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Homilí­a en la Toma de Posesión

Homil�a de Mons. Kay Mart�n Schmalhausen Panizo, SCV, en la Misa de Toma de Posesi�n en la Prelatura de Ayaviri (Per�)

�Ancha munaska wayke punaykuna imainailla kankichis?
Perdonen si mi quechua no es tan bueno.
Ma�a kuykichis yachayta simiquichisti

Queridos hermanos y hermanas,

SALUDOS

Mons. Kay Schmalhausen

Quiero en primer lugar saludar y agradecer con afecto al Se�or Nuncio Apost�lico por estar en esta ma�ana con nosotros: con su compa��a, Excelencia, nos sentimos �ntimamente unidos al sucesor de Pedro, al Papa Benedicto XVI. Gracias por hacernos sentir cercano al Santo Padre.

Deseo adem�s agradecer con un especial aprecio - y creo que en esto hago m�o el sentir de todos - a Mons. Juan Godayol por sus 14 a�os de presencia y servicio al frente de esta Iglesia de Ayaviri; quiera el Se�or retribuir generosamente tu entrega a esta Iglesia particular.

Agradezco igualmente y muy de coraz�n la presencia de mis dem�s hermanos Obispos: que est�n hoy con nosotros, acompa��ndonos, es un hermoso y muy significativo gesto de comuni�n eclesial, de la universalidad de la Iglesia.

Un calido saludo a ustedes, mis hermanos sacerdotes; algunos han venido de lejos. Muchas gracias por estar aqu�. Mi sincero afecto de hermano para todos ustedes. Desde el inicio de mi ministerio episcopal tengo la ilusi�n y el deseo de que trabajemos muy unidos con alegr�a y entrega generosa en la vi�a que el Se�or nos ha confiado.

Agradezco la presencia de las religiosas y de los muchos catequistas y agentes pastorales de nuestra Prelatura; �que Dios retribuya con creces su valios�simo trabajo evangelizador!

Agradezco de modo particular la presencia de las autoridades civiles y policiales del departamento de Puno, particularmente de las provincias de Melgar, Sandia y Carabaya. Una especial menci�n y saludo al Sr. Presidente de la Regi�n Puno, as� como al Se�or Alcalde aqu� presentes. Que Dios los bendiga.

Con muy especial afecto de hermano y de Pastor saludo en resumen a todos y cada uno de los fieles de Ayaviri. El Se�or me ha llamado a subir desde las tierras del Misti, al altiplano de Puno, unos pasos m�s cerca del cielo, para servir a esta hermosa Iglesia y a todos y cada uno de ustedes. Quiero expresarles mi alegr�a por esta inmensa bendici�n de estar aqu� con ustedes y de que seamos desde hoy - en el Se�or - una sola familia. Mi sincero afecto a todos. Ay�denme a entrar en el coraz�n de esta hermosa Iglesia que trabaja, vive, sue�a y sufre en esta hermosa tierra. �Kay ora pacha kankunawan kani!

Y finalmente las gracias tambi�n a todos los hermanos y hermanas que han venido de Lima, del Callao, de Arequipa y de Alemania. La Iglesia es cat�lica, ella es universal, un sobrecogedor misterio de comuni�n que supera las fronteras geogr�ficas, sociales y culturales; y el Se�or es su �nico Pastor. �Que bien lo vemos reflejado en esta eucarist�a!

SER BUEN PASTOR

San Agust�n tiene unas palabras muy hermosas sobre el oficio de Pastor que deseo hacer m�as. Dice: "El Se�or, no seg�n mis merecimientos, sino seg�n su infinita misericordia, ha querido que yo ocupara este lugar y me dedicara al ministerio pastoral; por ello debo tener presente dos cosas, distingui�ndolas bien, a saber: que por una parte soy cristiano y por otra soy obispo. El ser cristiano se me ha dado como don propio; el ser obispo, en cambio, lo he recibido para vuestro bien. Consiguientemente, por mi condici�n de cristiano debo pensar en mi salvaci�n; en cambio, por mi condici�n de obispo debo ocuparme de la vuestra"[1].

Con ustedes se me ha dado el ser cristiano, para ustedes se me ha confiado el ser pastor. Y si para m� la carga es mayor tengo tanta mayor necesidad de sus oraciones y ayuda.

Quiero por eso pedirles de coraz�n que me ayuden para que sea buen Pastor, para que a ustedes no les falte nunca la solicitud del pastor ni a mi me falte nunca la apertura, docilidad y confianza del reba�o, de modo que as� seamos uno en la caridad, un solo reba�o reunido entorno a un �nico Pastor.

LA PRESENCIA DEL RESUCITADO

El evangelio de este tercer domingo de Pascua nos evoca ante todo una experiencia muy propia de este tiempo: el Se�or resucitado irrumpe una y otra vez en medio de la comunidad de los disc�pulos y ap�stoles. Una y otra vez se hace presente para fortalecer la fe de los suyos y decirles que �l est� vivo en medio de la comunidad; �l mismo re�ne a su reba�o disperso. Y es como si hoy volviera a decirnos a todos: "�Porqu� ten�is miedo? �Por qu� surgen dudas en vuestro coraz�n?[2]... No teng�is miedo, Yo soy el que vive. Soy yo"

Con toda la Iglesia vivimos este j�bilo desbordante de la Pascua. Jes�s est� aqu�, con nosotros, �no tengamos miedo! El Se�or est� con todos nosotros ��l no falla! "Mirad mis manos y mis pies, palpadme y daos cuenta"; "Soy yo"[3]. Toquemos a Jes�s y dej�monos tocar por �l, por su palabra viva, por su presencia. �l ha venido para darnos vida. �l nos trae la paz. Solo �l salva. �l conoce nuestros sufrimientos y esperanzas, �l sabe de nuestros deseos y anhelos. Conoce la pobreza material en la que muchos viven, pero sabe tambi�n como nadie de nuestra riqueza espiritual. �l nos cuida a todos y a cada uno.

En la primera lectura se nos dec�a que Pedro mismo proclama ante el gent�o la fe en el Se�or Resucitado. S�, de la persona del Se�or Jes�s, de su Victoria Pascual, brota la �nica fuerza capaz de restaurar al hombre ca�do, al hombre enfermo en el cuerpo o en el esp�ritu que podemos ser cada uno de nosotros.

En realidad es el mismo hombre de ayer y de hoy. Hombre que aspira a un mundo nuevo y que sin embargo es capaz de proyectar sus rupturas interiores, sus propios pecados personales en situaciones de conflicto, violencia, ego�smo, pobreza marginaci�n, explotaci�n, injusticia y corrupci�n, traicionando sus mismos y m�s �ntimos anhelos.

LA IGLESIA LLAMADA A EVANGELIZAR

Por esta raz�n la Iglesia nos llama con urgencia (casi dir�amos con vehemencia) a evangelizar. "Es �sta su dicha y su vocaci�n, su identidad m�s profunda. Ella existe para evangelizar"[4]. La luz del evangelio no debe ser una l�mpara escondida bajo la mesa. Se nos repiten a todos los bautizados las �ltimas palabras de Jes�s antes de su Ascensi�n: "Id al mundo entero y predicad el evangelio". Es como su testamento confiado a nosotros.

He pensado mucho en este cometido de la nueva evangelizaci�n. Y quer�a compartirles tres ideas, tres inquietudes que tengo acerca de ella para nosotros:

1. En primer lugar y ante todo que la evangelizaci�n es anuncio, anuncio gozoso del Se�or Jes�s. No nos anunciamos a nosotros mismos. Ni se trata de hablar un lenguaje meramente humano por muy sofisticado que sea. Tampoco se trata de inventar doctrinas nuevas; ser�a una novedad est�ril y sin fruto alguno. Se trata de testimoniar con una renovada vitalidad, con impetuoso ardor y con nuevos m�todos la �nica y misma fe de la Iglesia, al mismo Se�or, quien es la �nica persona capaz de transformar integral y totalmente al ser humano.

Evangelizar es dar a conocer al Hijo de Dios, que se hizo hijo de Maria por nosotros, �l, que vivi� en medio de nosotros y muri� por mi, para resucitando participarme de la vida plena que viene de Dios; �ste es el �nico y gran anuncio capaz de revolucionar el mundo. Y un anuncio que tenemos que hacer en primera persona, como quienes nos hemos encontrado con �l: �Te hablo de �l por que le conozco!, ��l me ha mirado!, ��l me ama y quiero compartirte esa alegr�a!

Por eso queridos hermanos:

Que nuestro apostolado sea muy directo. No tengamos miedo de hablar a las personas de nuestra fe; de compartir como la Virgen el gozo del evangelio. Hay muchas personas que buscan a Dios y padecen la terrible pobreza del esp�ritu de los que viven sin El.

Que nuestro anuncio vaya acompa�ado del testimonio ejemplar de nuestra vida cristiana. �Cuantas veces hemos escuchado esta sencilla verdad de que las palabras mueven pero son los ejemplos los que arrastran!

Para los sacerdotes: seamos reverentes en la celebraci�n de la liturgia y celosos en la predica de la palabra de Dios, celosos tambi�n en ser dispensadores de la vida sacramental, de la confesi�n administrada con bondad, de la preparaci�n de los padres al bautismo de sus hijos y de los novios al matrimonio. Esto es lo especifico de nuestro ministerio. Amemos la liturgia; ella es como una perla preciosa. Cuid�mosla much�simo para que su belleza nos cautive y nos eleve, acerc�ndonos al misterio de Dios escondido. Es todo esto, adem�s de nuestro servicio ministerial, un derecho de los fieles. No permitamos que lo que es una inmensa bendici�n se vuelva un anatema contra nosotros.

Un anuncio que se complementa adem�s con una catequesis que consolide la fe de los ni�os, de los j�venes y adultos, llev�ndolos a una fe madura, integral, s�lida.

Por ultimo un anuncio ardoroso porque nos alimentamos de los sacramentos y de la oraci�n. La verdad es que conocemos a Jes�s cuando le comulgamos en la eucarist�a, cuando en el confesionario recibimos su perd�n, cuando en nuestras familias rezamos unidos; cuando nos acercamos a �l en el sagrario y le abrimos nuestro coraz�n comparti�ndole nuestras penas y alegr�as.

2. En segundo lugar tengamos esta convicci�n: �la tarea de la nueva evangelizaci�n requiere de una nueva ola de santidad! La historia de la Iglesia nos lo ense�a as�. Detr�s de las grandes gestas evangelizadoras y de las verdaderas renovaciones eclesiales encontramos siempre a los santos.

Fueron los santos los que impulsaron con fuerza decisiva la evangelizaci�n primera de nuestra tierra. Ella, la santidad es un llamado Universal. Es una exigencia que nos compete a todos.

Esto, por muy grande que pueda parecernos, no nos debe frenar ni asustar. En verdad, para que la Nueva Evangelizaci�n pueda dar los frutos que Dios espera necesitamos que se levante en nuestras tierras como una nueva ola de santidad. �Si esto es lo que Dios quiere, �l nos proporcionar� tambi�n la gracia y las fuerzas para ello!

Precisamente San Pablo dice "Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificaci�n". Y el Papa Benedicto XVI nos dec�a hace un a�o: "Esta es tambi�n nuestra alegr�a; la voluntad de Dios no nos aleja de nuestra identidad, nos purifica - quiz�s a veces de manera dolorosa - y de este modo nos hace volver a nosotros mismos. Y as� no lo serviremos solamente a �l, sino tambi�n a la salvaci�n de todo el mundo, de toda la historia."[5]

�Qu� extraordinario horizonte!: una Prelatura en que se respire la alegr�a, un deseo intenso de parte de todo el pueblo de Dios, de responder cada uno a su propia identidad de bautizado y confirmado, de sacerdote, religiosa o laico, de consagrado o de casado, pero todos con una sola meta, un solo objetivo: querer vivir y alcanzar la plenitud de la vida cristiana, la perfecci�n en la caridad y as� ser luz para el mundo.

3. Y en tercer lugar la Nueva Evangelizaci�n habla tambi�n de una Iglesia viva. Nuestra Iglesia es joven; tiene la belleza y el encanto de los primeros a�os. Hagamos que en ella se respire la vitalidad que viene de la fe, la esperanza y la caridad, que viene de Dios. Por ello:

Que los ni�os y j�venes se sientan en ella en casa; es tambi�n su Iglesia. A ustedes j�venes: no tengan miedo de asumir el lugar que les corresponde en medio de nosotros con la alegr�a y la generosidad que les es propio. Ni tengan temor de responder al Se�or con un valiente "SI" y con una entrega total, si descubren que �l los llama a seguirlo en el camino del sacerdocio o de la vida religiosa. Desde ya me comprometo muy especialmente a estar con ustedes.

Que los adultos y en especial las familias contribuyan a una Iglesia madura en la fe y en la pr�ctica de la vida cristiana. A ustedes familias: sean para nosotros un ejemplo visible de Iglesia domestica; de amor que sabe dar y recibir; sean verdaderos santuarios de vida, de respeto por los hijos y de defensa de la vida de los hijos por nacer. Es doloroso el drama del aborto tan frecuente en nuestra tierra: sufrimiento desgarrador para la madre, tragedia para los hijos inocentes; esc�ndalo en medio de una sociedad que calla y lo ignora.

Que los ancianos y enfermos encuentren en nosotros la hospitalidad y solicitud cristiana por sus necesidades y nuestra comprensi�n en sus quebrantos. A ustedes quiero pedirles especialmente: ayuden a nuestra Iglesia en Ayaviri; Sus sufrimientos, fragilidades y no pocas limitaciones tienen un precioso valor a los ojos de Jes�s Crucificado y Resucitado. Entreguen este inmenso tesoro de gracia como ofrenda a �l para bien de la Iglesia y en especial para el florecimiento de una nueva primavera vocacional.

Que en especial los pobres y despose�dos se sepan amados y atendidos por todos nosotros. Son ustedes, nuestros hermanos m�s desvalidos, quienes nos hacen m�s cercano al mismo Se�or. En verdad, no podemos olvidarnos de sus muchas necesidades que son como un grito que clama al cielo. Sin embargo no olviden que aun en medio de la pobreza pueden ser portadores de preciosos valores evang�licos y de un testimonio edificante. No obstante - como dec�a el querido Papa Juan Pablo II - �Hambre de Dios, s�; hambre de pan, no! �No m�s miseria!; son demasiados los a�os en que much�simos hijos de nuestra Prelatura viven en extrema pobreza. Por eso ruego a todos: vivamos la verdadera caridad que no se cansa en esfuerzos y fatigas por aliviar las pesadas y muchas veces injustas cargas de la pobreza, el hambre, el abandono, la miseria y la explotaci�n.

Para ello no necesitamos de ideolog�as. Se requiere de la sincera voluntad de servir y de trabajar por los m�s necesitados. ��ste es su derecho y es tambi�n nuestro deber, as� como mi compromiso muy personal!

En resumen, querid�simos hermanos, Evangelizar es un cometido extraordinario, un motivo de viva exultaci�n y de valeroso compromiso. Pablo VI exclamaba: "�Ay de mi si no evangelizare! Para esto me ha enviado el mismo Cristo. Yo soy ap�stol y testigo. Cuanto m�s lejana est� la meta, cu�nto m�s dif�cil es el mandato, con tanta mayor vehemencia el amor nos apremia. Debo predicar Su Nombre: Jesucristo es el Mes�as, el Hijo de Dios vivo (�) Yo nunca me cansar�a de hablar de �l."[6]

Termino estas palabras, queridos hijos, con el deseo de comunicarles esto: �Amemos a la Iglesia, ella es nuestra Madre, nuestra casa y familia!; �vivamos la apasionante aventura de entregarnos a su misi�n evangelizadora!; abr�monos a su misterio de comuni�n: �en su coraz�n todos, absolutamente todos y sin excepci�n de ninguna clase tenemos un lugar querido por Dios!

A la Virgen, la Mamita de la Alta Gracia, Madre del Se�or Jes�s y nuestra; a ella, la patrona de nuestra Prelatura, le encomiendo mi ministerio; y encomend�mosle todos juntos nuestra Iglesia particular, a este su Melgar, Carabaya y Sandia cat�licos; pongamos en su regazo nuestros trabajos por la Nueva Evangelizaci�n, nuestras alegr�as, nuestras esperanzas y esfuerzos. Que ella nos obtenga de su Hijo abundantes bendiciones para todos.

�Duis Bendisunchis!

[1] San Agust�n, Serm�n 46, sobre los Pastores.

[2] Lc.

[3] Lc.

[4] Evangelii Nuntiandi, #14.

[5] Homil�a Inaugural del Pontificado de Benedicto XVI, 24.04.2005.

[6] Pablo VI, Homil�a en Manila, 1977.

 


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