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El Evangelio: fundamento de una verdadera praxis social

El evangelio de este domingo nos habla del Pan de Vida, que es Jesús, presente en la Eucaristía. Cada domingo nos ofrece su Cuerpo y su Sangre – maravilloso misterio de Amor – para alimentarnos y saciar nuestra hambre de Dios. ¡Qué cierto: cuanta necesidad tenemos todos de Él! Por otro lado no obstante  pensamos en las grandes necesidades materiales y de desarrollo de nuestro pueblo peruano. ¡A cuántos hermanos les falta ese otro pan, el alimento diario de la mesa familiar!

Ante esta realidad es fácil caer en la tentación de los extremismos: por un lado puede haber quienes pretendan saciar solo el hambre espiritual, olvidándose de las necesidades concretas de los hermanos. Esto se llama espiritualismo. Por otro lado está el afán de aquellos empeñados en solo resolver los grandes problemas sociales como si resueltos éstos, todo estaría arreglado. Esto en el fondo responde a una visión materialista.

Pero el ser humano no es ni solo cuerpo, ni solo espíritu. Somos una unidad indivisible de cuerpo, mente y espíritu. Y esta realidad compleja y a la vez grande que es el ser humano nos hace caer en la cuenta que las soluciones a los problemas del hombre no siempre son simples ni se encuentran en los extremos de afirmar lo uno contra lo otro. El Papa Juan Pablo II hace muchos años atrás proponía por ello un programa de síntesis para nuestra patria, marcada por su profunda religiosidad, pero también por serios problemas sociales: “hambre de Dios sí, hambre de pan no”. Y los esfuerzos por responder a las dos cosas, van de la mano.

Vivimos en un Perú urgido de cambios para sacar a una gran mayoría de la pobreza y extrema pobreza, abriéndoles el paso al desarrollo y a mejores condiciones de vida. El nuestro – no cabe duda – es un tiempo en que se encuentra en juego el futuro del país. Y todos tenemos el grave deber de unirnos para sacarlo adelante juntos, no divididos. Pero si verdaderamente queremos que nuestros logros sean permanentes,  no son suficientes las solas agendas sociales. Es necesario ofrecer y asumir el Evangelio Reconciliador como fuente que inspira, anima y sostiene todo nuestro quehacer. Sólo en el Señor podremos encontrar esa sólida unidad que da las fuerzas para salir adelante.

No sigamos el camino de tantos países del primer mundo que nadando en la abundancia, crujen y gimen por dentro a raíz de su decadencia moral y espiritual, ni el de aquellos del tercer mundo que divididos se debaten en luchas fratricidas y se desangran hasta morir.

 


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