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Homilía en la Misa en la Cena del Señor
Queridos Hermanos y Hermanas,

Con la eucaristía de esta noche que conmemora “la última cena del Señor”, entramos de lleno en las celebraciones del Santo Triduo Pascual del crucificado, sepultado y resucitado”, en que con toda la Iglesia hacemos memoria del Señor, y del misterio de nuestra Reconciliación.

En la segunda lectura, que escuchamos hace un breve momento, San Pablo nos comunicaba la tradición recibida acerca de esta misma noche.

«Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía”».



Es ésta “la noche” en que el Señor se entrega como precio de nuestro rescate: noche de dolor para el Hijo del Hombre que se ofrece como víctima de propiciación por nuestros pecados; noche de oración y angustia en el huerto de los olivos hasta sudar gotas de sangre; noche de la más amarga traición, del discípulo que entrega al amigo por 30 monedas de plata.

Al iniciarse esta noche, reunido en el cenáculo con los doce apóstoles, Jesús instituye junto con la eucaristía, el sacramento del orden sacerdotal.

Ofreciendo el pan y el vino, convertidos en el sacramento del Amor, establece al mismo tiempo el sacerdocio del nuevo Testamento. Así, por medio de sus sacerdotes, perpetua el sacrificio eucarístico en el tiempo, y mediante los ministros ordenados partícipes de su único Sacerdocio, nos procura el alimento espiritual a toda la Iglesia “hasta que El vuelva”.

Todo sacerdote ordenado actúa en nombre de Cristo Cabeza. Tal es su dignidad. Pero sabemos también que su identificación con Cristo “no debe ser entendida como si éste estuviese exento de todas las flaquezas humanas, del afán de poder, de errores, es decir, del pecado”.

Qué bien lo entiendo Pedro después de una primera amonestación: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo. Y Pedro responde: Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza”. “Sí, Pedro, también nosotros, los sacerdotes, necesitamos ser purificados. Pide por nosotros, para que nuestro ministerio sea transparente y puro y podamos ser dignos del Señor”.

Queridos hermanos, oremos en esta noche por los sacerdotes. Pidamos para que su ministerio sea fecundo, su testimonio sea intachable, su entrega a favor de todo el pueblo de Dios sin reservas. ¡Oremos y ayudemos! Sí, también ayudemos. ¡Cuánta necesidad tienen los sacerdotes de nuestra ayuda concreta! Que cuenten siempre con la disponibilidad generosa de sus fieles en las parroquias y en el trabajo pastoral.

Junto con el sacerdocio Jesús instituye hoy la eucaristía: “su cuerpo inmolado por nosotros, su sangre derramada por nosotros”. Es la noche en que el Amigo se sienta a la mesa con los doce, «tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía”» .

Cómo no asomarnos con especial afecto al cenáculo en Jerusalén. Allí contemplamos a Jesús regalándonos la Eucaristía: centro y cima de nuestra vida cristiana.

¡Cuanta necesidad tiene el mundo de hoy de la Eucaristía! Ella, sacramento del Amor, es la vida misma de la Iglesia y del mundo. Ella es el sacramento que capaz de devolver al mundo lacerado y roto, la unidad perdida. Sí, «la Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor.» «La visita al Santísimo Sacramento [no es simplemente una práctica más de piedad; ella verdaderamente] es una prueba de gratitud, un signo de amor y un deber de adoración hacia Cristo, nuestro Señor».

Por eso, en esta noche, la Iglesia en todo el orbe vuelve a renovar su amor a Jesús Eucaristía. Él está presente en cada altar, en cada sagrario del mundo, en cada tabernáculo que guarda las especies eucarísticas. Allí el Señor nos espera hambriento de nuestro amor, sediento de nuestra adoración.

“Señor, ¿cuánto arde en deseo de nosotros tu corazón? ¿Cuánto querrás ver a nuestros templos convertidos en centros de culto a Ti, que te has dignado quedarte entre nosotros? ¿No es acaso justo que la Misa se prolongue en momentos de verdadera adoración eucarística? Tú nos esperas siempre. Deja que en esta noche nos acerquemos a Ti con fe, con humildad, con afecto, con  piedad. Que al contemplar tu amor por nosotros, tu sacrificio sangriento y sin reserva por nuestra redención, nos unamos a Ti y nunca nos separemos de Ti.”

Finalmente, queridos hermanos, esta es también la noche de la caridad, del “mandamiento nuevo”. El sacerdocio nos ha llevado a la eucaristía. Ahora la eucaristía nos lleva inexorablemente al amor.

Es lo que escuchamos en el Evangelio: «Durante la cena [...] se levanta [Jesús]  de la mesa [...] se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido» (Jn 13, 1 2.4 5).

Y luego estas palabras del Señor: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, por que lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.»

En el gesto de lavar los pies a sus discípulos, Jesús nos revela la profundidad del amor de Dios por el hombre: ¡en Él, Dios mismo se pone al servicio de nosotros los hombres! Nos lava los pies de nuestra pobreza. Y así nos revela al mismo tiempo el sentido de la vida cristiana y, con mayor motivo, de la vida consagrada, que es vida de amor oblativo, de concreto y generoso servicio.

¡Qué paradoja! Esta es la noche en que se enseñorean las fuerzas del mal contra el Amor. Y sin embargo, el Amor mismo ha querido que sea ésta también la noche en que la caridad venza el odio y el mal.

“Señor Jesús,  tu te has ceñido la toalla, nos has lavado los pies del polvo de nuestra fragilidad y nos has dado ejemplo del amor que se hace concreto en el servicio. ¡Cuánto nos falta amar como Tú! Recuérdanos que el amor no es un simple sentimiento. Anima nuestras voluntades para vivir la caridad sobre todo en los momentos difíciles. Fortalécenos para servir a nuestros hermanos más necesitados. Ayúdanos a vencer el mal con el bien. Que la caridad sea siempre el signo por el que reconozcan que somos tus discípulos”.

Queridos hermanos, ya para terminar, en esta noche, junto con la institución del Sacerdocio y de la Eucaristía, se nos entrega el mandamiento del amor. Que como Jesús nos ha amado, así también nos amemos los unos a los otros. Que estos días del Triduo Santo que comenzamos, nos lleven a una comunión más íntima con el Señor en la eucaristía. Y por último, que oremos por nuestros sacerdotes, servidores del altar y de la unidad de la Iglesia de Cristo, para que unidos en la caridad irradiemos un testimonio  cada vez más creíble del Señor al mundo entero.

Amén.
 


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