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Homilia Vigilia Pascual

Queridos hermanos y hermanas,

Celebramos en esta noche esta hermosa Vigilia Pascual, solemnidad de las solemnidades. Ya desde su comienzo la Iglesia ha celebrado con una solemne vigilia nocturna la Pascua anual.

Según una antiquísima tradición, ésta es una noche de vela en honor del Señor , y en su vigilia, conmemorando la noche santa en la que el Señor resucitó, ha de considerarse como “la madre de todas las santas vigilias” .

Durante esta vigilia, la Iglesia espera la resurrección del Señor y la celebra con los sacramentos de la iniciación cristiana , resurrección de Cristo - fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza -, y por medio del Bautismo y de la Confirmación somos injertados en el misterio pascual de Cristo, morimos con Él, con Él somos sepultados y resucitamos con Él, para reinar con Él para siempre .

A ustedes, pues, queridos Catecúmenos, les dirigimos en esta vigilia solemne la mayor de nuestras atenciones. Han venido a la Iglesia para recibir la fe. La Iglesia es la primera que cree, y así conduce, alimenta y sostiene nuestra fe. Con ella y en ella somos impulsados y llevados a confesar también: "creo" .

Según el Ritual Romano, les preguntaremos "¿Qué pides a la Iglesia de Dios?" Y su respuesta será: "La fe". "¿Qué te da la fe?" "La vida eterna".

Esta fe en Dios, quien siendo uno solo es Padre, Hijo y Espíritu Santo, es el gran depósito que a nombre de la Iglesia les entregamos. S. Gregorio Nacianceno, confió este resumen de la fe trinitaria hace muchos siglos a sus Catecúmenos diciendo:

Ante todo, guardadme este buen depósito, por el cual vivo y combato, con el cual quiero morir, que me hace soportar todos los males y despreciar todos los placeres: quiero decir la profesión de fe en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Os la confío hoy. Por ella os introduciré dentro de poco en el agua y os sacaré de ella. Os la doy como compañera y patrona de toda vuestra vida.

Bien saben ustedes que el bautismo es el fundamento de la vida cristiana. Por este sacramento serán “liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios; llegarán a ser miembros de Cristo e incorporados a la Iglesia, participarán de su misión en el mundo”.

«Bautizar, significa sumergir, introducir dentro del agua.; la inmersión en el agua simboliza el acto de sepultar al catecúmeno en la muerte de Cristo de donde sale por la resurrección con Él. »

Y con la fe y el bautismo les entregaremos los tesoros de la salvación que deberán custodiar hasta el final de sus vidas para “presentarse ante Dios inmaculados y santos”.

Ahora bien, ¿cuáles son estos tesoros que reciben y los cuales guardar por toda la vida?

Recibirán en primer lugar la señal de la cruz, significando que de ahora en adelante quedan marcados con la impronta de Cristo. A Él le pertenecen, pues Él mismo los ha ganado para Dios por medio de su sacrificio en la cruz.

Se les entregará desde hoy la Palabra de Dios que de ahora deberán escuchar de domingo en domingo. Ella será su escuela; según ella deberán juzgar las cosas y situaciones de la vida, y ella deberá ser por siempre la guía de su pensar y de su conducta diaria.

Con la oración del exorcismo se significará su liberación del pecado y de su instigador, el diablo. Ungidos con el oleo del los catecúmenos deberán renunciar explícitamente a Satanás y al mal, pues no queremos estar nunca en comunión con el Padre de la mentira, ni la muerte.

Además, serán regenerados con el agua bautismal. Tú, catecúmeno, te has comprometido a morir al pecado y rechazar definitivamente todo mal. Purificado por el agua y el Espíritu, serás una creatura nueva. Habrán de vivir, pues, de ahora en adelante según la nueva dignidad de hijo de Dios que por la misma gracia de Dios has recibido.

De esta forma la vestidura blanca que lleven y el cirio que será encendido y puesto en sus manos deberá ser señal de una vida pura y santa, que por las buenas obras que realicen refleje la luz de Cristo, y en unión con Él se conviertan en testimonio de la luz del evangelio en el mundo.

Finalmente desde hoy, podrán rezar propiamente la oración del Padre nuestro. Los recuerda el Catecismo diciendo:

La oración cristiana es hablar con Dios con la misma Palabra de Dios. Aprende a invocar a tu Padre con la única Palabra que él escucha siempre. Puedes hacerlo de ahora en adelante porque el Sello de la Unción del Espíritu Santo ha sido grabado indeleble en tu corazón, tus oídos, tus labios, en todo tu ser filial.


Pero como catecúmenos adultos recibirán igualmente el sacramento de la confirmación. Así llegará a su plenitud la gracia bautismal .

Este sacramento lo administra propiamente el Obispo, cabeza de su Iglesia particular y signo de Cristo en medio de la Asamblea reunida.

Así, por la invocación de la efusión del Espíritu Santo, pediremos a Dios para que reciban la plenitud de sus dones y queden por el sacramento sellados por siempre con su impronta indeleble es decir, el “carácter” sacramental.

Luego, mediante la unción con el Santo Crisma, consagrado hace unos días en la misa Crismal, ustedes mismos quedarán consagrados a Dios y se hará más perfecto su vínculo con la Iglesia. Ungidos en la frente, serán desde entonces más plenamente propiedad de Cristo - “Cristianos” -, y participarán plenamente como adultos en la fe de la misión de la Iglesia.

¿Cuál es esta misión?: «difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo, y para no sentir jamás vergüenza de la cruz». Para ello contarán con «una fuerza especial del Espíritu Santo».

Recuerda, pues, que has recibido el signo espiritual, el Espíritu de sabiduría e inteligencia, el Espíritu de consejo y de fortaleza, el Espíritu de conocimiento y de piedad, el Espíritu de temor santo, y guarda lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado con su signo, Cristo Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón la prenda del Espíritu (S. Ambrosio, Myst. 7,42).

Entones, finalmente, podrán acercarse a la mesa del Señor para tener parte en la Eucaristía. Éste es el mayor tesoro de nuestra fe: recibir a Cristo mismo, entrar en comunión con Él, Resucitado entre los muertos, y por la recepción de su cuerpo quedar divinizados, convertidos en templos de Su presencia.

Pero recuerden: recibámoslo con corazón puro, pues “lo santo es para los santos”. Por eso, examínese cada uno antes de comulgar para que no «comulgue su propia condenación» , pues dice el Apóstol: «Si alguien come del pan y bebe del cáliz indignamente, peca contra el cuerpo y la sangre del Señor» . Y si hemos pecado contra nuestro hermano, dejemos nuestra ofrenda ante el altar y vayamos primero a reconciliarnos .


Queridos hermanos todos,

Con la Iglesia en todo el mundo hagamos nuestras las palabras del evangelio de esta noche santa: “Ha Resucitado”. La participación de estos hermanos catecúmenos en la resurrección de Cristo, sea motivo de gozo para todos.

Que la alegría de Cristo Resucitado inunde nuestros corazones. Que su amor derramado profusamente desde su costado en la cruz inunde nuestras vidas. Que tumba y muerte, vencidos por la vida del Hijo de Dios y su amor, nos llenen de gozo y esperanza.

Y que junto con nuestros hermanos catecúmenos, pronto neófitos en la fe, seamos testigos del amor de Dios a todos los hombres. «En esto reconocerán que son mis discípulos, en que se amen los unos a los otros como yo os he amado».

Amén.

 

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