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Homilía de Mons. Kay Martín en la Ordenación de dos diáconos

Queridos hermanos sacerdotes,
Queridos hermanos y hermanas todos en el Señor,
Queridos José y Percy,
Hoy es un día de gozo para todos nosotros, para sus familiares aquí presentes y en especial para ustedes que serán consagrados diaconos. Diaconos para servir al pueblo de Dios en el triple ministerio de la palabra, del altar y de la caridad. Diaconía, esto es, servicio para edificar a la Iglesia de Cristo, y en concreto a esta porción del Pueblo de Dios que se nos confía.

La primera lectura nos recordaba que ya en el antiguo testamento el Señor separó a la tribu de Levi en orden al servicio tanto del sumo sacerdote como del santuario. Como diáconos estarán ustedes al servicio del Obispo y su presbiterio, así como al servicio del altar. Sirvan a la Iglesia con humildad; abran las fuentes de santificación a sus hermanos; en esta etapa especialmente por medio del bautismo, y como testigos cualificados del matrimonio. Preparen piadosamente el ara del sacrificio – centro del culto cristiano – y repartan luego con unción el alimento de los fieles: Jesús pan de vida eterna; Él mismo caliz de eterna salvación.

En el salmo que escogieron se nos decía “dichosos los que viven en tu casa Señor.” (Sal. 83,5a). En efecto, a quienes en medio de nuestra pobreza y fragilidad humana nos han llamado al ministerio ordenado se nos pide vivir en la casa de Dios, en Su presencia.

José y Percy, sean felices por la predilección de haber sido elegidos para este ministerio santo. Servir a Dios en lo suyo – la santificación y glorificación de sus hijos – vaya siempre acompañado de esa alegría de vivir en su casa. ¿Y qué significa esto sino tener familiaridad con el Señor, tratar con él. Por eso les recuerdo: sean hombres de oración. El diaconado es tiempo privilegiado para madurar en esa amistad íntima con Jesús. Dediquen tiempo diario a adorarlo en la Eucaristía. Escuchen lo que Él quiere enseñarles; mediten Su palabra. Ofrezcan además la oración litúrgica por el pueblo de Dios. Tengan la certeza de que nada de esto es tiempo perdido. Solo una profunda vida espiritual puede transformarlos en instrumentos disponibles en las manos del Buen Pastor y humildes y generosos servidores de los hombres.

Y en los Hechos de los Apóstoles se nos recordaba que los Doce necesitan tiempo para el ministerio de la palabra. ¿A quien confiar las demás tareas? ¿Sobre todo la adminitraciín y atención a las necesidades concretas de los fieles? Así eligen a 7 diáconos entre quienes se encuentra Esteban, verdadero modelo diaconal. Él, lleno de fe y del Espíritu Santo, testimoniará ante los judíos a Jesucristo Mesías y Señor. A pesar de su juventud es el hombre sabio y espiritual que interpreta el Antiguo Testamento y muestra su culmen y plenitud en Cristo Señor, rubricando su prédica con la ofrenda gozosa y martirial de su vida.

Recuerden por tanto, queridos hijos, que éste es también un tiempo en el que deberán dedicarse al doble ministerio de la palabra y de la caridad. Quiero decir que el diaconado es tiempo privilegiado para crecer en el conocimiento y amor de las escrituras, de forma que proclamando la palabra, insistan a tiempo y a destiempo, reprendan, amenacen y exhorten con toda paciencia y doctrina (cfr. 2Tim.4,2) pues como dice el apóstol, los nuestros son tiempos en que los hombres no soportan la doctrina sana, sino que arrastrados por sus propias pasiones se hacen un montón de maestros por el ansia de oir novedades; apartando sus oidos de la verdad y volviendose a fabulas (cfr.2Tim4,3-4).

Pero además colaboren desintersadamente en tantas necesidades que tenemos en la Prelatura. Sean ingeniosos para hacer llegar la caridad de la Iglesia a los más pobres y necesitados. Pongan al servicio de nuestros fieles sus talentos y dones; sean generosísimos en dar y sobre todo en darse a los demás. Y como enseña la escritura pórtense en todo con prudencia, soporten los sufrimientos, realicen la función de evangelizar y desempeñen su ministerio de caridad a la perfección (cfr. 2Tim. 4,5).

Y termino con esta breve reflexión. La Iglesia existe para evangelizar. Ella no tiene otra razón de ser sino acercar a los hombre a Dios y servir a Dios acercandole a los hombre. Es en este marco en que habrán de realizar su diaconado. Todo, pues, deberá llevar la impronta paulina: “Ay de mi si no evangelizaré”. Por eso, conságrense con todo el corazón al apostolado, a la misión. Sean incansables en acercar a todos a la Iglesia; animen a todos; enseñen con la palabra y el testimonio personal una vida cristiana cada vez más coherente y auténtica. Y dedíquense especialmente a los jóvenes, de modo que por su testimonio puedan encontrar su lugar en la Iglesia de Cristo.

Queridos hermanos, encomendemos ahora juntos a estos dos hermanos nuestros, para que el Señor realice sus maravillas en ellos, y puedan así ser ministros humildes y santos para gloria de Dios, gozo de la Iglesia y santificación de los hombres.

 


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