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Dignas autoridades políticas, civiles, militares y policiales.
Queridos Hermanos y Hermanas en el Señor.

En este ciento ochenta y siete aniversario de la Independencia del Perú, nos reunimos en nuestra Iglesia Catedral de Ayaviri para dar gracias a Dios por el don de nuestra Patria e implorar Su protección y ayuda.

Las fiestas patrias que nos brindan, como es costumbre, la oportunidad para realizar una evaluaci�n serena y justa de los pasos dados en un a�o m�s que ha pasado, en la gesti�n de nuestras autoridades, de los gobiernos tanto central, como regionales y locales, as� como sopesar los avances y desaciertos en la marcha de una sociedad.

Es verdad que una serie de acontecimientos del �ltimo a�o dejan asomar una cierta sombra sobre el acontecer nacional, sombra a�n mayor por causa de sucesos acaecidos en los �ltimos meses: me refiero a lo que se ha llamado �el moqueguazo�, a los paros de Mayo y Junio, a las siempre inquietantes protestas sociales.

Vale la pena hacer una breve reflexi�n acerca de nuestro presente, pues, es parte de la misi�n de la Iglesia emitir un juicio moral sobre las diversas cosas que afectan al orden pol�tico y social cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvaci�n de las almas.

Dice el cuarto mandamiento que viene muy a cuenta: �Honrar�s a tu padre y a tu madre�, y a�ade: �para que se prolonguen los d�as de tu vida en la tierra que el Se�or tu Dios te dar� . Un mandamiento que lleva consigo su recompensa: los frutos temporales de paz y prosperidad .

El cuarto mandamiento adem�s de dirigirse expresamente a la relaci�n hijos � padres, comprende en s� una amplia gama de relaciones humanas: se extiende por ejemplo a los deberes de los alumnos respecto a los maestros, de los empleados respecto a los patronos, de los subordinados respecto a sus jefes, de los ciudadanos respecto a su patria, a los que la administran o la gobiernan. Implica y sobreentiende tambi�n � claro est� � los deberes de los padres, tutores, maestros, jefes, magistrados, gobernantes, de todos los que ejercen una autoridad para con la comunidad de personas a ellos confiada. As�, este mandamiento ilumina las relaciones en la sociedad.

Nos recuerda adem�s que el pr�jimo no es un �individuo� de la colectividad humana; es un �alguien� siempre �pr�ximo�, quien por una u otra raz�n, merece una atenci�n y un respeto singulares de parte de cada uno de nosotros. En efecto, la relaci�n primordial al interior de toda sociedad es la de hermanos, y m�s que estar divididos, nos unen v�nculos de fraternidad, solidaridad y corresponsabilidad, as� como derechos y deberes fundamentales que compartimos todos sin excepci�n.

No obstante, queridos hermanos, hoy por hoy respiramos con demasiada frecuencia en los �mbitos pol�ticos y sociales un aire enralecido de confrontaci�n y conflictividad.

Digo esto por que los enfrentamientos est�n a la orden del d�a. Se va del paro a la huelga; se sigue incitando con frecuencia a la protesta violentista; se agudizan los discursos confrontacionales, de reclamos, que llegan hasta lo irracional. Parad�jicamente hay una carencia de propuestas constructivas, y se busca capitalizar el descontento social de las mayor�as por meros intereses pol�ticos y de bander�as. Por un lado, todo ello se pretende justificar por la seriedad de los problemas sociales que nos aquejan, los cuales son reales; sin embargo ninguna de estas medidas ha contribuido a una mejora eficaz, ni mucho menos a la superaci�n de los mismos.

Cuando las relaciones humanas fundamentales en una sociedad son heridas sistem�ticamente por conducta similares, es pr�cticamente imposible que subsistan las promesas de paz y prosperidad a que todos aspiramos . Toda sociedad enfrentada en su seno por diversas razones, termina a la larga por destruirse a s� misma.

Y nos preguntamos: �con tantas protestas hemos logrado bajar el costo de vida? �Los paros y huelgas han llenado el estomago de nuestros hijos? Los gritos acusatorios de unos a otros, �nos han sacado de la pobreza?

Las v�as hasta ahora utilizadas adem�s de quebrar en diversas oportunidades el orden p�blico y en ocasiones violar impunemente la ley, que es salvaguarda del orden justo en la sociedad, han sido en la gran mayor�a de los casos est�riles, contribuyendo al incremento de un resentimiento social nocivo.

�Quiere decir esto que debamos cerrar los ojos a los problemas sociales que nos aquejan y cruzarnos de brazos? De ninguna manera. Si contribuir al exacerbamiento de lo convivencia social no ha sido nunca ni es hoy una soluci�n que se precie de ser viable tampoco lo es contemplar con pasividad el hambre, el desempleo, la marginaci�n de amplios sectores de la poblaci�n, la injusta distribuci�n de las riquezas.

Pero es conveniente que para ensayar respuestas adecuadas a los problemas se debe partir de ciertos principios fundamentales que adem�s de ser iluminadores de la conciencia y actuaci�n de las autoridades y de la ciudadan�a deben ser respetados por todos. Y menciono solo algunos:

En primer lugar: los que ejercen una autoridad han de ejercerla como un verdadero servicio al bien com�n de la sociedad No se puede gobernar de cara a intereses particulares, ni de algunas minor�as.

En este sentido pensemos por poner solo un ejemplo en la educaci�n que como todos sabemos pasa por una seria crisis. El Estado no puede ni debiera endosar la necesaria reforma educativa � con todas las limitantes que puede tener � orientada al bien de una gran mayor�a de ni�os y j�venes del Per�, a los reclamos de una minor�a de docentes que se resisten a cambios urgentes que se tienen que dar, si realmente queremos apostar por una sociedad m�s culta, mejor formada y por ende con mayores posibilidades de desarrollo. La apuesta por una reforma educativa debiera ser asumida por todos y ello supone aceptar las graves deficiencias de su estado actual y sus necesarios cambios.

En segundo lugar: ninguna autoridad tiene derecho a ordenar o establecer lo que es contrario a la dignidad de las personas, a la ley natural y al orden social justo.

En este caso, �qu� hay entonces de la tan mentada ley de simplificaci�n del divorcio? �No es el matrimonio de derecho natural? �Contribuye una legislaci�n facilitadora de la ruptura familiar al fortalecimiento de nuestra sociedad y a la s�lida formaci�n humana de las futuras generaciones? �No atenta m�s bien contra la instituci�n natural del matrimonio y al derecho que tienen los hijos a un hogar bien constituido? Habr�a sido m�s acorde a la misi�n de las autoridades p�blicas promover centros de conciliaci�n o reconciliaci�n matrimonial en vez de ser facilitadores de su ruptura, pues el Per� necesita a gritos una instituci�n familiar firme.

En tercer lugar: es deber de nosotros los ciudadanos cooperar con la autoridad civil al bien de la sociedad en esp�ritu de verdad, justicia, solidaridad y libertad. El amor a la patria forma parte del deber de gratitud y del orden de la caridad para todo ciudadano. La sumisi�n a las autoridades leg�timas y el servicio del bien com�n exigen de nuestra parte que cumplamos con nuestra responsabilidad en la vida de la comunidad pol�tica.

En este sentido por ejemplo, el derecho de huelga tiene seg�n la doctrina social de la Iglesia sus claras restricciones: ella es un derecho solo como recurso inevitable, para obtener un beneficio proporcionado y despu�s de haber constatado la ineficacia de todas las dem�s modalidades para superar conflictos y lograra acuerdos . No se concibe su legitimidad � y podr�a ser incluso violadora de los justos deberes � cuando se carecen de los intentos de di�logo previos sin intimidaciones ni amenazas.

Y en cuarto lugar: si de verdad queremos un orden econ�mico justo hemos de atender todos a la �justicia distributiva� que debe ser administrada por el estado y por los diversas actores econ�micos y sociales con sabidur�a, teniendo en cuenta tanto las necesidades que hay como la contribuci�n de cada uno, buscando adem�s a la concordia y la paz .

En este sentido es saludable pensar, por poner un solo ejemplo, en una distribuci�n solidaria del canon minero o de otras fuentes econ�micas del Estado, con la finalidad de atender a las zonas econ�micamente menos favorecidas del Per�, viabilizando al interior del pa�s el principio de solidaridad que debe regir a una naci�n.

Para terminar, queridos hermanos, el Per� necesita en esta hora mayor serenidad; necesita de una acci�n m�s constructiva hecha de inteligencia, di�logo y mutua cooperaci�n por todos los que conformamos esta naci�n.

Que sea �ste el momento para pedir al Se�or de la Historia que nos asista con su sabidur�a y fortaleza. Oremos de modo especial en estas fiestas para que logremos el progreso y la paz, verdadera recompensa a lazos firmes de fraternidad y solidaridad entre los peruanos. Y trabajemos juntos por un pa�s m�s unido, m�s reconciliado, con una mentalidad m�s positiva y constructiva en la b�squeda de las soluciones a los problemas y retos que enfrentamos todos.

Que Dios nos bendiga a todos, y felices fiestas patrias.

(1) Ver CEC 2246 y GS 76, 5: aplicando todos y s�lo aquellos medios que sean conformes al Evangelio y al bien de todos seg�n la diversidad de tiempos y condiciones
(2) Ex.20,12
(3) Ver CEC 2200
(4) Ver CEC 2199
(5) Ver CEC 2212
(6) CEC 2200
(7) Ver CEC 2235
(8) Ver CEC 2239
(9) Ver CDSI 304
(10) Ver CEC

 


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