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Homilia en la Misa Crismal

Queridos hermanos, queridos sacerdotes,

Una vez más nos reunimos en nuestra Iglesia Catedral con la mirada puesta en el misterio pascual del Señor, para dar gracias a Dios por el don de nuestro ministerio y renovar nuestra entrega solemne a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote.

El Evangelio nos trae las palabras leídas por Jesús en la sinagoga de Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista. Para dar la libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.”

Iniciado su ministerio público el Señor vuelve a casa. Y entre los suyos expone con una sanción pública y solemne su misión: “esta Escritura que acabáis de oír, se ha cumple hoy”.

Una primera consideración que viene a nuestra mente es esta: ¡Jesús es plenamente consciente de su misión divina! Él viene en busca de nuestra humanidad herida, dividida por las discordias y enemistades. Viene en efecto a sanar los corazones y restablece la unidad de sus hijos. Él trae la reconciliación que solo está en manos de Dios otorgarla. Y la hace efectiva de modo irrevocable en la cruz “aboliendo en sí mismo el muro de división que nos separaba, el odio”.

Así la expectación de Israel de una intervención poderosa de Dios que devuelva a la unidad a todos los pueblos, y por otro lado el anhelo de una humanidad sedienta de reconciliación y paz definitivas,  se cumplen en Jesucristo.

De Él, de Jesucristo nos habla también San Juan en el Apocalipsis. “A Aquel que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino, y hecho sacerdotes de Dios, su Padre”.

Viene a nosotros entonces una segunda consideración: la Iglesia, cuerpo de Cristo, fruto de quien nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, es verdaderamente anticipo en la tierra de este reino, de esta unidad y concordia, que se realizará definitiva y plenamente solo en la vida eterna con Dios.

Ella, signo e instrumento de la unidad con Dios y entre los hombres, sabe que en su marcha temporal está sujeta a las múltiples y profundas contradicciones de la historia humana y experimenta en su interior además la fragilidad y división que aqueja a nosotros sus mismos miembros.

Siendo esto así, queridos sacerdotes, no debemos cejar nunca en el cometido de implorar como don del Espíritu Santo la unidad de todos los hombres, y la misma paz eclesial querida por el Señor para los suyos: “Señor… no tengas en cuenta nuestros pecados sino la fe de tu Iglesia, y conforme a tu palabra concédele la paz y la unidad”.

A la vez necesitamos trabajar incansablemente por que la reconciliación y unidad que proceden del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo sea también una realidad en nuestros corazones; un hecho afectivo y efectivo entre nosotros, sacerdotes; una gracia para el pueblo de Dios: una realidad patente en el seno de nuestras parroquias; en nuestras familias y comunidades religiosas. Y cada uno hemos de examinarnos en que medida podemos colaborar aún más eficaz y sinceramente a su realización más plena.

En verdad la unidad de cada Iglesia particular se expresa ya de manera más honda y significativa en celebraciones como la de hoy, en que el presbiterio se congrega en torno al obispo, y junto con toda la asamblea eucarística celebra el misterio de Cristo muerto y resucitado. Así anticipamos además misteriosa y veladamente la unidad y comunión celeste.

Pero podría darse la tentación de que ello quede en una mera formalidad, en ritos externos. Por eso, de la íntima comunión eucarística hemos de extraer siempre nuevas fuerzas espirituales para plasmar la comunión en nuestra convivencia fraterna, en nuestra común misión pastoral. Y es que la paz y comunión eclesial depende en mucho de que no la circunscribamos a palabras retóricas sino que nos determinemos a plasmarla efectivamente.

Una clave decisiva es que realmente Jesucristo mismo sea el centro de nuestras vidas. Renovemos el deseo de poner con cada vez mayor fuerza en el centro de nuestra oración y ministerio sacerdotal a Jesucristo el Señor, garante de la unidad de su Cuerpo Místico. Quiere Él ser el centro de la vida de nuestras comunidades y parroquias para unificar los corazones de sus hijos y unir a todo el pueblo de Dios disperso en torno a un solo guía y pastor.

Además es necesario que cada uno nos adentremos en la unidad de su Cuerpo Místico. Se trata de renovar una y otra vez el esfuerzo por poner de lado mis propias ideas subjetivas, mis intereses o ambiciones personales, pues solo soy introducido a la unidad de la Iglesia en la medida en que olvidándome de mi mismo renuevo de raíz el esfuerzo de pensar, sentir y actuar en comunión con la Iglesia, con mis hermanos. Y esto mismo es la garantía de que Jesucristo actúe en mi, actúe por medio de mi, edifique por medio de nuestro ministerio al pueblo de Dios.

Queridos hermanos, al renovar el día de hoy nuestro sacerdocio, prometamos a Jesús contribuir significativamente y promover vivamente la autentica comunión y unidad de su Iglesia. Todo sacerdote debe sentir el profundo deber espiritual de ser en su ministerio y vida garante de esta unidad.

Para nadie de nosotros es novedad que son muchas las divisiones y rupturas que aquejan el mundo de hoy. Igualmente en el Perú y más concretamente en nuestro medio las señales de constantes enfrentamientos políticos, conflictos sociales, pleitos partidarios, odios ideológicos, imposiciones de intereses y muchas otras señales nos advierten de la enfermedad espiritual de divisionismo que aqueja a nuestra sociedad.

Sintamos el deber de convertir nuestra vida en testimonio de que vivir reconciliados y en paz es posible. Hagamos que nuestras parroquias y comunidades sean cada vez más focos vivos de unidad, de entendimiento, perdón y comprensión mutua. Sintamos la urgencia de ayudar a las personas a vivir como consecuencia de su fe en Cristo a vivir en paz y armonía.

Y señalemos a nuestros fieles el camino a Cristo, en quien encontrarán la fuerza para reconciliarse, desistir de venganzas, perdonar al enemigo, vivir solidariamente, ofrecer la paz La Iglesia tiene que ser en el mundo nuevamente signo a la vez que promotora de esa ansiada unidad y reconciliación que Jesucristo ha venido a instaurar nuevamente entre los hombres y que anhelan todos las personas de buena voluntad.

 


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