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¡Unidos, no divididos!

6 de agosto de 2006

Queridos amigos, el evangelio de la transfiguración de hoy, domingo, nos lleva a algunas reflexiones necesarias para este tiempo que vivimos los peruanos.

La transfiguración de Jesús de la que se nos habla es entre otras cosas un aviso de lo que debe pasar en nuestras propias vidas. Sí, estamos llamados a transformarnos, a no contentarnos con la vida. La pasividad para toda persona y más aún para el católico es una enfermedad espiritual mortal. Es siempre una negativa a alcanzar la madurez en la vida, la realización personal. Muchas veces hemos visto con dolor esa pasividad o conformismo entre nosotros. Ella tiene su raíz en la desesperanza que nos lleva a creer que no es posible cambiar ni ser mejor.

Pero Jesús nos dice que sí es posible avanzar en el camino que conduce a la felicidad. Eso sí, “el camino a la luz pasa por la cruz”, es decir, por las exigencias y esfuerzos que son parte de la vida humana. No seamos pues ingenuos sino realistas. Si queremos superarnos tenemos que aceptar que habrá sacrificios. Y esto no debe asustar a nadie.

Pensando ahora en nuestro país, podemos aplicar lo anotado a la realidad nacional. Nuestro Perú se encuentra en una situación crucial: por un lado vemos que ha habido progreso y avances, pero por otro lado son muchos los pobres a quienes este beneficio no ha llegado a alcanzar. Como hemos visto, esto ha levantado voces de protesta que han mostrado la frustración, resentimiento e impotencia de muchos, todo ello largamente acumulado en algunos sectores sociales.

Sin embargo hoy nuestro Perú lo que menos necesita son palabras y hechos que hagan más profundas las heridas. Si queremos realmente un Perú transfigurado, un Perú que experimenta una transformación real para bien de todos, necesitamos hacer nuestro la dimensión social del mensaje evangélico: trabajar unidos aunque cueste sacrificio trabajar con esfuerzo, dejando atrás pesimismos y quejas amargadas, acusaciones y actos de protesta violenta. Solo unidos y trabajando todos juntos – gobierno, autoridades locales, empresarios, trabajadores y obreros, hombres y mujeres, jóvenes y adultos – podremos con la ayuda de Dios cooperar en sacar adelante a nuestro país para el bien de todos los peruanos. Pienso que es conveniente recordar que la responsabilidad no está en las manos de los demás, sino en las de cada uno.

Partamos de la convicción firme que solo la unidad es capaz de generar fuerzas constructivas, y que los afanes divisionistas y  conflictuales son una grave irresponsabilidad que pesa sobre las conciencias de sus progenitores. Hagamos que sea posible un Perú mejor al tomarnos todos en serio esta oportunidad de trabajar juntos, que Dios nos brinda.

 


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