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Homilía de la Misa Crismal

Muy queridos hermanos en el Sacerdocio,

Queridos hermanos y hermanas todos en el Señor:

La Misa Crismal que hoy celebramos se encuentra íntimamente unida a los misterios del Jueves Santo, en que nuestro Señor Jesucristo quiso instituir los sacramentos de la Eucaristía y del Sacerdocio, y es para nuestra Iglesia particular una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del Obispo, así como un signo de la estrecha unión de los presbíteros con él.

En ella, como lo veremos luego, se consagrará el Santo Crisma y se bendecirán los Óleos de los Catecúmenos y de los Enfermo. Ellos tienen en nuestra vida cristiana un especial valor que, en el marco de esta Misa Crismal  y como tratándose de un primer aspecto, bien vale la pena buscar iluminar al menos brevemente.

En primer lugar está el Santo Crisma o Myron, es decir el óleo perfumado “cuya unción es signo sacramental del sello del Espíritu Santo” , y que nos es comunicado juntamente con Sus dones el día de nuestro bautismo y de nuestra confirmación, así como en la ordenación a los sacerdotes y obispos, cuyo ministerio se hace fecundo por la presencia actuante del Santificador .

La palabra crisma proviene de griego y significa “unción”, y nos evoca de inmediato el título de “Cristo”, que lleva nuestro Señor, el Ungido por el Espíritu Santo. “Crisma” es como llamamos al aceite mezclado con aromas que consagraremos para ungir el sábado por la noche en la Vigilia Pascual a los nuevos bautizados y signar en la frente a los confirmandos.

En segundo lugar tenemos el óleo de los catecúmenos. Con él son signados los catecúmenos, a quienes se aplica en unión con la oración del exorcismo. Por medio de este ungüento son vigorizados en orden a renunciar al mal; así, liberados del pecado renacen en la fuente bautismal a la vida nueva recibiendo la fuerza divina del Espíritu Santo . Un aceite que se extrae normalmente del olivo, símbolo de la paz y de la abundancia del reino de Dios.

Y finalmente está el óleo de los enfermos, cuyo uso mediante el sacramento de la Unción de los Enfermos atestigua desde el inicio de la Iglesia el apóstol Santiago, diciendo: “¿Está enfermo alguno de vosotros? Que llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y que lo unjan con óleo en nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo y el Señor lo curará; y si hubiera cometido pecado lo perdonará”.  Es óleo destinado a remediar las dolencias del espíritu, del alma y del cuerpo de los enfermos, para que puedan soportar y vencer con fortaleza el mal y conseguir el perdón de los pecados. El aceite simboliza aquí el vigor y la fuerza del Espíritu Santo. Con este óleo el Espíritu Santo vivifica y transforma nuestra enfermedad y nuestra muerte en sacrificio salvador como el de Jesús.

Con esta breve explicación comprendemos cómo adquieren un valor especial para nosotros las palabras del evangelio pronunciadas por el Señor Jesús: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porqué Él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor” .

Sí, Jesús, el Ungido del Padre, ha venido para proclamar la Buena Nueva del Evangelio. El viene al encuentro de cada hombre para sanar nuestras dolencias. Sólo Él, ungido plenamente por el Espíritu Santo, es capaz de aliviarnos de nuestras cargas y quebrantos. Solamente Él puede restaurar al hombre prisionero por el pecado en su libertad original, devolvernos la vida divina, hacernos templos del Espíritu Santo, concedernos la anhelada paz del corazón, robustecernos para una vida nueva según nuestra dignidad de hijos de Dios. Los bienes espirituales y corporales que hemos mencionado y que se nos comunican por medio de estos Óleos Santos en los sacramentos, provienen profusamente del costado de Cristo, autor y fuente de nuestra reconciliación.

Por eso, queridos hermanos, éste “año de gracia del Señor” que es nuestro peregrinar en la fe por esta vida, nos mueva a acudir al Señor, a buscarlo, a plantearle nuestras inquietudes, mostrarle nuestras dolencias, abrirnos a su acción transformante. Así acogiendo la gracia que por medio de la Iglesia derrama en nuestro corazón y cooperando para que de fruto en nosotros, seremos plenamente felices en Él.

Pero es momento de detenernos en este asunto para hacer una segunda consideración con relación a nuestra Misa Crismal. En ella año tras año, los sacerdotes que hemos recibido el ministerio ordenado al servicio del Pueblo de Dios renovamos nuestras promesas sacerdotales a Aquel quien es la razón de nuestra vida y servicio.

Dirigiéndome a ustedes mis hermanos sacerdotes, quiero hacer unas breves y puntuales reflexiones acerca del don del sacerdocio que la Iglesia nos ha confiado y que nos habla del amor de predilección de Dios por nosotros.

Una primera reflexión desea responder a las siguientes preguntas: ¿Cómo entender esta nueva identidad grabada en mi interior?; ¿quién puede sopesar a plenitud la grandeza y profundidad del sacerdocio?, ¿quién soy yo realmente en cuanto sacerdote del Señor?

 

Ya San Gregorio Nacianceno siendo un sacerdote joven se preguntaba lo mismo y se respondía: El sacerdote “es el defensor de la verdad,... hace subir sobre el altar de lo alto las víctimas de los sacrificios, comparte el sacerdocio de Cristo, restaura la criatura, restablece en ella la imagen de Dios, la recrea para el mundo de lo alto, y, para decir lo más grande que hay en él, es (hombre) divinizado y diviniza”.”

¡Ésta es la magnitud del don que recibimos el día de nuestra ordenación! Fuimos asociados al sacerdocio mismo de Cristo, hechos alter Christus Caput que actuamos en representación de Él. Experimentamos entonces un cambio radical en nuestro ser y en un sentido ya no somos los que éramos. Separados del mundo fuimos constituidos de un modo especial en “hombres de Dios”. Y verdaderamente podemos decir que por nuestro ministerio tocamos las cosas de Dios y somos mediadores entre Él y los hombres.

A la luz de ello comprendemos fácilmente la gran exigencia que pesa sobre nosotros. No es un ministerio que se lleva fácilmente entre las manos. Supone ponernos a la altura del don recibido. San Gregorio, tendrá la misma experiencia y por ello dirá: “Es preciso comenzar por purificarse antes de purificar a los otros; es preciso ser instruido para poder instruir; es preciso ser luz para iluminar, acercarse a Dios para acercarle a los demás, ser  santificado para santificar, conducir de la mano y aconsejar con inteligencia”.

Y esto nos lleva a un segundo aspecto, el de nuestra santidad de vida. Ciertamente a causa del don recibido el sacerdote “no puede menos de reproducir en sí mismo los sentimientos, las tendencias e intenciones íntimas, así como el espíritu de oblación al Padre y de servicio a los hermanos que caracterizan al Agente principal.”  El Concilio dirá que “los sacerdotes, en su propia vida y conducta, están obligados a buscar la santidad por una razón peculiar, ya que consagrados a Dios por un título nuevo en la recepción del orden, son administradores de los misterios del Señor en servicio del Pueblo de Dios. 

Y debemos sinceramente preguntarnos: ¿reflejamos esta tensión de santidad en nuestra vida? Es realmente nuestro ideal el de “alcanzar en Cristo la unidad de vida, llevando a cabo una síntesis entre oración y ministerio, entre contemplación y acción, gracias a la búsqueda constante de la voluntad del Padre y a la entrega (sincera) de (nosotros) mismos a la grey.”

No bastan en tan importante asunto las buenas intenciones. El cultivo del propio sacerdocio y de la correspondiente y tan necesaria vida espiritual no es algo meramente accidental.

Y pienso que aquí asoma a modo de un tercer punto a reflexionar un grave riesgo en nuestra vida: el del activismo, que posee como secuela la pérdida de horizonte, el empobrecimiento de nuestro ministerio, el vaciamiento del espíritu por la falta de esmero en la vida interior, la práctica más bien pobre y rutinaria de la vida de oración y sacramental. Un activismo que no necesariamente supone un exceso en la cargas de trabajo pastoral y del qué hacer apostólico, cuanto una grave carencia de vida interior que ha terminado mermando el sentido de toda actividad al punto de vaciarla de su genuino contenido evangélico.

Así se comprende muy bien lo que escribía un sacerdote hace muchos años atrás advirtiendo de lo que pasa en la vida de muchos presbíteros al ejercitar su ministerio a fuerza de prisas y excesiva superficialidad: “Nos acostumbramos a ingerir las gracias, sin masticarlas. Por eso, no saboreamos ni la mitad de su dulzura, ni les sacamos el jugo nutritivo, ni aprovechamos su fuerza santificadora. Procedemos demasiado rápidos, demasiado precipitadamente”.

Queridos hermanos en el sacerdocio: hoy, día en que queremos renovar nuestras promesas sacerdotales al Señor hagamos también nosotros un pequeño alto en el camino de cara a estos próximos días del triduo pascual.

Haciéndonos eco de las enseñanzas del Papa Benedicto XVI en su última Exhortación Apostólica acerca de la Eucaristía, como sacerdotes al servicio de los sagrados misterios, renovemos nuestro ministerio adentrándonos más sinceramente en una profunda vida de oración y de piedad eucarística. Démonos tiempo para encontrarnos cada día con Jesús, postrándonos en adoración ante el Sagrario. Alimentemos nuestra vida durante las jornadas de la oración pausada y serena de la Liturgia de las Horas, así como del Rosario y de otras manifestaciones de genuina piedad mariana. Nosotros, que no somos autosuficientes, busquemos el apoyo en la fraternidad sacerdotal y especialmente en la dirección espiritual, instrumento indispensable para un verdadero crecimiento interior.

Dejemos así que el santo Crisma con el que fuimos sellados y configurados con Cristo vuelva a brillar en nuestra vida y ministerio. Que el Espíritu Santo quien nos consagró encuentre en nosotros una renovada disposición a dejarnos tocar y transformar por su acción vivificante.

Que con el auxilio de tantas gracias que recibiremos en estos días nos esforcemos renovadamente por ser más sacerdotes según el Sagrado Corazón de Jesús, según el modelo de Buen Pastor, que es Él mismo.

Todo ello, lo confiamos al auxilio y a la dulce intercesión de la Santísima Virgen María nuestra Madre, de la que somos hijos predilectos.

Amén

 

 


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