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24 de diciembre: San Viator y San Justo

Hermoso testimonio de maestro y discípulo que caminaron juntos al desierto y al cielo.

Cuando era niño su madre lo presentó al obispo San Justo y le pidió que lo instruyera en la religión. El anciano obispo se dio cuenta de que este jovencito poseía grandes cualidades para la vida espiritual y se dedicó con todo esmero a prepararlo para el sacerdocio. Le dio las técnicas para dar bien las clases de catecismo, y pronto ya Viator era un excelente catequista. Su mayor placer lo encontraba en dedicar horas y horas a enseñar catecismo a los niños.

Aprendió muy bien el arte de escribir en bellas letras y así llegó a hacer copias de la S. Biblia y de otros libros religiosos, para uso del templo.

A San Viator lo pintan junto con San Justo deteniendo a una multitud que quiere linchar a un pobre hombre que sufrió un ataque de locura. El fugitivo se refugió en el templo y Viator y su obispo lo defendieron de los furiosos que deseaban acabar con su vida.

El obispo San Justo deseaba dedicarse por completo a la vida de oración y penitencia y dejando la bella ciudad de Lyon se fue para el terrible desierto de Egipto a vivir con los demás monjes, ayunando, meditando y haciendo penitencia. Y aunque el obispo se fue a escondidas sin avisar a nadie, sin embargo Viator, su secretario, se dio cuenta y lo alcanzó por el camino y obtuvo que lo dejara irse con él a dedicarse a orar, meditar y hacer penitencia.

Se propusieron no decir quienes eran, y así en el monasterio del desierto los trataron como dos extraños ordinarios. Los monjes los hicieron esperar siete días en las afueras del convento aguantando hambre y sed e intemperie, para ver si eran capaces de resistir la vida tan dura de los religiosos del desierto. Luego, viendo que sí tenían la suficiente santidad y el debido aguante, los admitieron allí. A cada uno lo mandaron a una celda separada y allí se dedicaron a pasar largas horas dedicados a leer, meditar, rezar y trabajar. El obispo Justo tejía canastos y el joven Viator se dedicaba a copiar con su hermosa letra los Libros Sagrados para que leyeran los monjes.

Después de que llevaban muchos años allí como dos desconocidos, un día llegaron unos cristianos de Lyon a pedir ser admitidos como monjes y al ver allí a San Justo y a San Viator exclamaron: "Pero si estos son nuestro obispo y su secretario". Los monjes se admiraron de que estos dos hombres tan importantes hubieran pasado allí tanto tiempo, desconocidos, haciendo penitencia como unos pobres pecadores.

En diciembre del año 390 el anciano San Justo se sintió morir y al ver que su fiel discípulo lloraba tan amargamente le dijo: -"Los dos hemos luchado juntos en esta vida por agradar al Señor Dios, los dos iremos también en compañía a su reino celestial". Y murió en santa paz. A los siete días murió también el joven Viator, y se fue a acompañar para siempre a su santo obispo al cielo.

 


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