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Homilía de Misa Crismal

Muy queridos hermanos en el Sacerdocio
Queridos hermanos y hermanas todos en el Señor.

En esta tarde, en espíritu de comunión con toda la Iglesia, celebramos la misa crismal, que prepara desde ya a participar en los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, de cuyo costado traspasado brotan los sacramentos de la Iglesia.

Misa crismal, que pone especialmente ante los ojos de todo sacerdote el misterio de su identidad y nos recuerda que somos enviados por y con Jesús, el Ungido del Padre, a sanar los corazones afligidos de la humanidad, a librar a los cautivos del pecado y a proclamar el año de gracia del Señor. Eucaristía en la que año a año los sacerdotes del mundo entero renovamos nuestras promesas al Señor, hechas "un día ante nuestro Obispo y el pueblo santo de Dios"[1].

Hoy vuelven con especial intensidad a nuestra memoria las palabras pronunciadas en nuestra ordenación: "Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios; considera lo que realizas e imita lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor"[2].

El sacerdocio está íntimamente ligado a la ofrenda de la Iglesia toda, al sacrificio eucarístico. Su razón de ser es, entre otros, prolongar en el tiempo el misterio de salvación contenido en Ella, ofrecer la única "Víctima pura, santa e inmaculada", y alimentar con Ella al pueblo santo de Dios.

Y la grandeza de esta tarea supone en cada uno de nosotros, sacerdotes del Cristo precisamente aquella "imitación de lo que conmemoramos" y la "conformación de la propia vida con el misterio de la cruz del Señor" que celebramos.

Es por ello que nuestra vida debe estar orientada a reproducir el modelo supremo, que es Jesucristo. El sacerdote ya no vive en función de sí mismo, ni ha sido consagrado para realizar su propia voluntad. Está en función de ese Otro que lo llamó y se hace totalmente disponible para Aquel que lo consagró, y que nos dice a modo de testamento y programa de vida: "mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra"[3].

Queridos hermanos sacerdotes, en estas palabras aparece clara una primera nota característica de nuestra vida: la de la obediencia. Si atendemos por un momento a las palabras del rito de ordenación no dejará de llamarnos la atención una y otra vez el hecho de que en efecto el sacerdote está llamado a ser un hombre de disponibilidad y obediencia.

Interroga el rito de ordenación al candidato: ¿Estas dispuesto a desempeñar siempre el ministerio sacerdotal… como colaborador del orden Episcopal? ¿Estas dispuesto a presidir fielmente la celebración de los misterios de Cristo… según la tradición de la Iglesia? ¿Realizarás el ministerio de la palabra, en la predicación del Evangelio y la exposición de la fe católica? ¿Quieres unirte cada vez más estrechamente a Cristo, Sumo Sacerdote…? ¿Prometes obediencia y respeto a tu Obispo?[4]

Estas preguntas revelan al ordenando su ser y obrar. Apuntan a que su vida sea entrega disponible en el espíritu de aquella obediencia aprendida de la estrecha unión con Cristo, Sumo Sacerdote y Victima pascual. Nuestra propia vida se inserta en el espíritu oblativo del Hijo, obediente al Padre hasta la muerte.

Y la verdad es que solo así, haciendo nuestra Su disposición obediencial, mediante la "renuncia a sí mismo, y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes que por amor a Cristo aceptamos gozosos el día de nuestra ordenación para servir a la Iglesia"[5] es como seremos auténticamente libres, nuestro ministerio verdaderamente fecundo para la Iglesia y el Reino, y nuestra vida enteramente feliz y plena.

Por eso en esta tarde, bien vale la pena hacernos algunas preguntas: ¿yo, sacerdote, vivo de verdad a la medida de la obediencia del Señor, quien aún siendo Hijo, sufriendo aprendió la obediencia[6]? ¿Vivo esa obediencia haciéndome disponible a lo que me pide el Señor, la Iglesia, mi Obispo? ¿Procuro pensar y sentir en comunión con los pastores de la Iglesia, su Magisterio, y las normas que emanan de la Santa Sede?

No sorprende que el mundo de hoy, sometido al secularismo y a lo que se ha llamado la civilización de la acédia[7] no solo no sea capaz de asumir esta lógica amorosa y oblativa de la obediencia, sino se rebele francamente contra ella y vea en la obediencia un sinónimo de opresión.

Y lamentablemente el influjo de esta perspectiva mundana y falaz se deja sentir no pocas veces dentro del cuerpo eclesial cuando en ciertos ámbitos del mismo se dan el espíritu de contestación; el abierto de disenso con relación al Magisterio; la formación de grupos y mecanismos de presión que buscan arrinconar a los Obispos; las acciones u organizaciones al margen de los legítimos Pastores; la búsqueda de "consensos débiles", que imprimen un espíritu de mediocridad en la vida eclesial; los proyectos pastorales o eclesiales que intentan erigir nuevas ideologías o "formas mentis" totalmente ajenas al evangelio y al sentir de la Iglesia, como ídolos a los cuales rendir culto. Todo ello para escándalo y confusión de los fieles.

Es verdad que de un lado tales procedimientos ponen de manifiesto en quienes los propugnan una asimilación totalmente inmadura del espíritu de Cristo y de la Iglesia. Por otro lado son todas éstas realidades, que parecen poner de manifiesto una vez más la acción oscura del Maligno, y reeditan el misterio de la pasión del Señor, ahora como pasión de la Iglesia, que completa en su cuerpo los dolores y sufrimientos de quien es su Cabeza[8].

Queridos hermanos, la obediencia autentica aprendida del corazón del Maestro – aquella que libera al ser humano de sus ataduras, egoísmos, soberbias, caprichos, rencores, complejos[9], o de cualquier otra clase de sometimiento al mal – brota en el fondo siempre de un corazón purificado en el encuentro con Jesús.

Y con esto quiero referirme a una segunda nota característica de nuestra vida y ministerio sacerdotal. El encuentro diario con el Señor Jesús en la oración, en la meditación asidua de la palabra de Dios y en la celebración y adoración eucarística, no es para nosotros sacerdotes, algo opcional.

Es allí, en la oración sincera y profunda, donde se da la asimilación del autentico estilo de vida del Señor Jesús, donde maduramos el significado de ser sacerdotes, y donde crecemos en la amistad con Aquel que nos amó hasta el extremo.

Y hemos de pregunta también hoy día poniendo sinceramente la mano en el corazón: ¿soy yo verdaderamente un amigo del Señor? ¿Honestamente, dedico tiempo suficiente a la meditación de diaria de la palabra de Dios, a la liturgia de las horas en su versión completa, a la adoración a Jesús Eucaristía? ¿Gusto de los ratos de oración o le quito el cuerpo? ¿Me ven mis feligreses como un autentico hombre de Dios? ¿Celebro la misa diaria con recogimiento; me preparo para ella? ¿Respondo a lo que el Señor me pide de cara a mi conversión personal y diaria?

En síntesis, la vida espiritual es medular en el sacerdote, para su propia salud y en orden a su ministerio y testimonio. Y su ausencia trae gravísimas consecuencias, como lo vemos demasiadas veces. Solo ella asegura en el sacerdote un amor fiel y generoso, un corazón indiviso, una entrega total a la Iglesia.

Y abordo aquí muy brevemente una tercera y última característica: la del celibato. El celibato, lo sabemos bien, es un inmenso don para la Iglesia. Verdaderamente hace al sacerdote libre para un servicio universal; abre su corazón a las necesidades de todos los fieles; nos capacita para una entrega sin cálculos ni medidas.

Pero la vivencia del mismo, y esto conviene recordarlo, supone también aplicar con responsabilidad los medios que nos permitan madurarlo, e integrar positivamente en nuestra vida la renuncia que supone, así como desplegar los bienes espirituales y pastorales que trae consigo.

De cara a lo que hemos tenido que ver con mucha pena y dolor en los últimos años, la Iglesia no pueda permitir entre sus hijos sacerdotes una doble vida, que daña gravemente el cuerpo eclesial y a la par quita credibilidad a sus ministros. Por eso el Santo Padre nos ha pedido recientemente que contribuyamos a la reparación de los gravísimos daños hechos en esta materia, orando por los sacerdotes que han caído en faltas graves en esta materia, así como por sus victimas. Y esto nos obliga también a cada uno de nosotros a revisarnos seriamente.

Por eso, queridos hermanos, realmente hagamos un esfuerzo para que se nos reconozca como verdaderos sacerdotes, por la integridad de nuestras costumbres, por el celo de nuestra caridad pastoral, por el afán de amar según el corazón de Jesús, Buen Pastor; y que lo dejemos ver también en nuestro exterior. E insisto aquí – como se los hago saber en mi reciente Carta Pastoral: los sacerdotes por nuestro mismo estado de vida estamos obligados a usar el distintivo externo que nos corresponde, es decir, el traje clerical.

"Si bien y con toda razón se dice que la identidad sacerdotal no depende de un signo visible y externo, ésta sin embargo ha de expresarse también en el mismo"[10]. No sólo es un asunto de coherencia interna del sacerdote que amando su sacerdocio se manifiesta como tal incluso con la vestimenta, "sino que además es un verdadero derecho de los fieles. Ellos en efecto deben poder contar con una presencia sacerdotal visible y explícita en medio de la sociedad"[11].

Para terminar, queridos hermanos, a quienes nos ha tocado el inmerecido don de la llamada al sacerdocio ministerial no puede sino cabernos una sentida acción de gracias a Dios Amor por este inmenso don que hemos recibido: ser "otros Cristos", hacer las veces de Cristo Cabeza y representarlo a Él en medio de la comunidad a nosotros encomendada.

De cara a este año jubilar que vamos a comenzar a celebrar a nivel de todas las parroquias este Domingo de Ramos, quiero animarlos muy especialmente y de todo corazón a que tengamos un especial celo por el trabajo pastoral, por la catequesis y la liturgia. Sabemos que todo tiempo dedicado a salir al encuentro con mayor dinamismo de los distintos grupos de personas que encontramos en nuestras parroquias, redundará en beneficio de cada una de nuestras comunidades.

Finalmente, que con la alegría de este año de gracia visitemos los hogares, acudamos a los enfermos, les llevemos el consuelo de la unción y de la comunión; atendamos a los niños, jóvenes, novios, catequistas y animadores cristianos de una forma más directa y personal; en resumen que como Iglesia misionera nos hagamos presente en todos los rincones de la Prelatura con el afán de llevar a todos al Señor., y así transparentemos a Jesús, Buen Pastor, a través de nuestras vidas y de nuestro ministerio para edificación de Su Iglesia.

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[1] Ver: Misa Crismal, Renovación de las Promesas Sacerdotales.
[2] Ver: Pontifical y Ritual Romanos: Ordenación de un Presbítero.
[3] Jn.4,24
[4] Ver: Pontifical y Ritual Romanos: Ordenación de un Presbítero.
[5] Ver: Misa Crismal, Renovación de las Promesas Sacerdotales.
[6] Hb. 5,8
[7] Gozo y Tristeza del Sacerdote en la Civilización de la Acedia, Horacio Bojorge S.J., La Plata 7 de marzo 2007.
[8]
[9] Resulta sugestiva la lista de pecados en la "Renovación de las Promesas Bautismales", de la Vigilia Pascual.
[10] Carta Pastoral "Enviados a proclamar el Evangelio", p.47; 02.02.2008.
[11] Idem.

 


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