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Homilía en la Misa de ordenación de dos diáconos

Nos reúne en torno al altar del Señor un motivo de gran alegría: la ordenación diaconal de dos hermanos del Sodalicio de Vida Cristiana que de hoy en adelante son enviados por el Señor que los eligió para servir a su Iglesia en el ministerio de la palabra, del altar y de la caridad.

El evangelio aparece en esta mañana como providencial, un muy hermoso detalle del Señor. En él el Señor llama a los doce Apóstoles, para enviarlos a realizar la misión apostólica. Dice: “Llamó Jesús a los doce y los fue enviando de dos en dos”; vocación –  llamada y misión – envío que apuntan al anuncio del reino de Dios; a preparar su acogida mediante la conversión; y todo ello en orden a invitar y hacer participe a todos los hombres de diversas razas, pueblos, culturas y lenguas de la vida plena que nos ha sido donada por Dios en su Hijo, el Señor Jesús, nuestro Reconciliador.

 Una primera enseñanza que extraemos del evangelio – siempre necesario de ser interiorizado – es acerca del maravilloso don de la vocación.
 
Jesús llama, siempre llama. Toda vocación – y las hay muchas y muy diversas en el seno de la Iglesia – es un don de lo alto. Una llamada para estarnos con Él por siempre a través de un camino muy concreto que el Señor tiene previsto desde toda la eternidad para alcanzar finalmente la meta última de nuestra vida: el cielo, la casa del Padre.
 
A ustedes Miguel y Alexandre, el Señor también los llamó. Los llamó ante todo a la vida cristiana, la cuál recibieron como don y encontraron en el seno de sus familias; por medio de sus Padres recibieron el don de la fe, respuesta definitiva de Dios al anhelo de vida plena y de santidad que se barrunta en el corazón de todo ser humano y que adquiere contornos muy claros y precisos en el de los bautizados.
 
Él mismo desde toda la eternidad quiso además llamarlos a una vocación particular en el Sodalicio de Vida Cristiana para que consagrando sus vida a la plena disponibilidad apostólica pudieran avanzar en el proceso de conformarse con el Señor Jesús, Hijo de María. En ella les fue mostrando además, con la ayuda de los hermanos, un camino de singular conformación con Él mediante el Orden Sagrado que hoy reciben en su primer grado para servir al Pueblo de Dios.
 
Por eso: sean profundamente agradecidos con el Señor por el insigne don de la vocación; no la han recibido por mérito propio. ¡Ella es fruto del amor de Dios por cada uno de ustedes! No dejen de maravillarse y sobrecogerse por ello. Saber dar gracias educa muchísimo en la auténtica humildad y nos hace consciente de nuestra profunda dependencia de Dios, pues no somos nosotros quienes lo hemos elegido; es Él quien nos ha elegido y nos ha enviado para que demos fruto y que nuestro fruto perdure.
 
Tengan también especial gratitud a la comunidad, a cuantos fueron instrumentos en su vida para que pudieran descubrir y luego perseverar en su respuesta personal a ella. Gratitud especial también a sus familias: a sus padres, hermanos y hermanas. De alguna manera todos nos debemos en algo a otras personas, en especial a las que en el seno de la comunión eclesial nos han acompañado y sostenido con su consejo, oración, amistad y aliento para que pudiéramos responder generosamente al Señor.
 
En segundo lugar el evangelio nos recuerda que “Jesús… los llamó junto a sí”. ¿Qué significa esto? Quiere decir que toda vocación es una llamada para permanecer al lado del Señor: como María, la hermana de Marta, a los pies de Jesús. Cierto, no es posible ser fiel a la llamada y a la misión confiada si no se permanece unido a Él. “Permaneced en mi y yo permaneceré en vosotros”. Y esta unión deberá ser vital, profunda, dinámica, gozosa.
 
¡Qué necesaria es la vida de oración, el ejercitarse en la vida espiritual! La Iglesia muy consciente del daño que hace el activismo del mundo moderno, un quehacer sin vitalidad sobrenatural, estéril, incapaz de dar frutos evangélicos y que no pocas veces ha entrado en la vida y praxis de sus hijos les ruega y más aún exhorta hoy: ¡sean hombres de oración!, ¡que se les vea hombres de Dios, hombres del Espíritu, hombres que al saber tratar con Dios irradian también su presencia!
 
Sí, la Iglesia al llamarlos a servir a los fieles en el diaconado les confía  no solo conservar, sino – como dice una de las promesas que ustedes en breves momentos realizarán – “acrecentar el espíritu de oración, tal como corresponde al nuevo género de vida y fieles a este espíritu celebrar la liturgia de las horas junto con el pueblo de Dios y en beneficio suyo y de todo el mundo.”
 
Amen, pues, los espacios de encuentro con el Señor y Santa María, cuídenlos, dejen que en el ámbito de la oración el Señor les hable. Compartan con Él la ilusión por este hermoso servicio que inician, sus logros y alegrías, también los posibles fracasos o sinsabores que son parte de la vida de todo ministro consagrado. No se dejen ganar por las urgencias, la dispersión o la rutina. Si acuden a Él, el Señor será su consuelo; Él les dará esperanza y fuerzas nuevas. Y alimentados de su palabra y de Su gracia no se cansen en trabajar y cooperar activamente para conformarse con Él.
 
Pero aún hay más: La vocación a la que fueron llamados apunta en definitiva a la misión. Ya lo insinuábamos al comienzo de estas palabras. El evangelio nos recordaba que luego de llamarlos, Jesús fue enviando a los doce de dos en dos,… haciéndoles participes de su autoridad….”. A partir de ello se desprende claramente que la Iglesia toda tiene su razón de ser en la misión.
 
Al inicio de la eucaristía pedíamos precisamente a Dios en la oración colecta: “concede a estos hijos tuyos, que has elegido hoy para el ministerio del diaconado disponibilidad para la acción y humildad en el servicio…”. Pedíamos que en el ministerio que se les confía estuvieran adornados de estas virtudes para una acción y servicio eficaces.
 
De verdad se les confía un ministerio muy hermoso, que en el caso de ustedes además está orientado finalmente al sacerdocio: servir al anuncio de la palabra, al altar y a los pobres mediante la caridad.
 
Esta diaconía requiere entonces de su entera y total disponibilidad como la han aprendido del “hágase” generoso de Santa María, cuya memoria bajo la advocación de la Virgen del Carmen celebra hoy la Iglesia en todo el mundo.
 
De ahora en adelante sean entonces ministros que anuncian con toda diligencia y en fidelidad al magisterio de la Iglesia la palabra de Dios. Sean celosos en la preparación de sus homilías saboreando ustedes mismos los textos sagrados, pues no podrán proclamarla como el Señor espera si no la han apropiado en sus vidas. Enseñen las verdades reveladas y ofrezcan a su vez los medios concretos con que los fieles puedan aplicarlas a su vida diaria.
 
Sirvan al altar conscientes de tocar “lo sagrado”, de tener entre las manos al Señor, de estar ante Dios mismo, y comuniquen reverentemente las “cosas sagradas”. Déjense educar por la liturgia que es verdadera escuela en el contacto sencillo, silencioso y humilde con las cosas de Dios. En lo específico de su ministerio diaconal sean portadores de la gracia y del amor de Dios, esto es: en la distribución de la comunión, en la celebración de los bautismos, asistiendo como testigos a los que se acercan al matrimonio, orando por los difuntos y asistiendo con palabras de esperanza y consuelo a sus deudos.
 
Igualmente, que el contacto con las necesidades materiales y espirituales de cada persona los haga compasivos y activos en la caridad. Que el suyo sea cada vez más un corazón a la medida del corazón de Jesús, Buen Pastor. Para crecer en esa caridad pastoral les ayudará mucho visitar a los enfermos, socorrer a los desvalidos, estar disponibles para todos. Verán a través de esta solicitud pastoral cuánto y de qué modos tan diversos sufren las personas; aquí – y esto vale de manera especial para ti Miguel – especialmente a causa de la pobreza. Qué necesario se hace unir siempre al consuelo espiritual la solicitud por ayudar a aliviar y resolver las necesidades concretas de hermanos y hermanas. Por eso que en sus vidas vaya siempre muy unida la causa de la evangelización con el amor solidario y la promoción humana.
 
Y por último – ya para terminar – quiero pedirles de manera especial esto: amen a la Iglesia. Ella es su Madre, ella les ha dado todo en el orden de la gracia. A ella se deben. No la mancillen. Por el contrario hagan que por el testimonio de su vida Ella resplandezca cada vez más, adornada de la santidad de sus hijos. ¿Qué somos sin ella? Ella nos cobija, Ella nos alimenta. Ella es la que nos asegura poder alcanzar la meta tan deseada. Cuídenla, cuando sea necesario defiéndanla, y den testimonio de su amor por ella mediante la entrega total y sin reservas a la misión que su Señor les confía.
 
Una última palabra para los jóvenes que hoy nos acompañan en esta eucaristía. Ver cómo dos hermanos se consagran a Dios mediante el diaconado es una cosa muy bella. Y ello seguramente despierta en el corazón de aquellos jóvenes a quienes el Señor llama a seguirlo un deseo de entregar la propia vida. A ustedes les animo: si el Señor los llama para que lo sigan más de cerca, no tengan miedo de responder. Tengan el valor de decirle a Él un generoso “sí”. No hay cosa más bella que consagrar la vida a Dios cuando el Señor así lo quiere.
Que el Señor nos bendiga a todos.
 


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