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Homilia en la Misa en la Cena del Señor

Queridos Hermanos y Hermanas,

Con la eucaristía de esta tarde recordamos “la última cena del Señor”, y entramos de lleno en el Santo Triduo Pascual.

Como lo hemos escuchado Jesús sabe que tiene que partir de este mundo y morir a mano de los impíos, para que se cumplan las profecías. En el evangelio se nos dice que “antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyo que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”.

Hay aquí una primera enseñanza: la hora de Jesús es la hora del amor hasta el extremo que se nos da totalmente en la Eucaristía: “Mientras estaban comiendo, tomó pan y lo bendijo, lo partió y se lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad, comed, este es mi cuerpo. Tomó luego una copa y dadas las gracias se la dio diciendo: Bebed de ella todos, porque esta es mi Sangre de la Alianza que será derramada por muchos, para el perdón de los pecados”.

Jesús ha querido identificar su hora con la institución de la eucaristía. Él es el cordero pascual sacrificado en cruz que se inmola para expiación de los pecados de toda la humanidad. Con su muerte nos reconcilia con Dios y entre nosotros. Y en la última cena adelanta la hora de este sacrificio para darse como alimento: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne para la vida del mundo”.

Entendemos ahora que la misa es sacrificio y comunión. En efecto, en cada misa entramos en comunión con Jesús mismo que se ha hecho victima viva, sacrificio pascual, ofrenda total al Padre en el ara de la cruz. Comulgarle nos introduce en su amor que es más grande que nuestro pecado. Y en esa unión íntima con él nos proporciona su misma vida divina y la sobreabundancia de su gracia. Sí, comulgar a Jesús nos santifica porque entramos en comunión con Él que es Santo. Comprendemos ahora porqué la Iglesia nos llama a comulgar frecuentemente. Si nos falta el pan de vida, Jesús, ¿cómo podremos vivir? ¿Qué vida puede esperar al hombre que vive sin Dios en su corazón? El corazón humano clama por el amor de Dios.

Pero digamos también esto: la eucaristía es igualmente presencia real. En ella Jesús permanece con nosotros callada, ocultamente bajo las especies del pan y vino. Así cumple su promesa: “y yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”.

He aquí una segunda enseñanza. Jesús se queda con nosotros. Le tenemos en cada sagrario a lo largo y ancho del mundo. Allí su presencia es un foco de luz, que irradia permanente la presencia del amor divino. Es verdad que “los Sagrarios estaban primeramente destinado a guardar dignamente la Eucaristía para que pudiera ser llevada a los enfermos y ausentes fuera de la misa. (Pero) por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración silenciosa al Señor presente bajo las especies eucarísticas”.

Así, en la liturgia de la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo. Lo hacemos entre otras maneras arrodillándonos en señal de adoración a Él.Pero además “la Iglesia católica continua dando este culto de adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía también fuera de su celebración”.

En este sentido hace no muchos años el beato Papa Juan Pablo II enseñaba que “la Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Y nos animaba diciendo: “No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y los delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración”.

Por eso en esta noche en que nos asomamos al tabernáculo de Jerusalén para contemplar a Jesús que instituye este sacramento nos hemos de preguntar cada uno ¿qué significa realmente adorar? ¿Que valor tiene la adoración en nuestra vida cristiana?

Al respecto digamos al menos esto: “que la adoración es el primer acto de la virtud de religión. Adorar a Dios es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador, Señor y Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y misericordioso. Dice Jesús citando el Deuteronomio “Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto”.”

Adorar a Dios es, pues, reconocer con reverencia y sumisión absolutos, nuestra pequeñez de criaturas, es decir, que sólo existimos por Él. Adorarle es también alabarlo, exaltarle. Es humillarme a mí mismo en su presencia, como hizo la Virgen en el Magnificat, confesando con gratitud que Él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo. Verdaderamente la adoración del Dios único libera al hombre del repliegue egoísta sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de esa sutil tentación de idolatrar el mundo como si fuera lo definitivo y la fuente de nuestra felicidad. Adorar a Dios finalmente “nos llena de humildad y da una gran seguridad a nuestras súplicas.”

Queridos hermanos, esta es la noche para acompañar a Jesús con nuestra adoración. Él entra en el camino estrecho y solitario de su sacrificio pascual. Ofrezcámosle nuestra compañía y culto de adoración, nuestra alabanza y gratitud, nuestra sumisión y entrega total. Ofrezcamos también nuestra adoración a Él en reparación y desagravio por tantos delitos y faltas graves con los que los hombres y nosotros mismos cristianos, ofendemos a Dios, denigramos su santo nombre, y muchas veces con palabra o acciones indignas de Él manchamos y humillamos su obra redentora a favor de la humanidad.

Que esto además nos haga comprender lo necesario y esencial que es tener en todas las parroquias de nuestra Prelatura poco a poco un cada vez mayor número de capillas de adoración perpetua. Sí, que Dios sea adorado más y más en su único Hijo. Y que en nuestra Prelatura nuestros corazones se enciendan y abracen en verdadero culto de amor, gratitud, alabanza y adoración a Él.

Quiero terminar ahora con una última y breve reflexión. Ella tiene que ver con el lavatorio de los pies que en unos momentos realizaremos, parte de este jueves santo. Digamos esto: “Un mundo en el que adoremos al Dios único será también un mundo en que vivamos los hombres en armonía, solidaridad y paz verdadera. Por el contrario, un mundo del que tratemos de desterrar a Dios se convertirá finalmente solo en una cueva de ladrones, de bandidos y asesinos”.

Estemos convencidos de que solo si llevamos a Dios en el corazón estaremos también dispuestos a lavarnos los pies los unos a los otros, esto es, a servirnos, a ayudarnos, a darnos la mano, a perdonarnos, a trabajar unidos en el campo de Dios, nuestro mundo, para transformarlo en nuestro hogar común. Pues solo Dios y su amor son capaces de humanizar al hombre.

Queridos hermanos, que al ingresar en este Triduo Pascual podamos vernos renovados por ese amor divino manifestado en Cristo Jesús y llevar ese mismo amor generoso e incondicional a nuestros hogares, familias, hijos, lugares de trabajo, amigos y enemigos. Así tendremos un mundo en paz.

 


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