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Homilia Clausura Año Sacerdotal

Queridos hermanos y hermanas,

Hoy, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, con toda la Iglesia damos término a este año dedicado especialmente a los sacerdotes de todo el mundo. Hemos vivido un año de gracia y de oración. Año que nos ha mostrado la sublimidad de nuestra vocación y ministerio. Nos ha recordado también que el sacerdote no deja de ser un ser humano frágil. No nos bastamos a nosotros mismos; nuestra roca y fortaleza es el Señor.

Pero dejemos que nos hablen las lecturas.

En la primera lectura Ezequiel nos recordaba que Dios mismo pastorea a su pueblo. Ante la desgracia de los malos pastores que aquejan y maltratan a Israel, Él mismo toma la iniciativa e interviene a favor de su pueblo: “buscaré a mis ovejas… y las libraré… las sacaré de entre los pueblos,… yo mismo las apacentaré… haré volver las descarriadas, vendaré las heridas, curaré a las enferma… y las apacentaré debidamente” .



Dios mismo es Pastor, Pastor Eterno, Pastor de la humanidad. Él es compasivo y misericordioso; se acuerda de que somos de barro, nos cura y apacienta con perdón, con amor.



Queridos hermanos sacerdotes, fuimos constituidos en pastores del rebaño de Dios. Con miras a esta misión fuimos identificados con Cristo, Buen Pastor, pues solos no podemos. Él, Sacerdote de nuestro Dios y Padre y Pastor de los hombres, nos ha configurado consigo; así permanece con nosotros y Él mismo enseña, santifica y guía a la Iglesia mediante nuestro ministerio. Somos pastores al servicio de Cristo y de su Iglesia. Es una tarea que nos sobrepasa y requiere de una gran humildad.



Ahora bien, una segundo reflexión nos sitúa en una perspectiva distinta. Se trata del Salmo responsorial. El salmista ora, y por medio suyo nosotros también, diciendo: “El Señor es mi pastor, nada me falta” .



Se abre aquí una veta de consuelo. En efecto, también nosotros sacerdotes inmersos en esta gran responsabilidad tenemos a un Pastor; esto es, también nosotros somos ovejas. Y solo reconociéndome como oveja de su rebaño podré experimentar sus cuidados y ayuda. Él mismo nos prepara la mesa eucarística y nos alimenta con su vida. Con su vara y cayado, símbolos tanto de la corrección paternal como de la protección divina, tan necesarias a todos nosotros, nos conduce a salvo por las cañadas oscuras del dolor, de la tentación o incluso del pecado, que aparecen en nuestro camino. Él mismo, Pastor Eterno, se hace garantía de sus sacerdotes.



Y asoma finalmente una tercera idea con la parábola de la misericordia que complementa esta segunda. Se encuentra en el Evangelio.



De entre las 100 ovejas hay una que ha seguido a solas su propio camino. El pastor deja las 99 y conmovido va tras la descarriada. Todo hay que hacer por encontrarla. “Y cuando la encuentra, se la carga sobre sus hombros, muy contento; y al llegar a casa reúne a los amigos y los vecinos para decirles: - ¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido” .



La enseñanza es esta: ser oveja es dejarme conducir por el Señor. Es Él quien mejor que nadie puede señalarme mi camino sacerdotal dado que él nos preside como modelo y guía. Por el contrario, cada vez que queremos hacer las cosas por nuestra propia cuenta nos perdemos. Debo aprender por tanto a contemplar y seguirlo todos los días. Escuchar su voz, alimentarnos de su palabra, nos salva por así decirlo de nosotros mismos, de nuestra suficiencia y orgullo, y nos asegura la fidelidad de cada día.



Sin embargo, también dejarse hallar cuando nos hemos perdido, dejarnos cargar por otro cuando solos no podemos más, es intrínseco a esta condición. Así, el Señor nos ha confiado a la comunidad de los pastores, el Presbiterio, y a su Padre, el Obispo. A la comunión del presbiterio pertenece también esta vocación originaria de fraternidad corresponsable, de solidaridad que nos lleva a ayudarnos en cargar mutuamente nuestras cargas y dificultades. Así el camino se hace más ligero, y tenemos la seguridad de volver al buen camino si en algún momento nos hemos perdido.



Queridos hermanos, el año sacerdotal ha sido para la Iglesia un don de lo alto; una oportunidad de beber de las fuentes límpidas de nuestro ministerio sacerdotal; de experimentar el afecto de nuestros fieles tan necesario para nosotros; de orar a lo largo del año por todos los sacerdotes. El Señor mismo nos ha renovado con su gracia y ha tocado de muchas maneras nuestro corazón. Así hemos tenido la oportunidad de renovar nuestra identidad y misión. Agradezcamos al Señor por este don. Y renovemos entonces también nuestro deseo de ser en lo sucesivo sacerdotes fieles y santos.



Y ahora unas breves palabras para ti, querido Julián, pues para ti es igualmente un día muy especial. En breves momentos serás ordenado diácono, es decir servidor de la palabra, del altar y de los pobres mediante la caridad. Formarás parte de ahora en adelante del orden sacerdotal en su tercer grado, pero con miras a ser consagrado más adelante presbítero. No necesito decirte la inmensa alegría que me significa tu ordenación diaconal hoy.



Pero deseo sugerirte al menos dos breves reflexiones de cara a tu nuevo estado de vida y ministerio.



Ante todo sé un hombre de Dios. No me cansaré de insistir en ello. En ocasiones se ha vulgarizado dolorosamente el sacerdocio, traicionando hasta lo esencial. Sé, pues, desde ya un hombre de intensa vida espiritual, de oración, de adoración eucarística, de profundo amor y amistad con el Señor, de sincera piedad mariana. Que la gente vea que estás íntimamente unido al Señor. Ora por las personas que te confían sus angustias espirituales y materiales El mundo necesita a gritos este testimonio fehaciente de santidad de vida y de hombres que tienen fe en la oración y la vida espiritual.



En segundo lugar, vive el servicio generoso como la Virgen María. El diaconado es servicio. Y la diaconía no acaba con el presbiterado sino que se prolongará en él, aunque de un modo diverso. Sé pues un hombre de servicio gozoso. Ten el corazón abierto a todos. Se especialmente diligente en la preparación de la prédica, propia de tu ministerio diaconal; este es el servicio de la palabra. Y cuida del servicio del altar. Prepárate a ser un hombre de corazón litúrgico, es decir sirve al culto, haciendo de tu vida un culto grato a Dios.



A tus padres aquí presentes, quiero agradecerles de todo corazón por su generosidad. Han entregado este hijo al Señor para el servicio a la Iglesia. El Señor les dará con toda certeza el ciento por uno. Me alegro con ustedes. Oren siempre por su hijo para que sea un diacono y más adelante un sacerdote muy fiel y santo. Oren también para que muchas otras familias de nuestra Prelatura sean generosas en aceptar y apoyar las vocaciones sacerdotales y religiosas que surgen en el seno de sus hogares.



A todos los presentes les digo finalmente: agradezcamos a nuestros sacerdotes el día de hoy por su entrega generosa. Háganles saber que los quieren. También somos hombres con corazón humano y necesitamos igual que todos experimentar la cercanía y el afecto de los nuestros.



Que Dios bendiga a todos.



 


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