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Homilía de Mons. Kay Schmalhausen S.C.V. al inicio del Año Jubilar
Queridos hermanos y hermanas:

Con la celebración de este Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, damos una vez más inicio a la Semana Santa.

Es una de las pocas veces en el año en que escuchamos el largo relato evangélico de la pasión y muerte del Señor. Al término del Evangelio, nos hemos quedado a los pies del sepulcro de Jesús. Es el momento de preguntarnos: ¿cómo es posible que hayamos pasado de la aclamación jubilosa al Hijo de David, al sacrificio cruento del Señor, a su ultraje pavoroso en la cruz y su muerte en el calvario? ¡Cuánto nos ama el Señor para haberse entregado por nosotros!

Una y otra vez necesitamos contemplar el amor inmenso de Jesús por nosotros. Y en esta Semana Santa necesitamos también darnos la posibilidad de reconocer nuestras propias culpas, pequeñas o grandes, inscritas en esta historia de la pasión del Señor. En verdad no somos solo espectadores de este drama del inocente que muere por los pecadores. Somos también sus protagonistas, en lo bueno y en lo malo.


Que los siguientes días sean una ocasión muy especial para que participemos en las celebraciones del jueves, viernes y sábado santo. Y que abramos nuestros corazones para encontrarnos cara a cara con el Señor, con su amor, con el don de su reconciliación.

Queridos hermanos, al comenzar esta Semana Santa, comenzamos también un tiempo muy especial; se trata del año jubilar. Celebramos los 50 años de creación de la Prelatura de Ayaviri, nuestras Bodas de Oro. Hoy inauguramos este tiempo de gracia con esta misa Solemne.

Un Año Jubilar es un tiempo en que la Iglesia nos concede una serie de gracias espirituales, a imitación de lo que sucedía en el Año Jubilar de los Israelitas en el Antiguo Testamento: en aquel entonces se dejaba en libertad a los esclavos, se perdonaban las deudas, se recuperaban los bienes que se habían perdido y así – cada 50 años – se restablecía el orden social y la justicia.

La Iglesia nos concede ahora también un tiempo así: un tiempo para que los que se han alejado de la Iglesia vuelvan de nuevo a su seno; para que los que están por alguna razón enfermos en el espíritu tengan la oportunidad de ser sanados en el encuentro con el Señor (Mt 9,12); para que los que se han perdido en el camino de la vida vuelvan a Jesús, Pastor de nuestras almas (1 Pd 2,35).

Es un tiempo para abrirnos al perdón de Dios, para experimentar la liberación de nuestras culpas por la confesión; un año para perdonarnos los unos a los otros como el Señor nos ha perdonado a cada uno. Sólo así, por medio del perdón y la reconciliación podrá éste ser un año de gozo, ocasión de verdadera y profunda alegría.

La palabra “jubileo” significa también “alabar a Dios con alegría, con cantos de júbilo”. ¡Cómo no dar  gracias a Dios Amor por todo el bien que nos ha hecho! Todo lo bueno que como Iglesia podemos reconocer a lo largo de los 50 años de vida de la Prelatura, nos viene de Él. Él ha sido, es y será siempre el origen y la fuente de todas las bendiciones que experimentamos personal y comunitariamente. ¡Cómo no darle gracias con el corazón lleno de júbilo y gozo!

La gratitud nos hace valorar los regalos recibidos. Y tal vez el mayor regalo que Dios nos ha dado es su Iglesia. En efecto, ella es nuestra Madre. Este año jubilar queremos que esto se sienta nuevamente y con mucha mayor fuerza en todas las parroquias y comunidades. La Iglesia no es simplemente una institución social. Ella es el regalo que Dios hace en su Hijo Jesucristo a toda la humanidad. En la Iglesia Católica todos estamos en casa. Por medio de ella hemos recibido la fe y la vida de la gracia. En y por medio de Ella somos “familia de Dios”.

Y la Iglesia de la que somos parte tiene una misión en medio del mundo. Es la misión que nos confió Jesús: “Id al mundo entero y predicad el evangelio, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. La misión de la Iglesia es llevar el “Evangelio” a todos los hombres. El único interés que anima a la Iglesia es servir a su Señor, y que Su palabra y obra de reconciliación sea acogida por todos los hombres. Solo así se dará la auténtica transformación del mundo, según el designio de Dios para la humanidad.

Por eso celebrar el año jubilar es también asumir nuestro rol activo en la Iglesia Católica como “discípulos y misioneros de Jesús”. Todos: sacerdotes, religiosos, religiosas y de manera especial ustedes los laicos estamos llamados a ser apóstoles y testigos del Señor, muerto y resucitado. Todos somos corresponsables en la misión de la Iglesia.  No existen los católicos de segunda clase. Y como la muchedumbre en Jerusalén y los niños hebreos del evangelio de hoy, también nosotros debemos proclamar sin miedo al mundo: “Hosanna al Hijo de David”, “bendito es el que viene en nombre del Señor”.

Por eso que este sea un tiempo en que lleguemos hasta los últimos rincones de nuestra Prelatura. El presente deberá ser un año de misión. ¡La Iglesia esta viva! Ella, en fidelidad a su Maestro sale al encuentro de las personas, familias, de todo hombre. La misión de la Iglesia es en realidad algo permanente, y por ello el Papa Benedicto XVI nos ha lanzado el año pasado el reto de la gran misión continental para nuestra América Latina católica. Será algo para lo cual nos tendremos que preparar.

Debo ahora cambiar un poco el tema. Este año nuestra Prelatura ha recibido un regalo muy especial del Santo Padre, el Papa Benedicto XVI. En días pasados nos ha llegado desde Roma la gracia de las Indulgencias para este año jubilar.

La indulgencia es el medio por el que se nos quitan ante Dios las penas temporales consecuencias de los pecados que hemos cometido. Sabemos que los pecados en cuanto culpa nos son perdonados en la confesión. Pero las penas correspondientes permanecen. Y éstas las tendremos que pagar ya sea en esta vida o en el purgatorio. Por medio de las indulgencias Dios nos ofrece la posibilidad de borrar las penas que hemos contraído. Es por eso que las indulgencias son una práctica de la Iglesia ligada al sacramento de la reconciliación. Es uno de los “tesoros de la Iglesia” y solo se puede obtener por medio de Ella, y cumpliendo nosotros algunas condiciones especiales.

Habrá momentos y lugares destinados especialmente para ganar la indulgencia si peregrinamos a ellos: nuestra Iglesia Catedral San Francísco de Asís, los templos parroquiales San Juan Bautista de Macusani y Santiago Apóstol de Sandia; e igualmente los santuarios del Señor de Accllamayo en Orurillo y Señor de Pacaypampa en Sandia a los que podemos acudir en cualquier momento del año.

También éstas son delicadezas y bendiciones del Señor para con nosotros, por lo cuál debemos estar agradecidos a Él, porque de esta manera nos muestran su amor misericordioso por nosotros.

Queridos hermanos, no podemos terminar sin dirigir nuestra mirada a Santa María, Madre de Jesús y Madre nuestra. Ella, la Virgen de la Altagracia, ha acompañado el peregrinar de nuestra Iglesia particular, en el norte de Puno. Su presencia desde hace siglos nos hace valorar con amor y gratitud nuestra fe católica. Y Ella nos enseña a mirar con confianza el presente y a lanzarnos llenos de esperanza hacia el futuro en que nos aguardan los desafíos, pero sostenidos por las promesas y por la ayuda del Señor. Pidámosle con fe que nos acompañe a lo largo de este jubileo.

Termino ahora queridos hermanos, con una oración, con la que les pido nos pongamos todos en manos del Señor y hagamos nuestra la celebración de este año jubilar.

Dios, Padre Nuestro,
Tú nos regalas el don de un año jubilar
al celebrarse los 50 años
de nuestra Prelatura de Ayaviri.

Queremos darte gracias por este año de bendición,
ocasión de conversión y de alegría para todos.

Queremos agradecerte,
porque nos has acompañado
con Tu amor providente y siempre fiel.

Queremos decirte también que te amamos,
y que como hijos tuyos por el bautismo,
nos comprometemos a vivir la vida cristiana,
como camino de santidad y de apostolado.

Dulce Señor Jesús,
Hijo del Padre e Hijo de la Virgen María.

Cuando nos reunimos en torno a tu altar,
nos alimentas con tu Palabra
y con el Pan de la Eucaristía que eres Tú.

Danos la fuerza
para que en este año de gracias
seamos discípulos y misioneros tuyos.

Que amando la Iglesia
trabajemos intensamente por tu Reino
y contribuyamos para que todas las personas
te conozcan a Ti, y te sigan.

Oh Santo Espíritu de Amor,
Aviva en nuestros corazones el deseo de amar.

Que no nos cansemos de hacer el bien y de rechazar el mal.

Haz que por amor a Jesús y a la Iglesia
promovamos el servicio y la caridad,
el perdón y la reconciliación,
la unidad y la paz,
todas éstas, virtudes y cualidades
que deben adornar el corazón
de los discípulos de Jesús.

A ti, Madre Santa, Virgen de la Altagracia,
encomendamos este año Jubilar;
en tus manos ponemos nuestros esfuerzos
y todos los frutos de este tiempo de gracia.

Intercede por nosotros
y guíanos siempre por la senda del Plan de Dios. Amén
 


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