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Homilia Misa Crismal

Muy queridos hermanos y hermanas en el Señor,
Muy queridos sacerdotes,

Celebramos hoy la misa crismal. Una vez más tenemos la bendición de renovar, en la comunión del presbiterio, nuestras promesas sacerdotales a Aquél que “nos ha hecho sacerdotes de Dios, su Padre.” Demos gracias por este don maravilloso de haber sido llamados. Hagámoslo con el gozo sincero de haber sido constituidos en servidores de Cristo, y ministros de su Alianza.

 

Pero en el contexto de los dolorosos sucesos de los últimos meses, de los escándalos de abuso sexual, hagámoslo también con una muy profunda humildad. Aprendamos la extraordinaria lección que nos ha dado en estos días el Santo Padre: lección de sufrimiento por la Iglesia, de valiente corrección fraterna, de una diáfana llamada a la enmienda de los errores.

La traición a tan alta vocación por parte de algunos hermanos presbíteros, nos tiene que llevar a pensar también en nuestra propia fragilidad personal; en la muy necesaria purificación en nuestra vida y ministerio. Conviene siempre preguntarnos acerca de las causas de situaciones de esta naturaleza o similares. ¿Qué hemos hecho mal? ¿Qué descuidamos para llegar hasta aquí? Y más aún, ¿qué debo hacer yo para no errar el paso? ¿Qué remedios poner?

En este contexto queridos hermanos y con el deseo de responder en algo a estas preguntas, deseo compartir con ustedes dos breves reflexiones a la luz de unas sentencias del Señor, presentes en los evangelios.

Comienzo con unas palabras de Jesús en el marco de su oración sacerdotal, oración dirigida al Padre por todos los hombres; oración en la que suplica también por nosotros sus sacerdotes:

“Padre, por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que Tú me has dado… Yo ya no estoy en el mundo pero ellos están en el mundo... Ellos no son del mundo como yo no soy del mundo. ”

Jesús nos recuerda una verdad esencial de la vida cristiana. Estamos en el mundo sin ser de él. La Iglesia, todos sus miembros, también sus ministros sagrados vivimos en este mundo. No obstante, Cristo mismo, por nuestra comunión con Él nos plantea una radical separación de él: “Ellos nos son del mundo, como yo no soy del mundo”.

Lamentablemente, hay que decirlo, el influjo de un cierto “espíritu mundano” con sus anti-valores se dejó sentir muchas veces y hasta con fuerza en el seno de algunas de nuestras comunidades eclesiales. La presión de ese “mundo” que vive de espaldas a Dios, y que pretendía erigir su propia agenda y sus cánones en la medida última de las cosas, introdujo una grave cuota de secularización en la Iglesia.

Y de algún modo fuimos todos testigos, hace algunos decenios, de los reclamos descabellados de minorías vociferantes, levantándose contra el Concilio en nombre del mismo Concilio. Se invocaba una mayor caridad, aboliendo en nombre de ésta no obstante, toda verdad; una mayor libertad, arrancando de raíz toda norma, vista como imposición autoritaria. Se pedía abolir una excesiva “rigidez” de la Iglesia, enterrando con ello cualquier disciplina en seminarios o centros de formación, entre presbíteros o religiosos. ¡Encarnarse, adecuarse al mundo!, era el lema. Pero con el cebo vino el anzuelo y porciones significativas del Pueblo de Dios, quedaron atrapados en las redes de una nefasta mundanización de los hijos de la Iglesia, y los sacerdotes en una dolorosa banalización de su identidad y ministerio.

Por eso, queridos hermanos, qué importante es estar alerta. Cuanta falta nos hace vigilar. Es el Evangelio el que juzga el mundo, no el mundo al Evangelio. Y los criterios que han de regir nuestra vida nunca pueden ser los del espíritu del mundo. Más aún, y lo recordaremos en unos días en la Vigilia Pascual, la “renuncia al mundo” antiquísimo criterio de fe presente en la renovación de nuestras promesas bautismales, sigue siendo una práctica tanto más necesaria. Hay que saber decir un claro “no” a lo mundano, a la búsqueda de una vida cómoda, burguesa, sin cruz. Y la verdad es que no es raro que estas cosas se entremezclen en nuestra vida sacerdotal, olvidándonos de ser “signos de contradicción”, a la medida del Señor.

Por otro lado, la dinámica de la “encarnación”, tan esencial a nuestra fe y práctica coherente de vida cristiana no es sin embargo de ningún modo fusión con el mundo, ni mucho menos mundanización de lo sagrado. Todo lo contrario, es iluminación en Cristo, para elevar lo humano, pero también para arrancar de raíz de nuestra vida, allí donde brota o crece, la cizaña del maligno.

Una segunda reflexión deseo centrarla en unas palabras dirigidas por Jesús a un grupo de autoridades judía . En el pasaje, que escuchamos hace unos días en misa, el Señor ponía en evidencia la fe meramente externa de los fariseos en Él, más aún sus intenciones homicidas, su deseo de quitarlo de en medio a Él, la misma Verdad. Y en ese contexto les dirá:

“Si os mantenéis en mi palabra seréis de verdad mis discípulos; conoceréis la verdad y la verdad os hará libre” .

Si nos detenemos en sus palabras veremos que Jesús vincula íntimamente la libertad, la verdad y la obediencia, al punto incluso que podríamos resumir que solo la obediencia a la palabra, a la verdad de Cristo, a Él, libera auténticamente al hombre; solo ella nos hace “discípulos”.

Pero en honor a la verdad, también esta obediencia liberadora fue en ocasiones mal interpretada. Nuestros sofismas, semejantes a los de los fariseos, con los que construimos en el pasado también nosotros nuestras propias verdades e interpretaciones sobre Cristo y su palabra, sobre la Iglesia, sus enseñanzas y su moral, con el supuesto fin de ser mucho más libres, de estar al día con el mundo, de no quedar rezagados en el tren de la historia, nos llevaron finalmente a vendernos por un plato de lenteja, a una pérdida de nuestra identidad de bautizados, a traicionar la comunión con el Señor y la Iglesia, a empobrecer nuestro discipulado.

Qué terrible suenan ahora las palabras de los fariseos cuando en el marco del diálogo, dándose cuenta de que quedaron al descubierto sus falacias, su traición a su linaje de Abraham, a la ley y los profetas, responden airados: “nosotros no somos hijos de prostituta”. Quizá también nosotros debamos reconocer que en algo nos prostituimos y vendimos nuestra primogenitura por nada.

Siendo honestos, incluso nosotros mismos, los Obispos tuvimos responsabilidad en esto. Y es que el epíscopo es vigía; él ha de custodiar el depósito íntegro de la fe; debe comunicarlo en toda su riqueza y sin recortes; no puede tampoco ignorar su misión de ser guardián del rebaño de Dios, más todavía de los ministros a él confiados. Pero cedimos a erradas concesiones; preferimos ocultar ciertas verdades incómodas, relativizamos principios fundamentales, contemporizamos con el mundo y nos contagiamos quizá también de un perverso espíritu mundano. Así, mucho de la crisis en la vida sacerdotal ha tenido y tiene en el fondo su origen en una honda crisis en la vida de los Obispos.

Por eso mis queridos hermanos sacerdotes, ¡qué necesario es recordarnos que solos no podemos! Que sin el Señor no podemos; que sin su Iglesia nuestra vida anda sin rumbo. Que nuestra obediencia sacerdotal no puede ser una selección caprichosa de lo que más me gusta o no, de lo que creo que más me conviene o no.

La obediencia en efecto libera; ella libera del pecado, de nuestros autoengaños, de nuestra soberbia; pero solo lo hace si es aceptación íntegra, total de la Palabra de Dios, si es escucha y acogida sincera de ella, sin recortes ni acomodaciones.

Por otro lado, pongamos la mano sobre nuestro corazón y reconozcamos: el sacerdote, yo, cada uno de nosotros, somos seres humanos revestidos también de fragilidad. Por eso, si como pastores es mayor el peso de la misión, mayor será la necesidad de nuestra purificación y trabajo cotidiano por la santidad. Y para ello hay que poner los “medios” en orden a nuestra santidad. En esto se juega muchas veces nuestra vida sacerdotal. Si eres llamado a ser pastor de otros, aprende primero a ser pastor de ti mismo. En comunión con tus hermanos sacerdotes, - nunca solo – ora, reflexiona, examínate, enmienda y corrige tus pasos; y si estás enfermo busca la cura, el consejo, la corrección fraterna, el perdón. Solo si velas sobre ti y te dejas ayudar podrás guiar también a otros. El guía ciego no solo cae él, sino que también hace caer a los demás. Tengamos pues cuidado de no hacer caer a otros por nuestra propia negligencia para con nosotros mismos.

Finalmente, quiero terminar con unas hermosas palabras del prefacio de la misa de hoy. Ellas contienen y expresan lo sublime de nuestra vocación. Así refiriéndose a los sacerdotes, y como oración que se eleva al Padre por nosotros, el prefacio dice:

“Ellos renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la Redención, preparan a tus hijos el banquete pascual, presiden a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu palabra y lo fortalecen con los sacramentos. Tus sacerdotes, Señor, al entregar su vida por ti y por la salvación de los hermanos, van configurándose a Cristo, y han de darte así testimonio constante de fidelidad y amor”.

¡Esto es lo que debe ser nuestra vida! ¡La entrega generosa por el Señor y por todos los hombres, al punto que nos veamos configurados íntimamente con Cristo: un solo corazón, una sola mente una sola vida con Él para siempre!

Queridos hermanos, demos hoy una vez más nuestro “sí” de total entrega al Señor. Ungidos con el mismo Espíritu de Cristo del que se nos habló en el Evangelio de hoy y enviados para “dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados de nuestros hermanos, para proclamar la amnistía de gracia y amor a los cautivos que somos los hombres, y de ofrecer la libertad a los prisioneros por el pecado; para proclamar este año de gracia del Señor que es nuestro peregrinar a la patria del cielo”, hagamos que nuestro ministerio unido a Cristo sea fecundo; y de esta forma hagamos también resplandecer con nueva luz en medio del mundo el rostro de la Iglesia - rostro hoy tan humillado - con una santidad renovada en la vida nuestra y de todos nuestros fieles.

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