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Homilía en las Bodas de Oro de la Prelatura

Homilia de Mons. Kay Martín en las Bodas de oro de la PrelaturaExcelentísimos Señores Arzobispos
Mons. Javier del Rio Alba, Arzobispo Metropolitano de Arequipa,
Mons. Héctor Miguel Cabrejos Vidarte, Arzobispo Metropolitano de Trujillo y Presidente de la Conferencia Episcopal Peruana
Mons. Juan Antonio Ugarte, Arzobispo Metropolitano de Cuzco,

Excelentísimos Señores Obispos de las distintas Diócesis y Prelaturas del Perú, que hoy nos acompañan.
Mons. Lino Panizza Richero, Obispo de Carabayllo
Mons. Marco Antonio Cortés Lara, Obispo de Tacna y Moquegua
Mons. Héctor Eduardo Vera Colona, Obispo de Ica
Mons. Gilberto Gómez Gonzáles, Obispo Auxiliar de Abancay
Mons. Miguel La Fay Bardi, Obispo Prelado de Sicuani
Mons. Mario Busquets Jordá, Obispo Prelado de Chiquibambilla
Mons. José María Ortega Trinidad, Obispo Prelado de Juli

Dignas autoridades de nuestras Provincias de Melgar, Carabaya y Sandia.
Queridos hermanos sacerdotes, religiosos y religiosas.
Estimado Superior Regional del Sodalicio de Vida Cristiana en el Perú, Erwin Scheuch.

Queridos fieles laicos todos, venidos de las provincias de Melgar, Carabaya y Sandia y misioneros que nos acompañan.

ACCION DE GRACIAS A DIOS

"Hacedlo todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre".

Al cumplirse los 50 años de creación de nuestra Prelatura de Ayaviri queremos hacer nuestra la invitación del Apóstol de Gentes, y elevar nuestra acción de gracias por estas Bodas de Oro que con júbilo celebramos.

Damos gracias ante todo a Dios, Padre de misericordia y de todo consuelo, por medio de su Hijo. El Señor, que es siempre bueno, nos ha regalado el don de la fe por el bautismo; nos ha hecho Iglesia suya y se ha prodigado en ternura para con los hijos de esta tierra y de esta Iglesia particular. Él mismo nos ha bendecido a lo largo de la multisecular historia de nuestra fe, y en especial de los últimos 50 años de nuestra Prelatua. Por eso como el samaritano curado del evangelio, queremos el día de hoy volver sobre los pasos de nuestra historia, y "glorificar a Dios a toda voz" para presentar nuestra alabanza y nuestra acción de gracias a Aquél de quien todo bien proviene.

Gracias también en este día a la Madre de Jesús y nuestra, a Santa María, la Virgen de la Altagracia. Ella, Patrona de nuestra Prelatura, sabe bien de las alegrías y las esperanzas de nuestro pueblo, de sus sufrimientos, sus deseos y anhelos. Ella desde hace cuatro siglos ha querido quedarse en esta tierra para acompañarnos con su ternura maternal a todos nosotros, sus hijos.

Queremos dar gracias también al Señor por nuestros pastores a los que llevamos en el recuerdo: por Mons. Luciano Metzinger y Mons. Juan Godayol, quienes ejercieron su misión como Obispos de esta Iglesia particular. Su trabajo, esfuerzo y entrega han dejado vivas señales de afecto y de cariño en el corazón de tantos fieles de nuestra Prelatura.

Gracias, igualmente, por el ministerio pastoral de Mons. Luis Dalle y Mons. Francisco D`Alteroch; como administradores apostólicos acompañaron a nuestra Prelatura a lo largo de 20 años de su historia.

Gracias, en fin, al Señor por tantos sacerdotes, religiosos y religiosas que con esfuerzo y entrega han trabajado laboriosamente en esta viña del Señor, gastando y desgastándose por sus fieles. Menciono brevemente a las comunidades de los Sacerdotes y Hermanas de los Sagrados Corazones de Jesús y María, las Dominicas de la Presentación, las Hijas de Santa María de la Providencia, las Hermanas de la Cruz, los Salesianos de Don Bosco, las Hijas de María Auxiliadora. A ellos nuestra sentida gratitud.

Es ocasión para agradecer también en estos cincuenta años por la labor esforzada del Instituto de Educación Rural, de Caritas Ayaviri, de la Vicaría de la Solidaridad. Estas instituciones junto con tantas otras iniciativas han buscado contribuir al esfuerzo de ayudar a mitigar el dolor de la pobreza y al desarrollo de muchas comunidades campesinas.

Finalmente y con el júbilo del corazón, demos gracias a Dios Amor, queridos hermanos, por cuantos beneficios hemos recibido de Él. Cuántas veces no habremos sido testigos silenciosos de las muchas y delicadas muestras de Su amor en nuestra historia.

Un año Jubilar

Un año jubilar, queridos hermanos, es siempre un tiempo fuerte en la vida de la Iglesia. En él, el Señor nos abre las puertas de su misericordia y su amor de forma aún más generosa que de costumbre.

¡El Señor ha sido bueno con nosotros! Por eso, queremos avivar en nosotros el deseo de no dejar infecunda tanta gracia derramada en nuestra vida y en nuestra historia. Todo año jubilar puede ser y de hecho es una ocasión extraordinaria de renovación, año de conversión del corazón, y un tiempo de gracia que nos lanza a la misión. Es a esto último que quiero referirme especialmente ahora.

Tiempos nuevos de misión

Hoy resuena con actualidad aquel "Rema mar adentro" que Jesús dirigiera a Pedro en el mar de Galilea, y que ha marcado para la Iglesia universal también el inicio de este tercer milenio. Por medio de los últimos Sucesores de Pedro, el Señor ha vuelto a exhortar con estas mismas palabras a toda la Iglesia de hoy: "Rema mar adentro".

Es ésta – por lo tanto – la hora en que la nave de la Iglesia quiere adentrase nuevamente en el océano del mundo y de la historia para emprender la tarea de la nueva evangelización: evangelización que es siempre igual en el contenido de la única fe, pero que ha de ser a su vez siempre nueva en su ardor, nueva en sus expresiones y nueva en sus métodos.

Por ello la celebración de nuestras Bodas de Oro no es una vuelta nostálgica al pasado, ni carga el sentido de una reivindicación. Se trata en realidad de lanzarnos hacia lo que está por delante, con visión de futuro, y desde las raíces de nuestra fe, conscientes de este tiempo nuevo que el Señor nos regala, y abrirnos a los nuevos horizontes que nos esperan. Se trata en fin de buscar cooperar todos con el Señor en la transformación del mundo, de sus diversas culturas, de los hombres y mujeres que lo habitan, para orientar nuestras vidas, las culturas y la misma historia según el Plan de Dios.

Discípulos y Misioneros

Por eso, la Iglesia de Cristo, llevada por el soplo seguro del Espíritu Santo, y precisamente de cara a estos nuevos tiempos, nos ha planteado recientemente un verdadero programa de su labor evangelizadora. Un programa sintetizado en dos expresiones que con alegría los pastores hemos hecho nuestras en los días de encuentro en Aparecida, en comunión con el Papa Benedicto XVI: "Ser discípulos y misioneros de Jesucristo para que todos los pueblos tengan vida en Él".

Sí, ante todo hemos de ser discípulos. El Espíritu Santo nos invita en primer lugar a consolidar nuestra identidad de bautizados e hijos de la Iglesia.

Como los discípulos en el Evangelio hemos de sentarnos también nosotros a los pies del Maestro de Nazareth, escuchar atentos su palabra, aprender de sus labios, imitar su ejemplo, pues ¿cómo anunciaremos a quien no hemos conocido primero?

Madurar en el discipulado, supone por lo tanto conocer y amar íntimamente al Señor y asumir las exigencias de su Evangelio, llevándolas a la vida y práctica.

Por tanto, a los pies de Jesús crezcamos queridos hermanos, en una sólida vida interior y de fe. La formación en las verdades de fe, la oración personal y comunitaria, la vida sacramental, y tantos otros medios que nos ofrece la Iglesia son siempre instrumentos indispensables en el discipulado. A ella sumemos una participación viva y piadosa en la Eucaristía de cada Domingo. En efecto, "sin el Domingo – sin la celebración del misterio central de nuestra fe que es la Eucaristía como decían los mártires de Abilene– no podemos vivir". Que el Domingo, día del Señor, sea siempre el día central de nuestra semana llena de actividades.

Y no olvidemos el recurso frecuente de la confesión. Todo discípulo crece y madura en la medida en que se deja tocar y transformar por el amor misericordioso de Dios presente en el sacramento de la reconciliación.

Pero a los pies de Jesús aprendamos también a pensar cada vez más con la Iglesia, a sentir, amar y actuar con la Iglesia, a estar en comunión con sus Pastores. No en vano exhortaba San Ignacio de Antioquia ya hace siglos a una comunidad de fieles, semejante a la nuestra reunida el día de hoy, diciendo: "Es necesario no sólo llamarse cristiano, sino serlo en realidad; pues hay algunos que reconocen ciertamente al obispo su título de vigilante y supervisor, pero luego lo hacen todo a sus espaladas. Los tales, no me parece a mí, que tengan buena conciencia, pues no están firmemente unidos a la grey, conforme al mandamiento".

La pasión por la Iglesia, por su magisterio leído y entendido en el mismo Espíritu que lo guía, por las enseñanzas y directrices del Vicario de Cristo en la tierra, el Papa, por la guarda de la sana doctrina, por una vuelta constante a las fuentes límpidas de la Tradición, aseguran en quienes quieren de verdad ser discípulos de Jesús, la auténtica fidelidad, y los fortalecen de cara a la misión.

Pero es verdad; no basta ser discípulos. No es suficiente ponernos a los pies del Señor. Todo encuentro con Jesús, si es verdadero, nos lanza también a la misión. El Señor mismo nos llama a ser misioneros y testigos de Su presencia amorosa en medio del mundo.

Que bien vienen a cuenta las palabras llenas de celo del Papa Pablo VI de venerable memoria cuando decía: «¡Ay de mi si no evangelizare! Para esto me ha enviado el mismo Cristo. Yo soy apóstol y testigo. Cuanto más lejana está la meta, cuánto más difícil es el mandato, con tanta mayor vehemencia el amor nos apremia. Debo predicar Su Nombre: Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Él es quien nos ha revelado al Dios Invisible, Él es el primogénito de toda criatura, y todo se mantiene en Él. Él es también el Maestro y Redentor de los hombres… Él es el centro de la historia y del Universo; Él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida… Yo nunca me cansaría de hablar de Él… ¡JESUCRISTO! Recordadlo: Él es el objeto perenne de nuestra predicación.»

En efecto, Jesucristo es el objeto de nuestro anuncio. Hablar de Él a los hombres es tarea de todos y cada uno de nosotros. Y es bueno que quede claro: no se trata de un anuncio escapista; no se trata de ignorar las grandes carencias humanas y sociales que nos rodean. En realidad la Iglesia siente vivamente la responsabilidad de colaborar activamente en una solución eficaz por resolver los escándalos de la pobreza y la marginación, y que son una carga pesada para tantas poblaciones y comunidades de nuestras provincias. Éste sigue siendo nuestro compromiso hoy como ayer. Ya algunos pasos positivos han sido dados con el Instituto de Educación Rural y con la presencia de Caritas. Pero es verdad que aún falta muchísimo por hacer, y en ello esta puesto mi compromiso muy personal y el de la Prelatura.

Pero también es verdad que solo la fuerza del Jesús y de su Evangelio es capaces de transformar de forma definitiva la raíz de los males que nos aquejan. Solo Él, es capaz de transformar el corazón humano, del que tantas veces arrancan los egoísmos que se encuentran en el origen de las diversas esclavitudes, y en el cuál sin embargo se encuentra también la libertad para responder al amor, único principio perdurable de un orden nuevo, un mundo nuevo, hecho de hombres nuevos.

En resumen, queridos hermanos, esta es nuestra tarea: ser discípulos y misioneros de Jesucristo. Una tarea a la que somos convocados todos por el mismos Señor. Una tarea que exige audacia, vencer nuestros miedos, dar un paso hacia delante, y sobre todo vivir y testimoniar con coherencia nuestra fe, sin componendas con el mundo, ni con sus ofertas de moda.

Para terminar, queridos hermanos: que al dar todos juntos los pasos a un compromiso cada vez mayor con el Señor, con su Iglesia y con nuestra Prelatura contribuyamos eficazmente para que esta Iglesia particular progrese cada vez más en la unidad y en la caridad activa. Que como fruto de ello germinen las vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa en nuestras familias, y tengamos con la gracia de Dios un laicado cada vez más comprometido en la tarea y misión común a la que el Señor nos llama.

Termino dando una vez más gracias a Dios por tantas bendiciones que ha derramado a lo largo de estos 50 años en nuestra Prelatura. Con el Salmista podemos decir: "El Señor ha sido bueno con nosotros y estamos alegres"

Y agradezco muy de corazón a mis hermanos en el Episcopado por su presencia en medio de nosotros el día de hoy. Su compañía es un hermoso signo de comunión y unidad eclesial; es un testimonio invalorable de fraternidad que nuestra joven Iglesia contempla rebosante de alegría; y es también aliento y confianza de cara el horizonte que el Señor nos invita a conquistar.

Muchas gracias de todo corazón y que el Señor nos bendiga a todos abundantemente.

 


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