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2 de Diciembre: Beata Liduina Meneguzzi, empleada del hogar, religiosa

Nuestra beata de hoy, es una de esas tantas jovencitas que tienen que dejar sus pueblos para buscar trabajo en las ciudades y así poder ayudar a sus familias. Nace el 12 de septiembre de 1901 en Giarre-Padua en Italia y fue bautizada como Elisa Angela. Fue bendecida con una familia que se quería mucho y aprendió naturalmente de ellos el respeto, la compasión por los que más necesitan y la alegría. En casa se rezaba y Elisa desarrolló un gusto tal por la vida espiritual, que más grandecita caminaba todos los días 2 kilómetros para poder participar de la Eucaristía.  

A los catorce años las necesidades económicas de la familia, la llevaron a trasladarse a la turística ciudad de Abano. Allí trabajó como empleada doméstica de familias y de hoteles. Como era muy responsable con sus tareas y de carácter dulce, se hizo muy querida en todos los lugares en los que trabajó.

Pero su corazón estaba inquieto, el llamado de Dios era cada vez más fuerte y cuando tenía 24 años, ingresa a la Congregación de las Hermanas de San Francisco de Sales en Padua y toma el nombre de Liduina. Sin duda esta era su vocación, estaba como pez en el agua y se notaba en el cariño y la delicadeza que le puso a cada responsabilidad que le encargaron. La ropa estaba limpia, las enfermas de la casa felices con su atención y las estudiantes del colegio que dirigía esta Congregación, comentaban entre ellas sobre la monjita tan buena que había ahora de sacristana y a la que podían recurrir con confianza para ser aconsejadas.

La ambiente de la Italia de Mussolini y de toda Europa es de mucha tensión. En 1935 Italia invade Etiopía en África y las consecuencias de la guerra son terribles. Sus superioras la envían en 1937 a este país africano a la ciudad de Dire Dawa, para trabajar como enfermera en el hospital Parmi. En esta ciudad vive gente de muchas culturas y de diferentes religiones. Todos son capaces de reconocer en la caridad de esta religiosa de origen humilde, un amor que no es común, menos en tiempos tan difíciles y violentos.

La II Guerra Mundial estalla con furia y el hospital de Parmi se convierte en hospital militar. Todos los días llegan heridos y por momentos parece imposible atender a tantos.  

Sor Liduina se multiplica en atenderlos y todos quieren ser atendidos por esta hermana a quien cariñosamente llaman «Hermana Gudda» (grande). Pero lo peor está por venir; la ciudad es intensamente bombardeada y en medio del desorden y el peligro, ella sale a buscar a aquellos que nadie ha socorrido, los atiende y los lleva al hospital. Las víctimas que más le preocupan son los niños moribundos, a quienes bautiza con el agua que lleva en una botella de la que no se desprende. No hace distinciones, atiende con  el mismo amor a  sus compatriotas y a negros, sin importarle si son católicos, musulmanes, coptos o si no creen en Dios, ella igual les habla de la bondad de Dios y los atiende con cariño.

En esta ciudad, en la que casi todos son musulmanes, su testimonio genera una gran simpatía por el catolicismo. Una enfermedad incurable avanza y va deteriorando su salud; ella sabe que le queda poco, pero mientras Dios le da fuerzas no deja de atender a sus enfermos. Le hacen una delicada operación, pero Dios la quiere tener ya en su presencia. El 2 de Diciembre de 1941, a los  40 años de edad, pasa a la casa del Padre.

Los soldados, agradecidos, le hacen enterrar en su propio cementerio. Años más tarde las religiosas de su Congregación la trasladan a Padua y allí la visitan ahora sus devotos.

 


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