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Homilí­a en la Misa y Te Deum por Fiestas Patrias (2007)

Dignas autoridades civiles, políticas, policiales y militares

Queridos hermanos y hermanas en el Señor,

Nos reunimos en esta mañana para celebrar el 186 aniversario de la
independencia del Perú, y ante la situación actual pienso que es un
momento oportuno para hacer un alto y con espíritu de reflexión y
serenidad, dejando de lado nuestras posibles diferencias, dar una mirada
honesta a la hora que estamos viviendo de cara a las exigencias que el
país nos plantea.

Se dice que no es posible mirar hacia el futuro de un país, si no se
valora adecuadamente la herencia del pasado, y se mira críticamente el
presente. Mirar críticamente quiere decir valorar las realidades
positivas y constructivas vividas, y aprender de nuestros errores sin
quedarnos en lamentos y visiones amargadas. En este sentido la
aproximación a nuestra historia nacional no puede ni debe ser planteada
en términos de oposición o confrontación como hoy muchas veces se quiere
hacer. De cada etapa hay que recoger sus riquezas, los valores
esenciales que la enaltecieron para asumirlos e incorporarlos como parte
de nuestra identidad. Y de los errores que pudieran haber habido,
aprender para no volver a cometerlos.

Mirando nuestro pasado, el Perú es en efecto un país con una
impresionante herencia que se inicia con la extraordinaria diversidad
cultural pre-inca, adquiere su unidad geográfica y política con el
incanato, recibe su unidad social, religiosa y cultural con la presencia
hispánica, la de la Iglesia Católica y esa hermosa impronta cultural
barroca, para ingresar en la historia moderna como República, con un
recorrido no siempre fácil pero ciertamente regada de extraordinarios
esfuerzos, de pujanza y coraje, así como marcado por la vida de nuestros
héroes, como lo son Miguel Grau, Francisco Bolognesi, José Abelardo
Quiñones entre otros, y que encarnaron lo mejor del espíritu nacional.

Pero también el presente muestra hechos y razones por los cuáles
sentirnos orgullosos; solo por mencionar unos ejemplos hay que decir que
hemos sido testigos de la muestra de solidaridad de miles de peruanos
ante la ola de friaje que ha azotado las regiones más altas de nuestra
serranía y altiplano; está también el reconocimiento de Machu Picchu
como una de las Maravillas del mundo; la misma situación de bonanza
económica que, como nunca antes, vive el país; o podríamos hablar
también del proceso de descentralización tan necesario y largamente
esperado que a pesar de sus dificultades esta comenzado a beneficiar las
distintas regiones del país.

Y sin embargo hoy por hoy nuestra nación deja a su vez la sensación de
un país con todavía muchas heridas abiertas. En los últimos dos meses
hemos vivido situaciones penosas de división, conflicto y
enfrentamiento. Hay la sensación que entre las autoridades a nivel
nacional no hay un rumbo definido, ni se habla un mismo idioma. La
división viene llevando al país a una zozobra que en el fondo nadie
quiere, pero que viene siendo hábilmente incitada por pequeños o mayores
grupos de interés. Por ratos el Perú da la impresión de estar enfermo:
enfermo de resentimientos, enfermo de mediocridad, conformismo y de
espíritu de revancha, así como padecer en algunas de sus autoridades de
miopía con respecto a las verdaderas necesidades y demandas del país.

Hemos sido testigos de paros, huelgas y de luchas fratricidas; de
violencia verbal y física, enfrentamientos y amenazas, siempre con los
dolorosos e irreparables saldos de pérdidas de vidas humanas, así como
de destrucción de la propiedad pública y privada. Y uno se pregunta ante
este panorama: ¿en qué estamos pensando los peruanos?  ¿Qué nos está
pasando realmente? ¿Qué tipo de país queremos realmente ser?

Por otro lado, y en honor a la verdad, hay reclamos justos detrás del
descontento y la problemática social que vivimos. A pesar de la bonanza
económica a nivel macroeconómico, la pobreza sigue afectando a una gran
mayoría de hogares peruanos; es cierto que falta una mucha mayor
solidaridad nacional y que en efecto hay dificultades reales con temas
como la minería, la educación y la marginación de grandes sectores
sociales; no hay que dejar de mencionar tampoco la necesaria
moralización que debe llegar a las instituciones y autoridades públicas
y la des-burocratización del Estado y de sus dependencias.

Pero pensar en el camino de la violencia – que tanto hemos lamentado y
rechazado con ocasión de los largos años de terrorismo – como la medida
precisa y necesaria a nuestros problemas internos, es un absurdo
semejante al de pensar que la guerra es el camino a la paz. Tenemos que
darnos cuenta de una vez por todas que la violencia solo engendra mayor
violencia. No es posible dar solución al mal con el mal, ni es dable
pretender resolver los problemas con amenazas e intimidación. Pienso que
en este sentido es necesario y urgente un verdadero cambio de mentalidad
y de actitud en la vida política y social de nuestro país.

Por lo tanto, y aquí estará el verdadero asunto de fondo, si de verdad
queremos salir de la pobreza y marginación se debe hoy por hoy ensayar
el camino del diálogo; un diálogo que tiene que estar libre de
acusaciones, de prejuicios y de estériles inculpaciones. Es hora de
buscar resolver los problemas unidos, en una actitud de preocupación
sincera y compartida, escuchándonos mutuamente y planteando juntos los
pasos concretos para salir adelante. Es hora de poner el bien común de
los peruanos por encima de los intereses particulares y de los egoísmos
que tantas veces parecen ser la motivación de fondo de ciertas acciones
que se toman. Es hora de pensar no solo en los supuestos derechos que se
pretenden invocar como justificación de esas acciones perniciosas que se
tomaron, sino de asumir con valentía y actitud integra los deberes, las
obligaciones que tantas veces se olvidan, se ignoran, o se callan. Y es
que sigue habiendo una nefasta tendencia a la reivindicación de ciertos
derechos propios, pero con el descaro de pisotear los derechos ajenos e
ignorar los deberes que nos corresponden con los demás.

Nuestro pasado peruano ha sido glorioso en la medida en que hemos
contado con grandes personalidades, con héroes y santos. Ellos han
encarnado lo mejor de nuestro espíritu nacional. A ellos les ha
caracterizado no su afán de división sino de superación, los grandes
ideales y auténticos valores, así como la capacidad de ofrendar sus
vidas tanto por la unidad como la salvaguarda de la nación.

Es en este contexto que nos toca vivir, que la Iglesia se siente en el
deber de invocar una vez más a la cordura, el diálogo y a una auténtica
paz. No solo invoca estos valores sino que quiere contribuir activa y
eficazmente en la forja de los  mismos. Por ello y con la gracia de Dios
el próximo 25 de Agosto iniciaremos el IX Congreso Eucarístico Nacional
en la ciudad de Chimbote. Al término del mismo, el día 30 de Agosto los
Obispos consagraremos el Perú a la Virgen María.

Es la hora en que queremos invocar a Jesús Señor, presente en la
Eucaristía y a su Madre Santísima, la Virgen María, Reina de la Paz. El
cometido de una nación mejor, unida, próspera, pacífica y con futuro
para las nuevas generaciones tenemos que ser consciente que no es
simplemente un proyecto humano. Todos necesitamos en este momento de la
ayuda de Dios y de su gracia. Por eso más que nunca que el Señor y la
Santísima Virgen María nos acompañen en el cometido de forjar un país
más fraterno, justo y reconciliado.

Que sean Ellos los que nos concedan la gracia de poner en práctica las
vías de la escucha, del diálogo y del trabajo esforzado que apunten a
las soluciones positivas de las dificultades que tenemos; y esto en bien
de todos los peruanos y en salvaguarda del bien común. A ellos
encomendemos en esta mañana nuestra patria y en sus manos pongamos todos
juntos nuestros mayores, mejores y más sinceros esfuerzos.

Que Dios nos bendiga.

 


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