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Ley divina, ley humana

3 de septiembre de 2006


Leemos en el evangelio de este domingo que la ley de Dios está por encima de las tradiciones y leyes humanas. Es una de esas enseñanzas de Jesús que en nuestro mundo secularizado y en sociedades que se ufanan de su radical autonomía de lo religioso, incomoda y a la vez cuestiona una serie de sus presupuestos.

Todos sabemos que para que en una nación exista un orden social justo requiere de un estado con su correspondiente legislación. Es precisamente la ley la que asegura el orden en la convivencia social, protege los derechos de todos y resuelve los conflictos de intereses que pudieran suscitarse entre diversos grupos sociales, siempre con miras al bien de las partes y al bien común del cuerpo social. Además la ley debiera ser la encarnación de lo justo para que exista la paz y todos estamos obligados a obedecerla en orden a la pacifica convivencia social.

Pero, ¿qué pasa cuando – como sucede hoy – esa ley ya no está ligada a los valores de lo justo, lo verdadero y lo bueno? ¿Qué sucede cuando en nuestras sociedades se establecen leyes que lejos de proteger dañan el bien común o atentan contra el mismo ser humano? ¿Cómo debemos actuar cuando la legislación humana atenta directamente contra los principios fundamentales del hombre quien ha salido de las manos de Dios?

Algunos ejemplos ayudan a ilustrar lo que decimos: la permisión del aborto al amparo de la ley, ¿no atenta directamente contra la vida humana?; la pretensión de legislar el supuesto derecho a la salud sexual y reproductiva de los discapacitados a nivel mundial, con la finalidad de introducir políticas eugenésicas, ¿no es acaso, más que un derecho, un atropello a estas personas más débiles? La legislación a favor de la guerra preventiva, ¿no se convierte en legalización del atropello a otras naciones? Y así podríamos seguir con leyes que lejos de hacer el bien contribuyen a la extensión de una cultura de muerte.

En este contexto el ciudadano común y corriente no puede olvidar que por encima de la ley humana y con una función crítica a la misma, está la ley divina. Ella no es – como a veces nos hacen creer – una ley ingrata, antihumana, insoportable y pesada. Precisamente la ley divina no hace sino proteger los verdaderos derechos fundamentales del hombre creado a imagen y semejanza de Dios.

La ley humana no pocas veces equivoca sus juicios acerca de lo que conviene al hombre. La ley divina se convierte así en su mejor correctivo. Por eso cuando encontramos un conflicto entre la ley humana y la ley divina, y no hay el propósito de enmendar la ley humana equivocada, valen muy bien aquellas palabras del apóstol Pedro: hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

 


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