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Homilia Viernes Santo

Queridos hermanos todos,


1. Hoy, viernes santo, la Iglesia se detiene silenciosa ante la cruz de Cristo, cruz victoriosa de nuestra Redención. Hoy contemplamos al Siervo exaltado, a Cristo paciente, a quien es el Precio de nuestro rescate, al Crucificado que ha dado su vida por todos los hombres.


Por eso la Iglesia exclama diciendo: «Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo»[1], y nos acercaremos a venerar el «lignum crucis», el madero de la Cruz, y a quien es la Salvación del mundo, clavado en ella.

El día de hoy no se celebra la Eucaristía. No nos es posible, en el día en que se ha consumado el sacrificio sangriento de Cristo en la cruz, hacerlo presente de manera incruenta en el sacramento.

Así, nuestro Viernes Santo se caracteriza sobre todo por el relato de la pasión que hemos escuchado, y por la contemplación de la cruz. En ella se revela plenamente la misericordia del Pa­dre. En ella el amor de Jesús se hace sed y grito por nosotros, por nuestra Redención.

Y la liturgia nos invita a reconocerlo. Por ello reza diciendo: «Cuando nosotros es­tábamos perdidos y éramos incapaces de volver a ti, nos amas­te hasta el extremo. Tu Hijo, que es el único justo, se entregó a sí mismo en nuestras manos para ser clavado en la cruz»[2].

2. Pero, queridos hermanos, la contemplación del misterio de la cruz también nos guía hacia el seguimiento hu­milde y dócil de Cristo. Nuestra relación hacia ella no es mera contemplación pasiva. Más bien, la cruz nos señala un camino; Ella misma es un camino; el camino del Señor. «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perde­rá, pero quien pierda su vida por mí la encontrará»[3].

Y en estos días aprendemos a seguir a Jesús, aprendemos a asociarnos más íntimamente a Su pasión. En efecto, maduramos en la pedagogía de la cruz, cuando sufrimos en carne propia, pero asumiendo libremente, algo del misterio de la cruz y de sus ultrajes.

En la escuela de Jesús aprendemos que es sabiduría divina aceptar con amor y serenidad nuestras pequeñas o mayores cruces cotidianas, que a veces incluso, nos viene impuestas:

-la cruz de las pruebas o de los momentos difíciles;
-la cruz de las humillaciones o de los ultrajes;
-la cruz de las injusticias sufridas u ofensas recibidas;
-la cruz de las propias luchas contra las pasiones y las asechanzas del mal;
-la cruz del propio deber, a veces ar­duo y poco gratificante;
-quizás la cruz de un esfuerzo abnegad por ser fiel a la ley moral;
-o la cruz de la pa­ciencia en la enfermedad o en las dificul­tades de todos los días.


Resulta que con frecuencia el ser humano ha tenido y tiene pavor a la cruz. No obstante, como personas de fe comprendemos que no es más un instrumento de tortura. En las cruces cotidianas de nuestra vida podemos encontrar siempre la compañía consoladora de Jesús. Más aún, ellas pueden ser la ocasión privilegiada en determinadas etapas de nuestra vida para crecer y madurar en la fe.

Entonces, cuando aceptamos con paz y confianza nuestras cruces cotidianas, podemos decir también con el Apóstol San Pablo: «Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo, a favor de su Cuerpo que es la Iglesia».[4] La cruz vivida con valentía nos hace más auténticamente cristianos y miembros más plenos de la Iglesia.


3. Queridos hermanos, la Iglesia misma está asociada íntimamente - por su naturaleza - a la cruz de su Señor. «No es el discípulo más que el Maestro, ni el siervo más que su amo… Si al dueño de casa lo han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus domésticos!»[5]. Una cruz que en ocasiones puede ser también muy pesada. La cruz de ser “signo de contradicción” en medio del mundo supone muchas veces compartir los ultrajes de Cristo: «En el mundo tendréis tribulación, pero ¡ánimo!, yo he vencido al mundo»[6].

Es una razón más para abrazar con nuestro corazón a la Iglesia y para dejarnos abrazar por Ella. Ella, como autentica Madre y Maestra, nos enseña a hacer frente a las cruces de cada día.

Un hermoso testimonio de ello son los Papas. Hoy recordamos el quinto aniversario de la muerte de Juan Pablo II. Sus últimos años especialmente, fueron años de sufrimiento físico a causa de enfermedades y del desgaste de una vida totalmente entregada al Señor y la Iglesia. Hoy vemos también en Benedicto XVI con sus casi 84 años un testimonio realmente sobrecogedor de sacrificio, entrega, paciencia y abnegación. Incluso de paz y alegría en la adversidad. ¡Que hoy, con nuestra oración, podamos mostrar nuestro afecto sincero y cariño filial al Santo Padre!

Verdaderamente hemos sido generaciones privilegiadas de ver a grandes Papas, testimonios insignes de santidad, de fidelidad y de amor incansable a la Iglesia y su Señor.

Nadie como el Vicario de Cristo lleva una carga pesada sobre los hombres. Nadie como ellos han tenido la valentía y el coraje de guiar, corregir y aún enmendar el camino de la Iglesia para una necesaria purificación o mayor fidelidad a Cristo. Nadie como ellos ha sido testimonio de grandeza y humildad al mismo tiempo.


4. «Salve, oh cruz, única esperanza»[7].

Queridos hermanos, la cruz de Cristo es en efecto nuestra gran esperanza. En el océano muchas veces tormentoso de la vida, en el agitado mar de las pasiones humanas, en medio de los remolinos de un mundo que se levanta contra Dios, solo ella es madero seguro de salvación.

Aprendamos a sujetarnos a ella con firmeza. Solo la cruz es capaz de transformar nuestros sufrimientos y decepciones humanas en paz y verdadera esperanza. Quien se une a la cruz se unirá al Crucificado; en ella Cristo mismo nos acoge y abraza. Así, nunca estaremos solos; así, Él dará estabilidad a nuestras vidas y nos salvará de hundirnos entre las olas y remolinos del miedo o la desesperación.

Es hora de terminar nuestra breve meditación. Es hora de continuar con nuestra celebración y venerar aquella cruz que ha sellado a fuego nuestra vida cristiana. A ella dirijamos ahora nuestra mirada para saludarla con estas breves palabras:


Salve, oh Cruz Santa:

Abrazo de Dios Amor,

Leño de nuestra Salud,

Escala que lleva a la Gloria,

Ancla que baja del cielo,

Patíbulo del Señor,

Firme mástil de la Iglesia.



Salve, oh Cruz nuestra:

A ti nuestra mirada,

Por ti nuestro anhelo,

En ti nuestra esperanza,

Contigo la paz y el alivio,

En tus brazos refugio y consuelo,

Sin ti soledad y frio.



Salve, oh Cruz Gloriosa:

Callado de los Apóstoles,

Estandarte de los mártires,

Corona de todos los santos,

Remedio de los pecadores,

Luz de todos los hombres,

Y en nuestra última hora

Derrota del cruel Enemigo



Amén.

 

Galería de fotos



[1] Aclamación litúrgica del Viernes de Pasión

[2] Misal Romano, Plegaria eucarística sobre la reconciliación I

[3] Mc.8,34-35

[4] Col.1,24

[5] Mt.10,24s

[6] Jn.16,33

[7] Himno "Vexilla Regis"

 


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