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3 de diciembre: San Francisco Javier, gran evangelizador de Oriente

Sin duda San Francisco Javier es uno de los más grandes misioneros de toda la historia de la Iglesia. Solo 11 años de su predicación bastaron para que varios países de Asia recibieran la fe; y su amor por los hombres, le llevó a recorrer miles de kilómetros y a enfrentar peligros increíbles, todo para mayor gloria de Dios.

Francisco nace el 7 de abril de 1506 en el Castillo de Javier, en Navarra, España. De familia noble aunque venida a menos económicamente a causa de las guerras. Sus padres le enviaron a estudiar a la mejor universidad de ese entonces: la Universidad de París. Se inscribió en el colegio de Santa Bárbara y allí le tocó de compañero de habitación al futuro beato Pedro Fabro.

Al poco tiempo llegó a este colegio un hombre vasco ya mayor, había estado en Tierra Santa y cojeaba para caminar. Era un hombre bueno y muy ascético y quería ser sacerdote, su nombre era Ignacio de Loyola. No tardó Ignacio en ejercer una influencia positiva en algunos de los alumnos de Santa Bárbara, incluyendo a Pedro Fabro; Francisco veía que su amigo y compañero de habitación estaba distinto, todo lo veía ser santo y seguir más de cerca al Señor y esto ya estaba bueno, porque estaba exagerando y todo por culpa de ese Ignacio. En realidad esta situación le incomodaba, Francisco quería ser famoso y rico y si bien aspiraba al sacerdocio, su vida  personal dejaba mucho que desear. Cuando se cruzaba con Ignacio era frío y no le daba ningún espacio para la conversación.

Pero Ignacio no retrocedió ante el inicial mal recibimiento que le dio Francisco y poco a poco y a fuerza de caridad lo fue acercando al Señor: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?" le dijo y Francisco después de hacer los Ejercicios Espirituales se convirtió a una vida evangélica y junto con otros siete compañeros forman el grupo inicial de lo que será la Compañía de Jesús. Estos amigos se consagran un 15 de agosto de 1534 en Montmartre. Los jesuitas, como serán llamados Ignacio de Loyola y sus compañeros, emprenden un apostolado tan intenso, que al poco tiempo gobernantes y obispos de toda Europa quieren tenerlos trabajando por la fe en sus ciudades y países. San Ignacio envía a Francisco a Venecia donde es ordenado sacerdote en 1537.

Al año siguiente se convierte en el secretario de Ignacio y está junto a él en Roma. El Rey de Portugal se ha enterado de la existencia de la Compañía de Jesús y le pide al Papa algunos jesuitas para enviarlos como misioneros a las recién descubiertas Indias Orientales. Dos tenían que partir y en la víspera de la partida uno de los designados se enferma e Ignacio decide que Francisco lo reemplace.

La despedida es emotiva. Francisco tenía tanto que agradecer a Ignacio al que probablemente intuye no lo vuelva a ver más en la tierra. En 1541 emprende el viaje a la India y es nombrado representante del Papa, aunque el mantiene este nombramiento en secreto pues no quiere que este cargo le impida vivir su voto de pobreza y su labor apostólica.

Lo que sigue es simplemente impresionante, recorre gran cantidad de localidades y poblados de la península de la India. Ante su palabra y ejemplo miles de hombres piden hacerse cristianos. Llega a Madrás, donde está el sepulcro del apóstol Tomás, allí reza y emprende nuevamente viaje. Arriba a Malaca y recorre el archipiélago de Las Malucas. Regresa a la India y visita Ceilán. Allí conoce a un japonés y comienza a planificar su viaje a este lejano y desconocido país.

Un 15 de agosto de 1549 desembarca en Japón e inicia su evangelización. Funda las primeras comunidades cristianas de este país que recibe con entusiasmo la Palabra de Dios de boca de este santo varón. Aunque hay conversiones Francisco se da cuenta que Japón mira hacia China como su hermana mayor. Si China se convierte todo Japón se convertirá también. Ahora su objetivo es llegar a la China.

Pero esto no es tan fácil. Cualquiera que intenta entrar a la China es condenado inmediatamente a muerte. Pero nada lo detiene. Organiza el viaje y llega a la isla de Sancián al frente de la China Continental y es aquí donde le sorprende la muerte el 3 de diciembre de 1552. Había bautizado a miles y miles de nuevos cristianos y sus cartas habían despertado un gran celo misionero en toda Europa. Sus restos son recuperados y se trasladan a la ciudad de Goa en la India donde hoy son venerados. Su brazo, que tantas veces bendijo y bautizo, se llevó a Roma a la Iglesia del Gesu y se colocó al frente de los restos de San Ignacio de Loyola.

Restos de San Francisco Javier en Goa

 


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