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Homilí­a de Mons. Kay Martín en la ordenación sacerdotal del Diácono Kevin David Vargas, 11.10.
Querido Mons. Miguel La Fay, Obispo Prelado de Sicuani,
Queridos hermanos en el Sacerdocio,
Queridos hermanos y hermanas todos en el Señor,
Muy querido David.

Hoy es un día de gozo para todos nosotros, para tus familiares aquí presentes y en especial para ti, al recibir el orden sacerdotal en el segundo grado del Presbiterado, para servicio del pueblo de Dios y edificación de toda la Iglesia. Un día especial enmarcado además en nuestro año jubilar.

El Señor, por medio de las lecturas, ha tenido la delicadeza de ilustrarnos acerca del don sagrado del sacerdocio. Con el profeta Jeremías ha vuelto a decirnos que ciertamente toda vocación es un don de lo alto. “Antes de formarte en el vientre, te escogí, antes de que salieras del seno de tu madre, te consagré”

En verdad no somos nosotros los que hemos elegido al Señor, ni la vocación es ante todo una elección nuestra, como si se tratara de una carrera profesional. Ella es siempre y en primer término una llamada de lo alto, el designio amoroso de Dios sobre cada uno de sus hijos, designio que proviene desde antes de todos los siglos.

Así se entiende que todo sacerdote haya sido entregado por el Padre al Hijo: “Tuyos eran y Tu me los diste”, “no son ya más del mundo como yo tampoco soy del mundo”; “santifícalos en la verdad” . Ten pues en cuenta, querido David, que es el Señor quien te ha llamado desde toda la eternidad, y es Él quien te ha consagrado – tomado aparte – para que seas Su propiedad.

Por la imposición de las manos y la oración consecratoria, tu vida de ahora en adelante quedará configurada con Cristo Sacerdote y Cabeza. Por la consagración quedarás sellado con una nueva identidad, como sacerdote del Señor: actuarás en nombre de Cristo Cabeza; serás administrador de sus sacramentos para bien del Pueblo de Dios; presidirás el o eucarístico en la Iglesia; y deberás ofrecerte a ti mismo juntamente con el Señor sobre el altar, para ser con Él víctima viva, para alabanza de Su gloria y salvación de los hombres.

El cometido de dicho camino, como comprenderás, no podrás realizarlo plenamente sino es poniendo de tu parte un esfuerzo continuo por ser un sacerdote santo. Si el Señor te ha llamado para que seas ministro suyo, quiere por otro lado que en tu propia existencia ministerio sacerdotal y santidad vayan de la mano; de este modo el mismo ejercicio fiel y abnegado de tu ministerio sacerdotal será precisamente el camino por el cual habrás de santificarte.

Por eso, con sincero afecto y en unión con toda esta asamblea que te acompaña con su cariño y sus oraciones deseo recordarte algunos puntos esenciales a este tu ministerio.

Ante todo y en primer lugar sé para todos nosotros verdaderamente hombre de Dios: como lo he mencionado hace breves momentos, has sido “tomado aparte” por el Señor para servir a los hombres en las cosas de Dios. Por eso, que las personas que se acerquen a ti encuentren siempre por medio tuyo, de tus palabras, de tus actitudes y de tus gestos al Señor, a quien tanto buscan y desean encontrar. Que puedan ver en ti, además, que eres amigo de Dios, que tratas familiarmente con Él, que Él habla por medio tuyo, y que tú los acercarás a ellos al Señor. En verdad, todos nosotros sacerdotes, debiéramos ser más y más un ícono vivo en cuyo rostro, palabras, mirada y persona toda se refleja la ternura paternal y la dulzura del amor del Señor.

Pero ello, lo sabes bien, no será posible si no te haces verdaderamente hombre de profunda y continua oración. Sigue el consejo del Apóstol: en todo momento pide, suplica, da gracias, alaba a Dios. No dejes de dedicar tiempo prolongado y diario a la adoración eucarística, a la oración personal, a la meditación asidua y penetrante de la palabra de Dios. Ten la certeza de que no será nunca tiempo perdido. Pocas cosas como la oración te llevarán a dejarte tocar y transformar por el amor de Dios para poder ser servidor de tus hermanos y mediador – puente seguro – entre Dios y los hombres.

Sé también ministro reverente de la vida sacramental de la Iglesia: especialmente cuida de celebrar la Eucaristía a diario y con verdadera piedad. En ella, “considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor” . Si el Señor te ha llamado a este hermoso ministerio, Él mismo quiere ser también tu alimento y fuerza, pues sin Él nada podemos hacer.

Pero recuerda también que en cada Eucaristía no sólo te unirás al Señor, Sacerdote, Victima y Altar, sino que por la comunión de vida con Él deberás ser tú mismo, para tus hermanos, sacerdote que acerca a Dios, victima que se desgasta e inmola por ellos, altar sobre el que puedan descargar sus fatigas y sufrimientos para volver en paz a sus hogares.

Confiesa con frecuencia, por largos ratos y siempre que puedas; ofrece a manos llenas la misericordia de Dios, de la que deberás ser de ahora en adelante instrumento bondadoso y sabio. Pero no olvides que nosotros los sacerdotes también somos débiles y necesitamos la confesión. El reconocimiento de tus propias debilidades al confesarte con frecuencia será ciertamente una de las mejores escuelas para que puedas ser misericordioso con los demás, comprender y acoger sus cargas y debilidades.

Y no dejes de ser educador esmerado en la participación y reverencia litúrgica de los fieles. Ella, la liturgia, bien celebrada y vivamente participada por los fieles posee en sí una de las fuerzas evangelizadoras más poderosas al hacer entrar al hombre en el ámbito de lo sagrado, conducirlo al umbral de la presencia de Dios, e introducirlo en la comunión con Él.

En tercer lugar, sirve a la palabra de Dios: con el Apóstol te digo: “Ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, te conjuro por su venida en majestad: Proclama la palabra, insiste a tiempo y destiempo, exhorta, reprende, amenaza con toda paciencia y deseo de instruir” . Por ello, medita asiduamente la Palabra viva de Dios, y habiendo comprendido lo que ella enseña en sí, aplica su inagotable riqueza a la vida de los fieles, para edificación del cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

Pero no olvides que no basta proclamar el Evangelio: “ten presente que debes creer la palabra de Dios que proclamas y hacer de ella norma de tu vida” , para que tu ministerio no caiga en descrédito. Estate, pues, siempre alerta sobre ti mismo, “cumple tu tarea de evangelizador y desempeña a la perfección tu ministerio” .

Se finalmente buen Pastor y fiel guardián del rebaño de Dios: A ti, como a todo sacerdote se te encomienda, siempre en íntima comunión con el Obispo, guardar el rebano de Dios. A semejanza de Jesús, Buen Pastor también tú deberás dar tu vida por las ovejas. Ya sabes en qué modo se refería San Agustín a los mercenarios, a los malos pastores, que buscan sus propios intereses, y usan a las ovejas para su propio provecho: “Huyen ante el peligro, abandonan a las ovejas; no curan a las débiles ni protegen a las sanan; a las fuertes las abandonan, a las enfermas las matan”.

Por ello, no en vano San Pablo exhorta a los presbíteros de Éfeso: “Tened cuidado del rebaño que el Espíritu Santo os ha encargado guardar como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió por la sangre de su Hijo. Ya sé que cuando os deje se meterán entre vosotros lobos feroces que no tendrán piedad del rebaño. Incluso algunos de vosotros deformarán la doctrina y arrastrarán a los discípulos. Por eso estad alertas” .

Ya sabes que no ha de ser así en tu vida. Conságrate, más bien, por el genuino celo apostólico a tus hermanos y hermanas. Haz siempre uso de un trato lleno de caridad, de comprensión, y de una sincera bondad aprendida del corazón de Cristo, Buen Pastor. Sé incansable en el apostolado para acercar a todos a la Iglesia; anima a los fieles a una vida cristiana cada vez más coherente y santa, y especialmente despierta en el corazón de los jóvenes la vocación muchas veces adormecida a la que son llamados en el seno de la Iglesia.

Pero une a la caridad en el trato, la verdad en el anuncio. Es falsa aquella apuesta pastoral que pregona en aras de la caridad pastoral eludir las exigencias de la verdad. Todo proyecto pastoral que dimita de un anuncio coherente de la verdad de la fe en toda su riqueza y exigencias, tarde o temprano está destinado a fracasar. Por ello, en todo guarda perfecta fidelidad a lo que te enseña la Iglesia, que es tu Madre. Y ten al mismo tiempo la certeza de que la obediencia dócil y amorosa a Sus enseñanzas te será tenida en cuenta cuando al final del tus días te presentes ante Señor.

Unas últimas palabras a mis queridos hermanos sacerdotes presentes: comprenderán que cuánto acabo de decir a este hijo, a quien recibirán en breve en la comunión del presbiterio, vale para todos y cada uno de nosotros.

Hoy, queridos hermanos, la Iglesia necesita de sacerdotes santos. La vitalidad de nuestras Iglesias particulares y de sus fieles está muchas veces en justa proporción a la santidad de sus sacerdotes. Por eso, si queremos que nuestra Iglesia lleve en sí la vitalidad y fuerza del Espíritu Santo, no permitamos en nosotros un estilo de vida mediocre, ni mucho menos una imagen distorsionada de la identidad sacerdotal. Seamos sacerdotes santos, pues para nosotros valen de un modo especialísimo aquellas palabrasfrl Señor: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”.
 
Ya para terminar, oremos, pues, queridos hermanos y hermanas, para que el Espíritu Santo renueve en el corazón de todos los sacerdotes un intenso amor a la vocación que hemos recibido. Que seamos verdaderamente sacerdotes según el corazón de Jesús; que vivamos la unidad y comunión con el Obispo; que animado por un vivo celo pastoral nos entreguemos a la misión; que en nuestras comunidades seamos agentes de comunión, de paz y de reconciliación; y, en fin, que en todo momento, por las palabras, los actos, los gestos y nuestro talante de vida se nos vea sacerdotes del Señor Jesús, Buen Pastor y Vida nuestra.

 


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