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Homilía de Mons. Kay en la Misa Crismal

Queridos hermanos, queridos sacerdotes,

Nos reunimos en la Misa Crismal con el gozo de la reciente elección del Papa Francisco. Desde hace días la Iglesia ha orado por los Cardenales y luego por el Conclave; hemos invocado al Espíritu del Señor, guía de la Iglesia de Cristo. En respuesta a la Iglesia orante el Señor nos ha regalado un nuevo Sucesor de Pedro, su Vicario en la tierra.

Ante todo quiero decir unas breves palabras de profunda gratitud por los casi ocho años de pontificado de nuestro querido Benedicto XVI. Nos dejó un legado riquísimo en magisterio y actuación: la hermenéutica de renovación en la continuidad para una asimilación correcta de la riqueza del Concilio y entenderlo como lo que verdaderamente fue, al margen de toda pretensión ideológica o interpretaciones mediáticas; la reforma litúrgica, enseñándonos a integrar lo nuevo con lo antiguo sin falsas oposiciones; la valentía para hacer frente a los escándalos morales en la vida de algunos sacerdotes e iglesias particulares; los esfuerzos por una cada vez mayor unidad eclesial buscando sanar heridas internas con grupos y rupturas con comunidades cristianas. Todo esto en medio de oposiciones, críticas y protestas tanto de dentro como de fuera de la Iglesia.

Nos recordó la centralidad y primacía radical de la fe; que la Iglesia es de Cristo y no nuestra; que los problemas del mundo moderno y del hombre no encuentran solución excluyendo a Dios sino precisamente en Él; que los cristianos – como un deber connatural a nuestro ser bautizados – estamos llamados a dar testimonio de santidad, llevando el amor de Dios a los hombres; que no es posible la vida cristiana sin la eucaristía, los sacramentos, la oración, esto es, sin la confianza absoluta en la actuación de Dios en el mundo y su Iglesia.

Y quizá la mayor lección que nos dejó ha sido su testimonio de servicio al Evangelio y la Iglesia. Su altísimo sentido de responsabilidad y su amor a la Iglesia le llevó a aceptar la cruz pesada del pontificado y llegado el momento aquella otra cruz quizá aún mayor de la renuncia, haciendo no “su” voluntad sino la de su Señor. Una vida vivida con humildad, sencillez y entereza, olvidado de si mismo. Grande en su serena humildad, grande en su sabiduría de sencillez evangélica, grande en su renuncia por el bien de la Iglesia; cosas todas que el mundo, la prensa secular, la opinión pública llevada de tanta propaganda e intereses no es con su miopía capaz de ver ni atesorar.

Y ahora el testimonio de un nuevo Vicario de Cristo en la tierra, tan próximo en nuestra común identidad latinoamericana, en nuestra lengua, nuestra historia. Hijo de este continente de la Esperanza de profunda impronta católica; continente que habla el lenguaje de María Santísima. El lenguaje de la Virgen es el lenguaje de la fe, el lenguaje del servicio al prójimo, del amor a la familia, a los hijos y al don de la vida. Es el lenguaje de la solidaridad y fraternidad, el lenguaje del sufrimiento vivido, sea a causa de la pobreza, la enfermedad o del abandono de millones. Lenguaje unido sin embargo de modo paradójico a la alegría cristiana, esa alegría que se ve en el rostro de nuestro pueblo, sincera, diáfana, generosa. Un lenguaje que hoy nos quiere ser arrebatado por la importación de culturas carentes de Dios y de humanidad, que proclaman la dictadura del relativismo y del absurdo, que llevan en el corazón de los hombres a la destrucción de lo humano y lo divino.

Un Papa que ha comenzado su pontificado con palabras y gestos sencillos, como es sencillo nuestro pueblo creyente, y con un nombre programático quizá por su doble identificación, tanto con el “pobre de Asís”, así como con el gran santo de las misiones, San Francisco Javier. Me atrevo a sugerir que se unen así en un verdadero programa de vida y renovación eclesial la “simplicidad evangélica” con la “misión evangelizadora”. Sí, anuncio valiente de la fe, sin complejos ni miedos, y sencillez evangélica de vida cristiana como testimonio cercano de la cruz de Cristo.

Para nosotros queridos sacerdotes, y para mi quizá en primer lugar, mirar al Sucesor de Pedro será siempre un aliciente en nuestra fidelidad a Jesucristo y nuestro amor a la Iglesia. Y quiero detenerme aquí brevemente en algo del alcance de esas dos dimensiones arriba enunciadas.

Primero “misión evangelizadora”: toda autentica reforma y la Iglesia vive un tiempo de reforma, de renovación, entraña de algún modo un doble movimiento. Por un lado la Iglesia busca iluminar con la luz de la fe y el evangelio al mundo, pues su cometido es asumir la misión por Cristo a nosotros confiada: ser luz del mundo y sal de la tierra. Es la acción del Espíritu en un apóstol y santo como Francisco Javier: encender con la llama de la fe a un oriente, el de aquellos siglos, desorientado y pagano que desconocía a Cristo. Llevarle esa fe con valentía, sin cobardías ni cambalaches. Y no obstante en orden a renovar el mundo, la Iglesia necesita ella misma de constante renovación interior: “Eclesia semper reformando”. Son las palabras de Jesucristo a San Francisco de Asís: “Reconstruye mi Iglesia”.

En resumen digamos que no es extraño que con el paso de los años y siglos los hombres al modo de las vírgenes necias se duerman y que nosotros mismos como aquellas otras vírgenes prudentes aún poseedores del aceite de la fe y la luz de la caridad caigamos en el letargo del aburguesamiento mundano y en el olvido de las verdades esenciales de la fe que sostienen nuestra esperanza, apartándonos de esa misma fe y de nuestra praxis de vida cristiana. Pero si queremos iluminar al mundo tenemos que ser en palabras de Puebla “evangelizadores permanentemente evangelizados”.

Segundo: “sencillez evangélica”. Con facilidad está a mano para los cristianos la tentación de encubrir, ocultar la riqueza de la fe cristiana y de sus exigencias. Sucede a menudo, pues la Palabra de Dios recibida en la Iglesia incomoda, cuestiona. Con el óxido pesado de nuestros prejuicios o el peso muerto de nuestras categorías o hermenéuticas mundanas es posible que empobrezcamos esa Palabra de Dios. Hace falta entonces volver a las fuentes, ir a lo esencial, quitar lo que viene de nosotros y limpiar los ojos con el colirio de la sencillez evangélica para ver lo que viene de Dios. Pero sencillez evangélica en este sentido no equivale a un falso reclamo: “quitemos las reglas de la fe, eliminemos toda ley y mandamientos, suprimamos las normas y los dogmas”. Por el contrario, significa más que nunca encontrar sin prejuicios su origen y razón de ser, su riqueza y capacidad de iluminar nuestra vida cristiana, la capacidad que toda esa rica tradición y bagaje de la Iglesia, esa herencia preciosa tiene, de orientar nuestra vida con autentica libertad hacia Dios, en dirección a su reino.

En resumen, es un poco, diría yo, la advertencia del Espíritu a las Iglesia en el libro del Apocalipsis: “Tu dices: Soy rico, me he enriquecido, no me falta nada. Y no te das cuenta de que eres un desgraciado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo. Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego, vestidos blancos para que te cubras y un colirio para que te des en los ojos y recobres la vista. Yo a los que amo los reprendo y corrijo”.

Queridos hermanos todos, y en especial queridos sacerdotes, en esta Misa Crismal que nos invita a pensar en nuestra vida y ministerio, en las razones y motivaciones de nuestro sacerdocio oremos a Dios. Pidamos primeramente que nuestra vida se encienda del celo por evangelizar, por ser testigos cada vez más creíbles del amor de Dios en el mundo. Y oremos también a María Santísima nuestra Madre. Que ella que supo meditar las cosas en su corazón nos enseñe a mirar lo esencial, a ir a las fuentes siempre frescas del evangelio, a dejar limpiar nuestra mirada con la gracia de Dios para no ocultar sino mostrar y vivir las exigencias del Evangelio de la Cruz, el Evangelio de su Hijo, nuestro Señor.

 


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