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Homilia Solemnidad de Todos los Santos

Queridos hermanos y hermanas,

Celebramos hoy día con la Iglesia universal, la Solemnidad de todos los Santos. Con jubilo aclamamos a todos nuestros hermanos en la fe que después de su terreno peregrinar alcanzaron la meta definitiva de su vida, el cielo. Nos gloriamos en los “mejores hijos de la Iglesia” , que con su testimonio y los meritos de su vida cristiana supieron ser obedientes a la palabra de Dios. Queremos dar gracias por los niños, jóvenes, ancianos, esposos, sacerdotes y consagrados, que supieron ejercitarse en el buen combate de la fe, y con las armas de la luz alcanzaron la corona que no se marchita.

El evangelio de hoy nos propone como programa de vida, una vez más, las bienaventuranzas; corazón del evangelio, corazón de la Buena Nueva que reconcilia y salva. Pone ante nuestros ojos el estilo de vida de Jesús, tan distinto al estilo de vida del Mundo.

“Bienaventurados los pobres de espíritu,

Bienaventurados los sufridos,

Bienaventurados los que lloran,

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,

Bienaventurados los misericordiosos,

Bienaventurados los limpios de corazón,

Bienaventurados los que trabajan por la paz,

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,

Bienaventurados ustedes cuando os insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos porque vuestra recompensa será grande en el cielo” .

Queridos hermanos, en las últimas semanas, y ciertamente bajo la lógica de un mundo cerrado a Dios, al amor capaz de transformarlo todo, nuevamente ha emergido el debate en torno a la vida humana, don de Dios. Los temas del aborto y del Anticonceptivo Oral de Emergencia han sido ocasión de innumerables críticas a la Iglesia, queriendo desprestigiar o quizás callar su voz.

 

La Iglesia no puede callar; fiel a su Esposo y Señor no puede callar. Ella siente suyo el deber de levantar la voz cuando de las cuestiones fundamentales del hombre se trata, cuando está en juego el bien de un pueblo o de la humanidad misma, de su presente y futuro, de los derechos fundamentales e inalienables del hombre, así como de los deberes y responsabilidades inalterables de la sociedad.

Así deben quedar claros para todos nosotros algunos criterios elementales que aquí se encuentran en juego y que toca defender aún “si os insultan o persiguen o calumnien por cualquier causa. Estad alegres y contentos porque vuestra recompensa será grande en el cielo” .

 

Así, en primer lugar, la vida humana es un don a ser recibido y acogido en el seno de nuestras familias y de la familia humana toda en cuanto tal. Nadie, ningún hombre, ninguna autoridad humana, está por encima de otro hombre para decidir sobre la vida de otro. En el origen de todo debate que busca implantar el aborto y relativizar el derecho primordial a la vida de todo concebido, se encuentra indiscutiblemente la lógica de Caín, que a ocultas, aunque siempre culpablemente, mata a su hermano.

 

En segundo lugar, las leyes humanas no existen para beneficiar a unos en contra de otros; a la madre en contra del hijo. El derecho no “crea”, sino “”reconoce y protege” el orden de lo justo, que es de ley natural. Así la justicia, principio fundamental de la convivencia humana, ha de amparar el derecho de todos, obligando igualmente a los deberes de unos para con otros, y buscando proteger en efecto siempre a los más débiles e inocentes, como lo son en este caso los hijos por nacer.

 

En cuanto a las leyes penales, éstas existen para punir el mal, no para justificarlo bajo sutiles argumentaciones, como hemos venido escuchando. El principio fundamental del “no matarás”, trasgredido igualmente con el aborto en casos de violación o del aborto eugenésico, no es, además, tanto un asunto de materia religiosa, cuanto una grave frontera ética y moral, que una vez traspasada no tendrá retorno.

 

En tercero lugar, no podemos ignorar el hecho de que una sociedad que, bajo cualquier argumentación artificial, es capaz de justificar la matanza de sus hijos, terminará por corromperse a sí misma y se hará culpable de la difusión amenazante de una cultura de muerte. En este sentido no deja de sorprender la superficialidad o ligereza que se tiene en la argumentación por parte de ciertos grupos de presión anti-vida, de algunos medios de prensa o de personalidades del mundo político o intelectual, sin ir al asunto de fondo, ni pensar en las consecuencias devastadoras que conlleva la promoción del aborto.

 

Además, para nadie es desconocido el hecho de que la estrategia por parte de grupos e instituciones tanto nacionales como internacionales pro abortistas es que las primeras concesiones legislativas favorables al aborto abran, con el paso del tiempo e ingeniosos mecanismos de presión, la brecha a una liberalización legal, y por ende a una posterior práctica institucionalizada del aborto en los países del tercer mundo.

 

En cuarto lugar: desde una perspectiva más positiva digamos que en lo que concierne al rol del Estado, éste, en efecto, no solo debe proteger la vida mediante una legislación adecuada. Es deber del Estado y de sus órganos como lo pueden ser los Ministerios competentes (Justicia, Salud, Educación, Mujer y el Desarrollo) hacer efectivas políticas y acciones que fortalezcan la red de seguridad social para las madres gestantes y familias expuestas a situaciones sociales extremas y por tanto en riesgo de sufrir en su seno el aborto.

 

Son éstas responsabilidades de un Estado que se precie de velar por el bien común y proteger los auténticos intereses humanos y sociales de una nación. Son también responsabilidad de la sociedad civil colaborar en la implantación de estas óptimas condiciones.

 

La Iglesia no ha sido, como algunos han insinuado, indiferente a esta sensible problemática. Hoy por hoy quiere y de hecho viene ya hace tiempo aportando con su laboriosa experiencia en el campo de la vida humana, por ejemplo con los Centros de Ayuda para la Mujer o el Proyecto Esperanza , que buscan ayudar a mujeres en riesgo de abortar o curar las heridas de aquellas que sufren el síndrome post aborto.

 

Para terminar, queridos hermanos: si la Iglesia levanta en estas semanas su voz es porque en efecto es “experta en humanidad” . Esta voz, es bueno recordarlo, debe ser también la de todos ustedes creyentes; en realidad debería ser la voz de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que fieles a su conciencia y reconociendo el orden natural inscrito por Dios en el corazón de todo hombre, no pueden ni deben callar ante el atropello de la vida humana.

 

El argumento, del todo falaz, de que la Iglesia serían los sacerdotes y obispos, y que ellos menos que nadie tiene derecho de opinar y mucho menos decidir sobre la suerte de la mujer embarazada, es poco menos que razonable. No; la Iglesia somos todos los bautizados. Ella habla precisamente, en una materia tan sensible como ésta, en defensa de todos sus hijos, más aún, de toda mujer. Ella más que nadie sabe del gozo y de los sufrimientos de sus familias, de los gozos y dramas de sus jóvenes; conoce perfectamente la situación innumerablemente confesada de sus hijas, las mujeres en estado y ¡cómo no!, de aquellas que han vivido la tragedia del abortado. Quizás Ella más que nadie conoce la trama de secreta angustia y desesperación que se urde en torno a cada historia de aborto. Sabe, en verdad, que el drama de la mujer ante tal situación no solo debe ser escuchado y comprendido, sino resuelto para su auténtico bien; bien que no está en oposición, sino que lo es también del hijo que lleva en sus entrañas, y que tiene derecho a la vida.

 

Queridos hermanos, termino estas breves palabras implorando para que hoy, en que oramos a nuestros hermanos en el cielo y también a los santos inocentes, que perdieron su vida sin ver la luz del día, intercedan por nosotros para que el derecho de la vida sea custodiado en nuestro Perú, por todos, sin diferencia de credos: legisladores, políticos, comunicadores, educadores, familias, niños, jóvenes adultos y ancianos; es decir por todo peruano que se precia de amar a su país y el futuro de nuestra nación.

 


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