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Homilia Inicio del Año Sacerdotal

Queridas Autoridades que nos acompañan,

Queridos Hermanos y Hermanas en el Señor,

Queridos Hermanos Sacerdotes,

Al celebrar hoy la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, nos unimos en esta fiesta a la Iglesia Universal, particularmente al Sucesor de Pedro, al Papa Benedicto XVI, quien con ocasión de esta fecha ha querido inaugurar para toda la Iglesia un año especial dedicado a los sacerdotes.

Lo hacemos en el contexto de unos años vividos con mucho dolor por la Iglesia. Desde ya varios años atrás hemos tenido quizá más que nunca conocimiento de los escándalos que han afectado a una pequeña porción de sacerdotes en el mundo. Escándalos que más allá de la recta intención de informar por parte de los medios de comunicación, lo sabemos bien, han sido hartamente cebados, muchas veces con la artera intención de humillar el rostro de la Iglesia y afectar su credibilidad entre los fieles.

Lo hacemos también a sabiendas de que dichos delitos han afectado en ocasiones y de modo muy grave a terceras personas. Consciente de ello el Santo Padre nos pedía ofrecer y orar vivamente a Jesús Eucaristía por la reparación de tales faltas y por sus víctimas inocentes. Al mismo tiempo, cuánto detrimento ha sufrido la imagen del sacerdocio, al que ha de ser siempre, y de hecho es ajena toda conducta que no sea compatible con el modelo diáfano del sacerdocio, Jesucristo buen Pastor y Sacerdote de la nueva Alianza.

Por eso, queridos hermanos, al iniciar la celebración de este año especial dedicado a los sacerdotes, y en el día en que tradicionalmente oramos por la santificación del clero, decimos con toda humildad, que “nadie se puede arrogar este don” , pues ciertamente de un modo u otro todos los elegidos para tal ministerio “somos siervos indignos del Señor” , que “llevamos este tesoro en vasijas de barro” .

Pero recojamos ahora siquiera algunas enseñanzas de la liturgia de la palabra.

En la primera lectura Dios con amor paternal se ha elegido a Israel como pueblo de su propiedad. Con pedagogía divina ha querido educarlo, con lazos de amor atraerlo. Pero la rebeldía constante del pueblo trastorna el corazón herido de Dios. Y sin embargo el amor es más grande que nuestras trasgresiones que merecen el castigo justo. Así Dios en su amor paternal dirá: “Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas. (Pero) no cederé al ardor de mi cólera; no volveré a destruir a Efraím; que soy Dios y no hombre, santo en medio de ti y no enemigo a la puerta” .

El corazón de Dios es corazón pleno de amor. Aún nuestras rebeldías más grandes al igual que  con el pueblo elegido, no hacen sino reafirmar su fidelidad por su creatura, el hombre. Con entrañas de misericordia sale al encuentro de cada uno, pues con amor eterno nos ha amado y con lazos de amor nos atrae.

Asoma así una primera enseñanza: el sacerdote es ministro del amor siempre fiel de Dios. Es a él a quien, “de un modo único”, se le ha dado acercar el amor misericordioso de Dios a los hombres. Sólo a él, por su participación en el único sacerdocio de Cristo, se le ha concedido actuar “in persona Christi” y ser “hombre que hace presente a Dios sobre el altar”. Con sus manos y palabras nos hace nacer en el bautismo, nos alimente con la eucaristía, nos concede el perdón de nuestros delitos, y tanto en los momentos de enfermedad como en el lecho de muerte nos lleva el consuelo de la unción y del viático. No solo no es “enemigo a la puerta”, sino que ha de ser “hombre santo” en medio de nosotros.

Pidamos, pues, en esta tarde y a lo largo de todo este año, para que el Señor nos conceda la gracia de ser verdaderamente santos sacerdotes, ministros de Su amor, auténticos servidores de la comunión y  de la reconciliación a favor de todos los hombres sin distinción.

Una segunda enseñanza se desprende de la segunda lectura tomada de la carta a los Efesios. En ella San Pablo pedía por los suyos, para que se vieran “fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior” .

En efecto, para el ejercicio de este ministerio sacerdotal; para ser testigos del amor de Dios; para ser puente entre los hombres y Dios; más aún para cargar con nuestras cargas, poder ofrecer consuelo y atraer el perdón de lo alto; en fin, para ser ese padre espiritual y hombre de Dios a quien los hombres buscan ávidamente hoy como ayer, será en verdad necesaria poseer la fortaleza del hombre interior.

Pero, ¿puede existir fortaleza interior sin acción del Espíritu? ¿Acaso es la acción del Espíritu Santo un suerte de acto de magia al margen de nuestra libertad, o se realiza más bien en las coordenadas de nuestra cooperación humana con la gracia? Cuánto, pues, hemos de cultivar en nosotros los ministros ordenados los hábitos diarios de oración, los encuentros con el Señor en el Sagrario; más aún, la misa diaria, la observancia de la Liturgia de la Horas y medios como la dirección espiritual y la confesión frecuentes. Todos ellos son no solo instrumentos o medios convenientes para una profunda vida espiritual propia del sacerdote; asumidos con verdadera fe, espíritu de devoción y auténtica piedad son además la fuente absolutamente necesaria que nutre su santidad de vida; el ámbito que dispone a la acción sensible del Espíritu Santo en él; el sustento de una acción pastoral eficaz en el plano de lo sobrenatural.

Oremos, entonces, al Señor sin cesar, para que nosotros sacerdotes seamos verdaderamente hombres espirituales, testigos para los fieles laicos de una profunda vida orante y al mismo tiempo apóstoles activos y celosos, animados de la fortaleza interior que sólo puede dar el Espíritu Santo.

Una última enseñanza la extraeremos del evangelio.

En él contemplábamos a Jesús atravesado por la lanza del Soldado, “y al punto salió sangre y agua” . Y San Juan evangelista exclama: “Mirarán al que traspasaron” . La víctima pascual ha sido inmolada; del costado de Cristo en la cruz nace la Iglesia. Todo lo ha dado por ella. Y ella, su Esposa y Cuerpo místico, lo ha recibido todo de Él. Así, la Iglesia no es sin su Señor.  Solo unida a Él, y en fidelidad y obediencia total a su palabra, se reconoce servidora de la humanidad.

    Queridos hermanos, también nuestro ministerio sacerdotal, brota del costado de Cristo atravesado en la cruz. Habiéndolo Él dado todo por nosotros, hemos sido constituidos sus ministros. No servimos a otra causa sino la suya; no tenemos otros intereses sino los suyos. Lejos de nosotros, a quienes se nos llamó como administradores de sus misterios, arrogarnos del derecho de sentirnos dueños.

    En efecto, todo sacerdote será, si quiere ser fiel a su Señor, en primer lugar un servidor humilde y reverente de la acción litúrgica de la Iglesia, aún en los menores detalles, y sin servirse de ella; en segundo lugar procurará enseñar “en comunión con su Obispo, y además con Pedro y bajo Pedro” el tesoro íntegro de la fe, sin alterar o recortar por comodidad u otra razón su contenido; en tercer lugar buscará transmitir íntegramente y en comunión con el Magisterio de la Iglesia la palabra viva de Dios, sin consentir a distorsiones ni ambigüedades; y finalmente será con todas sus fuerzas apóstol celoso, incansable evangelizador, pastor generoso que reúne el rebaño de Dios y autentico promotor de sus hermanos laicos, colaborando a su despliegue apostólico desde su propia identidad y en respeto a sus derechos propios y vocación específica.

    Oremos, entonces también por ello al Señor a lo largo de este año: para que nosotros sacerdotes, amemos cada vez mas vivamente a la Iglesia, aspiremos a ser dóciles, obedientes y fieles a ella en todo, como Santa María, Madre de los sacerdotes, y como pueblo sacerdotal en comunión con los laicos seamos labradores celosos en la vid de Dios.

Por último, queridos hermanos, el año especial dedicado a nuestros sacerdotes quiera ser una celebración festiva a ellos. Agradezcamos con vivo afecto a quienes desde este servicio ministerial entregan su vida por nosotros. Cuidémoslos, acompañémoslos y oremos vivamente por cada uno de ellos. Que sientan el afecto y la cercanía de sus comunidades

Nos sea un motivo de verdadero gozo contemplar además a lo largo del año el testimonio de tantos presbíteros santos; baste ahora solo pensar en San Juan María Vianney, el santo Cura de Ars: confesor incansable, predicador infatigable, celebrante de la eucaristía con honda piedad y unción, evangelizador celoso de los suyos a tiempo y destiempo, en fin, hombre de caridad, siempre rico para los demás pero pobre para sí mismo. Su testimonio sea también luz para nuestro ministerio.

Que sea finalmente un año en que la Iglesia entera redescubra la belleza del don del sacerdocio, ponga en manos de María, Madre de los sacerdotes a sus ministros sagrados y veamos como fruto el reverdecer de nuevas, santas y abundantes vocaciones al servicio de la Iglesia entera, y en especial de nuestra Iglesia particular.
 

 


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