pan y beber del cáliz. De otra manera, come y bebe su propia condenación».  

Por eso, si tenemos conciencia de hallarnos en pecado grave no comulguemos el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental.  ¿Por qué? Porque la grandeza del misterio con el que tratamos nos lleva el considerar la necesidad de una apropiada purificación del corazón, purificación que debiera ser algo habitual en nuestra vida.

Pero volvamos por última vez al Evangelio. Una última enseñanza queremos extraer de él.

Hemos visto inclinarse a Dios mismo sobre el hombre. El nos ha lavado los pies, nos ha purificado. Solo Él puede darnos el “corazón nuevo” y el “espíritu nuevo”. Y así con el alma limpia nuestra comunión con Él se hace cada vez más profundo y auténtica.

Pero en seguida escuchamos las siguientes palabras del Señor:

«¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, por que lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.»

Si Dios se inclina sobre el hombre para servirlo, ¿no es propio que nosotros los hombres nos inclinemos los unos hacia los otros como hermanos? El testimonio del Señor, ¿no nos apremia a la caridad? Dios nos sirve, ¡cómo no servir a nuestros semejantes! Dios nos auxilia en su Hijo purificándonos y alimentándonos, ¡cómo no prestar el auxilio de una caridad concreta y generosa a nuestros hermanos!

De esta manera comprendemos que la Eucaristía no nos aleja de los demás; acercándonos entre nosotros, ella entraña un compromiso obligado especialmente en favor de los pobres y necesitados: para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros hemos de reconocer a Cristo en los más pobres .

Por eso exclamará San Juan Crisóstomo, llamándonos la atención: “Has gustado la sangre del Señor, ¿y no reconoces a tu hermano? Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento con el que ha sido juzgado digno de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aún así, no te has hecho más misericordioso”.

Esta noche, queridos hermanos, junto con la institución del sacramento de la Eucaristía, se instituye el mandamiento del amor. Y las palabras del Señor debieran hacerse obra concreta en nuestra vida.

Por eso, y ya para terminar, ¿te ha ofendido alguien?, perdónale. ¿Tienes alguien a tu lado que sufre?, consuélale. ¿Te has enemistado con alguien?, deja tu ofrenda sobre el altar y reconcíliate. No cierres tu corazón a las necesidades de tu hermano. Ni desaproveches la oportunidad de hacer el bien, si realmente quieres ser juzgado digno de la mesa del Señor y tener parte con Él.

Queridos hermanos, que estos días del Triduo Santo, que hoy comenzamos, nos ayuden a dejarnos purificar por el Señor, nos lleven a una comunión más íntima con Él y finalmente que nos fortalezcan para vivir nuestras vidas en el servicio humilde a los demás y en la auténtica caridad fraterna.

Amén.

 


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