banner

Palabras en la Consagración Episcopal

Palabras de Mons. Kay Martín en su Consagración Episcopal

“Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la Salvación invocando su nombre. Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo.”

Qué cosa mejor –dirá San Agustín– podemos traer en el corazón, pronunciar con la boca, escribir con la pluma que estas palabras, “Gracias a Dios”? No hay cosa que se pueda decir con mayor brevedad, ni oír con mayor alegría, ni sentir con mayor elevación, ni hacer con mayor utilidad”.

Quiero por ello dirigir mi acción de gracias ante todo a Dios Amor, Padre de toda Misericordia y a su Hijo Jesucristo por haber puesto desde toda la eternidad su mirada sobre mi; por haberme bendecido con la gracia del bautismo desde los primeros días de mi vida; por el don de mi vocación particular al Sodalicio de Vida Cristiana y por el don del ministerio sacerdotal que ahora me es encomendado en su plenitud por acción del Espíritu Santo en la transmisión de la semilla apostólica; un ministerio que supera ampliamente las solas fuerzas humanas. Fiel y justo es Dios para darnos la abundancia de su gracia.

Don que aguarda la respuesta humana. Dirá por eso San Juan Crisóstomo: “Señor, hágase tu voluntad”; no lo que quiere éste o aquél sino lo que Tu quiere que haga. Este es mi alcázar, ésta es mi roca inamovible, éste es mi báculo seguro. Si esto es lo que quiere Dios, que así se haga.”

Uno a ello mi gratitud filial a Santa María, nuestra Señora de la Reconciliación. De su mano deseo emprender el ministerio que el Señor me confía: la realización del doble servicio eclesial: anuncio celoso del Evangelio vivo, el Señor Jesús, y testimonio de caridad solícita en el servicio a todos, especialmente a mis hermanos más necesitados. A Ella, pues, encomiendo mi ministerio. Que me auxilie en mi conformación con su Hijo, para poder ser buen Pastor, según el corazón de Jesús, Supremo Pastor de nuestras Vidas.

Brevemente quiero dirigir mi mirada a la sede apostólica, al dulce Vicario de Cristo sobre la tierra, su santidad el Papa Benedicto XVI. El día de mañana se cumple un año desde aquella memorable eucaristía inaugural de su ministerio Petrino. El ha tenido a bien llamarme, sin mérito alguno de mi parte, al ministerio apostólico, uniéndome así a la solicitud por la Iglesia universal.

Al mismo tiempo deseo mencionar al queridísimo Papa Juan Pablo II de santa memoria. Con cuánto afecto guardamos en el corazón el testimonio de su entrega hasta la muerte al Señor, a la Iglesia de Cristo, a toda persona con la que como pastor se encontraba. Con el pasar de los años le hemos visto consumirse por amor en el ministerio Petrino, y su legado de vida santa ha quedado como un eco vivo en el seno de la Iglesia.

Quiero agradecer especialmente al Eminentísimo Señor Cardenal Juan Luis Cipriani, Arzobispo de esta Iglesia de Lima y Primado del Perú, quien ha tenido la gentileza de consagrarme Obispo, haciéndome partícipe de la sucesión apostólica mediante la imposición de las manos.

A Usted, Señor Cardenal mi sincera gratitud al haberme incorporado al Colegio Episcopal en estas fechas celebrativas del IV Centenario de la muerte de su antecesor Santo Toribio de Mogrovejo, Apóstol infatigable de la evangelización primera y constituyente, y patrono del episcopado latinoamericano; para nosotros hoy además un ejemplo a imitar en la tarea de la Nueva Evangelización.

Gracias, también al Eminentísimo Señor Cardenal Nicolás de Jesús López, Arzobispo de Santo Domingo y Primado de América. Gracias por haber tenido el gesto de acompañarme en esta eucaristía de mi consagración Episcopal.

Mi gratitud igualmente a Usted, Señor Nuncio Apostólico, por su presencia. Ruego le lleve a su Santidad el testimonio de mi sincero afecto, mi adhesión fiel al precioso depósito de la fe y mi sumisión a Pedro en el servicio a la Iglesia particular que se me ha encomendado, así como en la solicitud por las necesidades de la Iglesia Universal.

A ustedes hermanos Obispos les agradezco cordialmente su presencia, sus oraciones y el testimonio de sus parabienes que en semanas pasadas me hicieran llegar de diversas maneras. Que el Señor nos obtenga la gracia de una cada vez mayor unidad de pensamiento, corazón y celo pastoral por el rebaño a nosotros confiado. Unidad en la caridad y en la solicitud mutua.

Me dirijo ahora a mi familia: a mis padres y mi hermana. A mis padres mi gratitud por el don del bautismo que me procuraron los primeros días de vida y el de mi primera comunión. Igualmente por las semillas de fe que sembraron en mi corazón desde niño. Si quedaron dormidas por algunos años pronto despertaron para secundar la respuesta que pude dar cuando descubrí mi vocación al Sodalicio de Vida Cristiana. Gracias también por la sana libertad que me brindaron cuando a temprana edad opté por seguir al Señor. En todo ese proceso y tiempo quiero agradecer a mi hermana por su afecto sincero, su cercanía, su escucha y corazón disponible.

No puedo callar mi gratitud especialísima a mi comunidad sodálite, mi familia espiritual, así como en concreto a todos y a cada uno de mis hermanos. Hay cosas que se barruntan en el corazón para las que los labios no encuentran palabras. Por ello, escuetamente: “Gracias”. Gracias por el don de la vida fraterna; gracias por la ayuda y el consejo siempre disponible, por el sincero afecto, por el ejemplo edificante de muchísimos, por la comunión de corazones en el camino recorrido, por la amistad centrada en el Señor, por la rica complementariedad de dones y talentos en la misión apostólica que el Señor ha querido confiarnos. Son en realidad palabras pobres; todo lo demás quede en el discreto silencio de nuestros corazones.

Una mención particular al querido Germán Doig, quien fuera nuestro Vicario general. Tras su tránsito al cielo ocurrido hace 5 años no he dejado de recurrir a él muchas veces por medio de la oración y la amistad que también traspasan el umbral de la muerte. De su tumba he tomado las palabra del apóstol San Pablo que subrayan mi escudo y ministerio episcopal: “Mihi enim vivere Christus est”, “Para mi la vida es Cristo”. Quiera Germán desde el cielo interceder ante el Señor por mi y por el ministerio recibido.

Finalmente mis palabras de gratitud a ti, Luis Fernando, mi Padre Fundador. Cuántas han sido las bendiciones que el Señor ha querido regalarnos a través tuyo. Y cuánta –no me cabe duda– tu respuesta generosa para acoger y compartir esos dones con solícita caridad. Por eso quiero agradecerte muy especialmente el testimonio de tu fidelidad y particularmente el de tu amor a la Iglesia, de tu pasión con y por la Iglesia –que es verdad, trae el peso de los sufrimientos, así como los gozos y la esperanza– todo lo cuál nos has enseñado y compartido vivamente con tu propio testimonio. Agradecerte también por haber sido en el sentido más auténtico de la palabra padre espiritual; agradecerte por el don de la amistad y de la comunión fraterna. Cuánto deseo que el Señor nos conceda a todos alegrarnos un día en el cielo por lo vivido, compartido y trabajado aquí en la tierra.

Muy brevemente aprovecho para saludar a cuantos han venido de cerca o de lejos para acompañarme en la eucaristía de esta mañana; en primer lugar un cariñoso saludo a los amigos venidos de Arequipa, de la ciudad blanca del Misti. Un muy especial y afectuoso saludo a los muy queridos Chalacos, que saben muy bien que los llevo entrañablemente en el corazón. Igualmente a mis demás familiares y amigos, a todos los miembros de la familia sodálite presente hoy aquí, a los miembros del Movimiento de Vida Cristiana, a los tantos esposos que a lo largo de estos años tuve la bendición de acompañar en su camino al matrimonio, ya muchos rodeados de hijos; a mis hermanas de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación y de las Siervas del Plan de Dios. Por último un muy cariñoso saludo a mis hermanos y hermanas de la Prelatura de Ayaviri, algunos aquí presentes con nosotros. Que el Señor, el Buen Pastor, nos conceda estar muy pronto reunidos en la comunión de fe, de esperanza y de caridad.

Ruego al Señor que nos bendiga a todos. Les pido a todos con sincero afecto sus oraciones para que pueda ser un Obispo fiel y santo, así como les ofrezco también mis oraciones por las intenciones de cada uno. Muchas gracias.

 


Homilia Año de la Fe inicio

Ver la Galería de Fotos

Dirección:Jr. Jorge Chávez 489, Ayaviri - Puno, Perú l Teléfono: (51 51) 56-3123
© 2010 Copyright - Prelatura de Ayaviri