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Homilia en la Pasión del Señor
Queridos hermanos y hermanas

Hoy, Viernes Santo, con la celebración de la Pasión del Señor nos adentramos más íntimamente en el misterio de nuestra Redención. Día, en que “ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo”. Día en que  la Iglesia, meditando sobre la Pasión de su Señor adora la Cruz, y conmemora su nacimiento del costado traspasado de su Señor.

Una serie de signos nos hablan de lo especial de éste día:

Ante todo, el Viernes de la Pasión del Señor es un día de penitencia para la Iglesia. Lo hemos expresado por medio de la abstinencia y el ayuno que seguramente hemos buscado guardar.

Siguiendo una antiquísima tradición, hoy además no se celebra la Eucaristía, y la sagrada Comunión se distribuye a los fieles solamente durante la celebración de la Pasión del Señor.

Nuestra misma celebración ha comenzado de modo inusual: con el altar desnudo sin mantel ni cirios, con las imágenes de nuestro Templo tapadas y en profundo silencio; con los ministros postrados rostro en tierra significando el dolor de la Iglesia por la muerte de su Señor.

Y hemos proclamado el Evangelio de la Pasión, sin el habitual saludo inicial, sin la signación del libro, ni el acostumbrado beso al final.

Todo adquiere sabor a recogimiento, a meditación pausada y – como no – a duelo por la muerte del Señor.

Pero hoy toda nuestra atención se concentra sobre todo en la cruz. En ella fijamos nuestra mirada. Y como en años anteriores queremos que sea sobre todo ella la que nos hable, nos enseñe, nos haga ver el misterio del amor de Dios que vence el pecado y el mal.

Así, una primera enseñanza que nos da la cruz es precisamente acerca del terrible misterio del mal.

Al contemplar en ella al Crucificado resulta imposible pasar por alto la capacidad destructora y del mal  en el mismo hombre.

Y nos preguntamos: ¿no son nuestras malas acciones las que han hecho sufrir a Nuestro Señor Jesucristo el suplicio de la cruz? ¿No debemos considerarnos a nosotros mismos como autores de su escarnio? ¿Podemos acaso pasar de largo el viernes santo sin pensar en nuestra participación en el calvario?

Sin ninguna duda el hombre cuando se sumerge en los desórdenes del pecado y en el mal "crucifica por su parte de nuevo al Hijo de Dios y le expone a pública infamia (Hb 6, 6).

Es ésta la razón que lleva a exclamar a San Francisco de Asís: “Y los demonios no son los que le han crucificado; eres tú quien con [tus pecados] lo has crucificado y lo sigues crucificando todavía…”.

Así, la cruz adquiere hoy el valor de un signo penitencial y de una memoria de nuestros pecados. En efecto, ella nos recuerda nuestro olvido de Dios e indiferencias, nuestras enemistades y venganzas hacia el prójimo, nuestras hipocresías y faltas a la verdad, nuestro afán de tener, poder y placer, a costa de pisar al hermano, ante todo lo cual no deberíamos cerrar nuestros ojos.

Pero asoma aquí una segunda enseñanza. Paradójicamente, cuando el hombre reconoce de cara al Señor su pecado, las consecuencias que éste tiene en el mundo, al mismo tiempo la cruz le descubre por encima de éstos el amor de Dios, que lo perdona todo, que vence el mal con el Bien supremo, con el Amor.

Contemplar al Crucificado, al Siervo sufriente, es darnos cuenta que en su Hijo Dios ha querido cargado sobre sí nuestras propias culpas y cancelar la deuda, para nosotros impagable, del mal que cometemos.

Sí, la muerte de Cristo es el sacrificio pascual que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres. Él, Jesús, es el "cordero que quita el pecado del mundo".

Su entrega hasta el límite de darlo todo, es el sacrificio de la Nueva Alianza que nos devuelve a los hombres a la comunión con Dios. Así, Él nos reconcilia con su Padre por "la sangre derramada por muchos para remisión de los pecados".

Por eso dirá Melitón, Obispo de Sardes: “[Cristo] nos ha hecho pasar de la esclavitud a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de la tiranía al reino eterno, y ha hecho de nosotros un sacerdocio nuevo, un pueblo elegido, eterno. Él es la Pascua de nuestra salvación”.

Así, el Viernes de Pasión, nos abre ya al misterio de la vida nueva, de nuestra liberación, que se manifestará mañana por la noche, en la Vigilia Pascual en la que el Crucificado se manifestará como el Resucitado, victorioso sobre la muerte y el pecado. ¡Sí, Cristo es nuestra victoria!

Y ahora, queridos hermanos, una última enseñanza que nos queda por recoger en esta tarde. El viernes santo nos hace pensar en la continua sucesión de sufrimientos a lo largo de la historia: entre ellos no podemos olvidar las tragedias de nuestros días.

¡Cómo no recordar hoy día los dramáticos acontecimientos que también hoy siguen ensangrentando a algunas naciones del mundo; como no recordar el reciente asesinato de Mons. Paulos Rahho, Obispo de Mosul en Irak; como olvidar la persecución religiosa a miles de católicos en el Oriente con su secuela de mártires!

¡Como, ignorar el atropello público en nuestra propia patria a las familias con una legislación cada vez más permisiva del divorcio que ignora el derecho de los hijos y crucifica la institución del matrimonio! ¡Cómo olvidar a los cientos de miles de hijos en el vientre de sus madres expuestos a pública infamia cuando se les considera un simple “producto” y se les asesina mediante el aborto!

Cómo no ver con profundo dolor el modo en que la pasión del Señor continúa prolongándose en la vida de hombres y mujeres de hoy. En el sufrimiento inferido por el hombre al mismo  hombre Cristo vuelve a ser crucificado.

Muy queridos hermanos, en esta tarde adoremos el misterio de la cruz. Es el misterio del “amor hasta el extremo”, del Señor que se entrega por nosotros, que asume nuestras propias cruces y con su fuerza vence las tinieblas y nos abre el paso a la vida eterna.

Dejemos que el Señor entre en nuestras vidas, y que su amor nos transforme, haciéndonos participes de la nueva vida de su resurrección que con ansia esperamos el día de mañana.

Amén.
 


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