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Homilía en la Celebración de la Vigilia Pascual
Muy queridos Hermanos y Hermanas,

Hoy, sábado santo, hemos vivido el gran día del silencio. Atrás quedó el viernes santo con las celebraciones de la pasión y muerte en Cruz de Jesús, el vía crucis y la procesión de la sepultura del Señor.

A los pies del sepulcro, la Iglesia ha permanecido callada, junto con María, en espera silenciosa del nuevo día en que se entonará el cántico nuevo del Aleluya, que anunciará la irrupción de la vida nueva, nuestra pascua.

Ésta es la noche de vela en honor del Señor. En ella conmemoraremos la noche santa en la que Cristo vence la muerte y resucita glorioso. Noche en que“lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado”.

Es la noche en que la luz vence a las tinieblas y las figuras finalmente dan paso a la realidad. En ella, Cristo nuestra Pascua, con su resurrección “ahuyenta el pecado, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia y doblega a los poderosos”. Noche de la verdadera liberación, en la cual “rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo”.

Por eso hemos comenzado nuestra celebración con el “lucernario”, primera parte de esta Vigilia Pascual. En ella contemplábamos el fuego nuevo, símbolo del nuevo día. Su resplandor ha disipado las tinieblas. Y de él hemos encendido el cirio pascual, Cristo,  luz del mundo. Solo Él  ilumina definitivamente la vida de todo ser humano. Solo Él con su luz es capaz de arrojar las tinieblas del pecado, del mundo y del corazón humano.

Luego ha seguido la liturgia de la Palabra, la segunda parte de nuestra Vigilia.

Los textos sagrados nos han recordado los momentos centrales de la historia de la salvación. Meditando en las diversas lecturas, hemos contemplado con toda la Iglesia la acción de Dios en la historia. Más allá de la dureza del corazón humano, de nuestras propias rebeldías, Dios Amor ha realizado su obra de reconciliación a favor nuestro.

Y parte culminante de la liturgia de la Palabra ha sido el Evangelio. Detengámonos por unos momentos en él. Su proclamación ha confirmado nuestra esperanza, lo que con tanta ansia la Iglesia ha venido aguardando este día como cumplimiento de las promesas de Dios.

Los hechos que nos han sido narrados en él, suceden al amanecer del primer día de la semana, el domingo. María Magdalena y María de Cleofás se dirigen muy de madrugada al sepulcro.

¡Qué experiencia tan conmovedora la que les toca vivir! Van en busca de un muerto, pues desean embalsamar el cuerpo lacerado de Jesús, que con prisa han dejado atrás el viernes por la tarde, envuelto en un lienzo, a causa de la proximidad del sábado.

¡Pero he aquí la gran sorpresa! No encuentran su cuerpo, sino la enorme piedra movida. Como lo consignan los evangelios son ellas, las mujeres, los primeros testigos de la resurrección de Jesús. De labios del ángel escuchan el anuncio desconcertante, a la vez que gozoso: “[…] buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí. Ha resucitado […]”. Y acto seguido, el mensajero del cielo las envía a toda prisa a comunicar a los discípulos: “Decidles, ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea”.

¡Que confusión de experiencias! El llanto, los lamentos, la pena tan honda por su Señor muerto en cruz, tan de repente no tiene ninguna razón de ser. Él ha resucitado. ¡Qué mezcla de sentimientos! El dolor deja paso acaso primero a la duda, luego al desconcierto, a la impresión tan fuerte por el enviado de Dios a quien han visto, y finalmente a la alegría desbordante.

“¡Cómo no volver en esta hora nuestra mirada a Ti, Señor! Tú nos haces ver en esta noche que ni la muerte ni el mal tienen la última palabra sobre Ti. Con delicadeza envías por delante a tu Ángel para que nos prepare a recibir el gran anuncio de tu victoria pascual. Tú nos dejas ver, a través de los ojos de aquellas mujeres y más tarde de tus discípulos, los testimonios visibles de tu resurrección: la piedra movida, la tumba vacía, las mortajas intactas. Nos dejas ver… y creer…  Y luego de todo ello eres Tú mismos quien sales al encuentro de aquellas mujeres para decirles en persona: ¡Alegraos, no tengáis miedo!”

Queridos hermanos, verdaderamente esta es la noche en que escuchadas las palabras el Maestro, el corazón humano no puede albergar tristeza alguna. Es la noche en que la Iglesia toda prorrumpe en un gozo exultante: “¡Ha resucitado [el Señor] como lo había dicho!”.

¡Que experiencia también la nuestra! La alegría cristiana, no es un momento pasajero de gracia o diversión; no se alimenta de bailes, bebidas, ni alcohol, con los que el mundo muchas veces busca ahogar las penas, la desesperanza y el sinsentido de los que viven sin Dios.

Qué distinta la alegría del creyente. Ella se fundamenta en lo inaudito a la vez que real: ¡Cristo resucitado de entre los muertos!

Él con su resurrección ha cambiado la historia humana. Él venciendo la muerte nos ha dado paso a la eternidad. Él ha reconciliado lo humano con lo divino. Él nos ha devuelto a la comunión con Dios. Ha restaurado la semejanza del hombre caído, arrancado el miedo del corazón humano,  dado la certeza tangible del amor de Dios, extirpado la inseguridad existencial del hombre. Y a quien era incapaz de redimirse, lo ha hecho criatura nueva, hijo de Dios, gloria del Padre, imagen del Hijo, templo del Espíritu Santo; en fin nos ha divinizado a quienes por propia culpa nos habíamos desterrados del paraíso.

Esta es la razón de nuestro gozo, la causa de nuestra alegría, el fundamento de nuestra esperanza.

Pero volvamos ahora, y ya para terminar, a nuestra celebración.

En unos momentos iniciaremos la tercera parte de la Vigilia Pascual. En la liturgia bautismal celebraremos la pascua mediante los sacramentos  de la iniciación cristiana.

Entonces se realizará en ustedes, queridos catecúmenos, lo proclamado hace un momento: recibirán el ser hijos de Dios, miembros de la Iglesia, la plenitud de la fe y por primera vez se alimentarán del cuerpo de Cristo en la mesa del altar.

Como callar la alegría inmensa de la nueva vida en Cristo. No escondamos nunca el tesoro de nuestra fe católica. Junto con las mujeres del Evangelio anunciemos también nosotros sin temor “lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos”.

Queridos hermanos, que tras esta noche santa cada uno de nosotros bautizados y confirmados, seamos de verdad testigos de Jesús resucitado. La fe no puede callar lo que ha visto con sus propios ojos. Por ello, que el encuentro con el Señor vivido a lo largo de estos días se traduzca en comunicación, en testimonio audaz. Que el año jubilar que hace poco hemos comenzado a celebrar, sea de verdad un año de intenso apostolado y de testimonio elocuente de nuestra condición de católicos.

A la Virgen María, Madre de Jesús y nuestra, ejemplo de fe, de inquebrantable esperanza, que confiando en las promesas ha recibido el anuncio gozoso de la resurrección de su Hijo, que a Ella podamos confiarle nuestros propósitos de ser discípulos, testigos y misioneros de Jesús, para que en Él todos los hombres tengan vida.

Amén.

 


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