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Homilia en la Vigilia Pascual

Queridos Hermanos,

Hoy, sábado santo, hemos vivido el gran día del silencio. Atrás ha quedado el viernes santo con la celebración de la pasión y muerte en Cruz de Jesús. A los pies del sepulcro, la Iglesia permanece callada, junto con María, en espera silenciosa del nuevo día que anuncia la victoria de Cristo, que muerto ha descendido a los infiernos para resucitar glorioso.

La Escritura llama infiernos o hades a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios.

Las muchas afirmaciones del Nuevo Testamento según las cuales Jesús "resucitó de entre los muertos" presuponen que antes de la resurrección, permaneció en aquella morada de los muertos. Es éste el primer sentido que dio la predicación apostólica al descenso de Jesús a los infiernos. Él conoció la muerte como todos. Pero ha descendido a la región de los muertos como Salvador proclamando la buena nueva a los espíritus que estaban allí detenidos.

Tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos. Pero Jesús no bajó a los infiernos para liberar allí a los condenados ni para destruir el infierno de la condenación sino para liberar únicamente a los justos que aguardaban al único Salvador. En efecto, "son solamente estas almas santas, que esperaban a su Libertador en el seno de Abraham, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos" (Catech. R. 1, 6, 3).

Cristo, por tanto, bajó a la profundidad de la muerte para "que los muertos oigan la voz del Hijo de Dios y los que la oigan vivan" (Jn 5, 25). Y el mismo apóstol San Pedro dirá que "hasta a los muertos ha sido anunciada la Buena Nueva..." (1 P 4, 6)

Así, el descenso de Cristo a los infiernos es el pleno cumplimiento del anuncio evangélico de la salvación y la última fase de su misión mesiánica. En adelante, Cristo resucitado "tiene las llaves de la muerte y del Hades" (Ap 1, 18), de modo que "al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los abismos" (Flp 2, 10).

Queridos hermanos, en esta noche la muerte finalmente ha sido vencida, pues Cristo victorioso, ha resucitado. Escuchemos las palabras del ángel: "¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5- 6).

La Resurrección de Jesús es, en efecto, la verdad culminante de nuestra fe en Cristo. Creer en ella ha sido desde los comienzos un elemento esencial de la fe cristiana. Y en el marco de los acontecimientos de Pascua la escritura nos transmite una serie de elementos que confirman nuestra fe.
El primero de ellos es precisamente el sepulcro vacío. Éste ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección.

Además "el discípulo que Jesús amaba" afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo… vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone además que aquellas vendas - que bien podemos admitir son la Sabana Santa - le revelaban que la ausencia del cuerpo no había sido obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal, como en el caso de Lázaro (Cf. Jn 11, 44).

Pero aún mucho más: María Magdalena y las santas mujeres, que venían de embalsamar el cuerpo de Jesús fueron las primeras en encontrar al mismo Resucitado; incluso las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios Apóstoles. También a ellos se apareció Jesús: primero a Pedro, después a los Doce (Cf. 1 Co 15, 5). Finalmente Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús resucitado en una sola vez, además de Santiago y de todos los apóstoles (Cf. 1 Co 15, 4-8).

Queridos hermanos, creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Él, y que Él los resucitará en el último día.

Pero, ¿qué es resucitar? Al respecto digamos al menos esto: que en la muerte, separación del alma y el cuerpo, el cuerpo cae en la corrupción, mientras que el alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús. En Él "todos resucitarán con su propio cuerpo, que tienen ahora" (Cc de Letrán IV: DS 801), pero este cuerpo será "transfigurado en cuerpo de gloria" (Flp 3, 21), en "cuerpo espiritual" (1 Co 15, 44).

Es verdad que todos los hombres que han muerto resucitarán; pero igualmente es verdad que no todos participarán de la gloria del cielo. "Los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación" (Jn 5, 29; Cf. Dn 12, 2). Y esta resurrección tendrá lugar sin duda en el "último día" (Jn 6, 39-40. 44. 54; 11, 24); "al fin del mundo" (LG 48), pues la resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo.

Si es verdad que Cristo nos resucitará en "el último día", también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos resucitado con Cristo. En efecto, gracias al Espíritu Santo, la vida cristiana en la tierra es, desde ahora, una participación en la muerte y en la Resurrección de Cristo: “sepultados con Él en el bautismo, con Él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que le resucitó de entre los muertos... Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Col 2, 12; 3, 1).

Queridos hermanos, renovamos en esta noche santa nuestras promesas bautismales. Que renunciemos verdaderamente al mal y a toda clase de pecado, y renovemos nuestra fe en Dios Amor manifestado en su Hijo. Seamos en medio del mundo testigos valientes de Cristo muerto y resucitado. Que por las buenas obras de la fe seamos antorcha radiante que iluminemos con la luz de Cristo. Que este sea nuestro cometido en el mundo, encomendando nuestra tarea cristiana a la Santísima Virgen María.

 


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